Esperanto

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Nº1947 - al de Diciembre de 2017
Por Claudia Amengual
Claudia Amengual

l próximo 15 de diciembre es el Día de Zamenhof. Pero, ¿quién lo celebrará? ¿Cuántos sabrán quién fue Ludwik Lejzer Zamenhof? ¿Dónde han quedado sus ideales? Y lo más importante: ¿qué vigencia tiene su propuesta?

En 1887, el médico polaco L. L. Zamenhof dio a conocer la primera gramática de un nuevo idioma creado no como sustituto de los idiomas existentes, sino como herramienta auxiliar que facilitara la comunicación entre las personas. Un puente cultural que, en lugar de aplanar las diferencias, se apoyara en ellas para alcanzar puntos de encuentro. Ese idioma es el esperanto y, si bien ningún país lo ha adoptado como lengua oficial, está disperso por el mundo, sostenido por una comunidad de número impreciso que mantiene vivo su espíritu. Tan vivo está que hasta el servicio de traductor de Google lo ofrece.

Hace unos años, encontré en una librería de viejo de Santiago de Compostela un precioso ejemplar de 1906 titulado Primeras lecciones de esperanto. Es un libro pequeño, con tapas duras y páginas amarillentas. Lo compré como una rareza y hasta hoy no lo había abierto. En su prefacio dice: “Esta lengua artificial, maravillosa, tiene las ventajas de una lengua natural sin presentar sus dificultades. Es armoniosa, flexible, rica y susceptible de todos los matices y se presta a todos los usos. Se aprende en unas semanas y se adapta a todas las sintaxis... (…) Su carácter de neutralidad absoluta, su simplicidad y su elegancia aseguran el triunfo próximo como lengua auxiliar destinada a servir a todos los pueblos al lado de la lengua patria, en sus relaciones internacionales”.

A primera vista sus reglas lucen sencillas o con afán simplificador. Por ejemplo, para el caso de las siempre problemáticas preposiciones, el libro sugiere después de haberlas enumerado y de haber indicado sus correspondientes usos que “cuando ninguna de ellas satisfaga exactamente la idea, échese mano de la preposición general je”. ¡Y adiós dolor de cabeza!

La expansión del esperanto ha fluctuado desde las iniciales adhesiones entusiastas hasta períodos de aparente letargo, pero ni aun en estas instancias de decaimiento desapareció por completo. Incluso en nuestro país tiene sus cultores aunados en torno a la Sociedad Uruguaya de Esperanto que se fundó en 1924.

El primer Congreso Internacional de Esperanto fue en Boulogne-sur-Mer, en 1905, y desde entonces se han venido celebrando año a año, con lapsos de interrupción durante las dos Guerras Mundiales. A partir de 1920, la Asociación Universal de Esperanto tomó a su cargo la organización de estos congresos a los que acuden esperantistas representando a más de medio centenar de países. El de este año se celebró en Seúl, con mil ciento treinta y ocho asistentes. Huelga decir que en estos encuentros no hay necesidad de intérpretes.

Si bien se ha consagrado el 26 de julio como Día del Esperanto, la Asociación Universal de Esperanto se une a la UNESCO en la celebración del Día Internacional de la Lengua Materna cada 21 de febrero. De ese modo, ratifica su vocación no dominante sobre las otras lenguas y su respeto a la diversidad rica en tradiciones, así como su absoluta independencia de cualquier Estado, religión o sistema económico.

El esperanto ha tenido sus detractores. Algunos fundamentaron la resistencia en el miedo a perder la preponderancia de su idioma en el mundo de la diplomacia, la cultura y los negocios. Otros le atribuyeron asociaciones que lo vinculaban a ideologías o procedencias consideradas subversivas. Hitler vio en el esperanto un peligro a sus intenciones expansionistas y advirtió acerca del origen judío de Zamenhof como una justificación para una posible conspiración. Los tres hijos de Zamenhof fueron perseguidos y murieron bajo el poder nazi. Triste paradoja para la descendencia de quien había luchado contra la discriminación y el odio. Sin embargo, la vida se abrió paso y encontró su camino. Louis Christophe Zaleski-Zamenhof ―único nieto del creador del esperanto― reside en Francia donde ha desarrollado una brillante carrera como ingeniero civil. Otro constructor de puentes, al igual que su abuelo.

El esperanto logró atravesar los muros de rechazo y se instauró como una pequeña esperanza de unión para un mundo malherido después de la Segunda Guerra. No tiene hambre de poder ni pretensiones imperialistas. No atenta contra otros idiomas, por cuanto no sustituye su cosmovisión ni esa capacidad de reflejar y crear realidades nuevas que todos los idiomas tienen. Su propuesta consiste en aprender esperanto además de la lengua materna, y así tener una estupenda herramienta de comunicación. A la vez, nada impediría que siguiéramos estudiando francés y alemán para leer a Flaubert y a Goethe en su estado original, y también para conectarnos con las raíces profundas de otras comunidades parlantes y su particular forma de concebir la realidad.

Como todo lo referido a cuestiones lingüísticas el uso no se impone por decreto; se adquiere. Las comunidades aceptan o rechazan cambios y, en general, los esfuerzos de la Academia por implantar normas llegan hasta donde los hablantes se lo permiten. Luego, es esa misma Academia que vuelve sobre sus pasos, estudia esos usos y los integra a su normativa. Así de vital y poderosa es la fuerza de una lengua.

El esperanto crece en seguidores, literatura, cine, teatro, música y distintas manifestaciones culturales. Se mantiene activo y recibe reconocimientos oficiales que lo legitiman. Pero está lejos de ser una lengua franca. De ahí que no sea posible aventurar su destino, saber si será funcional a las nuevas tecnologías, si se constituirá en un territorio limpio de intereses espurios y fanatismos nacionalistas. O si se irá diluyendo en el olvido. Más allá de lo que suceda, su concepción humanista lo transforma en una magnífica alegoría para imaginar un futuro de encuentro desde el respeto a las diferencias. tatiam@galeria.com.uy

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