Ingeniera en electrónica y telecomunicaciones, y con experiencia en el Centro Espacial Kennedy, Victoria Alonsopérez representará a Uruguay en el concurso The Venture de Chivas Regal, que se realizará en Estados Unidos para fomentar el emprendedurismo con impacto social

De niña soñaba con ser astronauta y con solo 27 años, aunque finalmente no concretó esa idea, sí puede decir que logró trabajar en el Centro Espacial Kennedy. Victoria Alonsopérez es ingeniera en electrónica y telecomunicaciones y en las próximas semanas competirá en el concurso internacional The Venture, que Chivas Regal realizará a fines de julio en los alrededores de San Francisco, California. Alonsopérez participará con el proyecto Chipsafer, y se medirá con otros 16 que competirán en esa final.

El requisito para presentarse era ser emprendedor, tener entre 28 y 40 años, y liderar un proyecto económicamente sostenible. El de Alonsopérez, que fue elegido entre 40 que se presentaron en Uruguay, consiste en una plataforma que permite detectar y rastrear anomalías en el comportamiento del ganado, para prevenir que se propaguen enfermedades, detectando el brote apenas surge. También puede ayudar a combatir el robo de ganado, pues funciona como un GPS que permite saber dónde está el animal todo el tiempo. Como consecuencia, también impacta en el aumento de la productividad y la disminución de la tasa de mortandad animal.



Para este concurso, Chivas Regal destinó un millón de dólares de premios que se dividen en dos etapas: 750.000 dólares se entregarán al final, repartidos entre un máximo de cinco finalistas que serán elegidos por el jurado. Los 250.000 restantes se reparten según los votos de los internautas que entren a la página www.theventure.com.

Mención aparte merece el jurado, integrado por Alex Ricard (presidente y director ejecutivo de Pernod Ricard), Morgan Clendaniel (editor de Co.Exist, el sitio web de Fast Company sobre ideas que cambian el mundo e innovación), Sonal Shah (directora y profesora del Centro Beeck para el impacto social y la innovación) y el actor Adrian Grenier, protagonista de la serie “Entourage” e intérprete del novio bohemio de Anne Hathaway en “El diablo se viste a la moda”. Grenier además es productor y director de documentales a través de SHFT.com, una plataforma de creación y conservación de contenidos que promueve una vida ecológica sostenible mediante películas, diseño, arte y alimentos.

Un mes antes de la final, galería conversó con la ingeniera sobre las características de Chipsafer, la importancia del concurso The Venture para su carrera, y otros proyectos que tiene en mente.

¿Cómo funciona su proyecto, Chipsafer?
Al animal le ponemos un collar que tiene un dispositivo que transmite información. Nos dice dónde está en todo momento y sus movimientos, y en base a eso inferimos lo que puede estar pasando. Podemos detectar si hay alguna anomalía, si le sacan el collar, si se va del predio establecido, y alertar cuando eso sucede. Lo que hoy no podemos saber aún es cuál es esa anomalía, si es fiebre aftosa, garrapatas o lo que sea. Pero esperamos que con un año de datos podamos llegar a ver eso.

¿Cuánto pesa y cuánto vale el collar?
Lo hacemos acá en impresoras 3D y cada vez pesa menos, serán unos 200 gramos. Cuando empezamos hace dos años logramos reducir su tamaño y precio a la cuarta parte. Para reducir el precio ahora mandamos hacer los dispositivos a China, para ofrecer un servicio por animal por año que ronde las decenas de dólares y no las centenas.

¿Ya tiene algún cliente interesado en su chip?
Tenemos mucha gente con cartas de intención, pero como estamos esperando que vuelvan esas muestras de China decidimos parar un poco. Los clientes que tenemos en este momento son los investigadores de la Facultad de Agronomía, con quienes estuvimos trabajando desde los inicios.

¿Su desarrollo está pensado exclusivamente para el ganado vacuno?
No, para todo tipo de animales. Nosotros lo hemos probado en caballos, ovejas y vacas, y ha funcionado. El tema es que la oveja es un animal más barato que la vaca, no llega al modelo de negocios, pero para una investigación que están haciendo en la Facultad de Agronomía les sirve. Después nos pidieron para caballos y en África para otro tipo de animales.

Ustedes obtuvieron un apoyo de 70.000 dólares del programa de fondos para prototipo innovador de la Agencia Nacional de Investigación e Innovación (ANII). ¿En que los emplearon?
Fue para desarrollar el prototipo, y lo que más nos insumió fue traer componentes del exterior. Acá en Uruguay lamentablemente, por un tema de mercado no hay en plaza los componentes que precisamos, que son de última tecnología. En realidad no hay porque nadie los precisaba. Entonces la importación nos consumió muchísimo. Eso nos generó un gasto grande de dinero y de tiempo.



¿Cuál proyecto le llamó más la atención entre los otros 15 que compiten en “The Venture”?
Lo que me llamó la atención es que los 16 proyectos son muy diferentes entre sí. Hay desde una startup tecnológica como la mía, a una chica que vende unas muñecas con un modelo de negocio completamente distinto al mío. El de Japón está bueno, son sensores para cultivos. Probablemente a mí me interese porque también estoy vinculada al agro. De ese me gustaría saber un poquito más, porque capaz que podemos colaborar. Más allá de que sea una competencia, la idea también es conocer a emprendedores de otros países e incluso poder llegar a trabajar juntos.

En algunas entrevistas usted señaló que su invento también va a ayudar al consumidor final, porque tendrán la información de dónde y cómo fue criado el animal. ¿Por qué debería importar eso?
Estuve en Estados Unidos y en Europa, donde está en auge la concientización de lo orgánico. Y hay sistemas de calificación, pero no son buenos. Se basan en una inspección de una persona que va al campo y dice “esto se cosechó orgánicamente y esto no”, pero no hay nada tecnológico que lo mida de verdad. Entonces, ese invento te permite diferenciar entre el ganado que estuvo en un campo grande comiendo pasto del que comió feedlot, es decir, que estuvo en un lugar chiquito comiendo ración o maíz. En Estados Unidos iba a un restaurante de esos orgánicos y siempre te resaltaban que la carne era “grassfeed”, alimentada a pasto. Y yo les preguntaba cómo sabían que es realmente así. Porque de hecho te pueden decir cualquiera. Uruguay es el único país que tiene trazabilidad en todos sus animales, obligatoria. Pero después en otros lados es solo confiar, y mi proyecto es una herramienta que te dice la verdad.

¿Cómo hace para detectarlo?
Monitoreo al animal en todo momento, sé si estuvo pastando y moviéndose en un campo grande o si estuvo encerrado en un lugar chiquito.

¿Cómo se enlaza Chipsafer con la trazabilidad?
La trazabilidad es algo que está buenísimo porque le agregó muchísimo valor al ganado de Uruguay. En comparación con otros mercados, el hecho de saber por dónde pasó el animal genera valor. Y Chipsafer es como un sistema de trazabilidad activo, porque podés saber de verdad en dónde estuvo el animal en todo momento. O sea, no es solo un acta que te informa sobre todos los dueños por los que pasó el animal, sino que te dice en dónde estuvo el animal en cada momento de su vida.

No tiene familia o personas cercanas vinculadas al agro. ¿Qué la inspiró?
Cuando sucedió lo de la aftosa yo estaba en el liceo, pero pude ver como impactó el problema en toda la sociedad, en la economía. Fue algo que puso en evidencia la importancia que tiene el agro para Uruguay. Fue ahí que me pregunté si no había un sistema para detectar las anomalías a tiempo. Pero en aquel entonces estaba pensando en otra cosa, lo único que me interesaba era el espacio. Recién en 2012, cuando la Unión Internacional de Telecomunicaciones organizó una competencia para jóvenes innovadores que pudieran resolver un problema de su región utilizando las Telecomunicaciones, se me vino en seguida el recuerdo de la aftosa. Gané la competencia entre otros 400 proyectos de unos 77 países, y empecé a desarrollarlo.

Además de Innovative Efficient Engineering Technologies (IEETech), la empresa desde la que realiza y prevé comercializar Chipsafer, tiene otra: Cloudstat. ¿A qué se dedica?
Es una empresa en la que hacemos sensores para distintas industrias, que recaban información que luego se procesa. Estamos trabajando con drones: hacemos las piezas con impresoras 3D y los vendemos.

Dice que el interés por el espacio se lo despertó su padre, que en realidad es contador. ¿Cómo se explica?

Cuando tenía cuatro años le pregunté a mi padre para qué servían los números con los que estaba trabajando. Me mostró la Luna y me dijo que los seres humanos habían llegado a la Luna tan solo con la combinación de dos números: 0 y 1. A partir de ahí me vino una cosa de querer saber qué es lo que hay en el espacio, y eso lo siento hasta hoy.

Tiene un posgrado en ingeniería espacial. ¿Dónde lo cursó?
En la Universidad Internacional del Espacio, que da cursos de posgrado en distintas partes del mundo. Yo lo hice en Austria porque ese programa se enfocaba en pequeños satélites. Tenía 23 años, terminé mi tesis y a los dos días me tomé un avión y me fui. Me quedaban algunas materias de facultad, pero las di al año siguiente.
Un año después, el posgrado se hizo en el Centro Espacial Kennedy y se enfocaba más en lanzadores. Ahí di clases para la universidad. Este año va a ser en Ohio, cerca del Centro Glenn de la Nasa. Voy a ir, pero a dar unos cursitos de dos o tres semanas.



Su sueño de niña de conocer la Nasa está cumplido. ¿Cómo fue esa experiencia?
En realidad, cuando éramos chiquitos —yo tenía 10 años— mis padres por suerte nos pudieron llevar. También participé en un concurso que organizaba la Nasa, que consistía en organizar un sistema de cómo habitar la Luna. Yo tenía un proyecto hecho para el liceo sobre cómo habitar Marte y por eso otros chicos me contactaron para trabajar con ellos. También sumé amigos de Facultad de Ingeniería. Nos llevamos el tercer puesto. Ese concurso fue en el Centro Espacial Kennedy, que es mi lugar favorito en el mundo.
Después, cuando fui a trabajar, fue increíble porque nos llevaron hasta la parte que no está abierta al público. Pude ver dos lanzamientos. Ves salir la nave y escuchás un ruido impresionante, sentís que todo el cuerpo se te estremece con las vibraciones.

Por su maquillaje y vestimenta, su estilo dista del imaginario de una nerd de la ingeniería o la aeronáutica. ¿Lo hace con algún propósito?
En el liceo era súper nerd en el sentido de que me encantaba quedarme leyendo y todo eso. Pero siempre me gustó arreglarme y lo hago como algo normal, también porque no quiero tener esos prejuicios. En ingeniería si iba un día arreglada, mis amigos ya empezaban a jorobarme. Como que están esperando que las mujeres no estén producidas, pero yo siempre lo intenté. Creo que en Sillicon Valley es peor que acá ese tema. Una vez una mentora me dijo: “Tené cuidado con cómo te vestís, porque si no la gente va a pensar que sos estúpida”. A mí me gusta el rojo y me visto de rojo. Creo que hay pila de cosas que hay que cambiar, sobre todo si se quiere que más mujeres entren al mundo de la tecnología. En la serie de TV “The Big Bang Theory”, por ejemplo, Amy se viste horrible, y decís: ¿por qué?

¿Qué otros proyectos tiene entre manos?
Nuestras oficinas se están mudando a un edificio nuevo del espacio de cowork Sinergia. Soy presidenta de la ong Space Generation Advisory Council, que es una organización en apoyo al programa espacial de las Naciones Unidas. Tenemos más de 4.000 miembros de unos 100 países y la idea es llevar la voz de los jóvenes hasta los tomadores de decisiones, sobre todo a las Naciones Unidas.

Carina Fossati