Agresión global

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Nº1967 - al de Mayo de 2018
por Pau Delgado Iglesias

El 26 de abril se dio a conocer en España la sentencia a los cinco integrantes del grupo de WhatsApp La Manada, que en 2016 violaron a una joven de 18 años durante las fiestas de San Fermín. La sentencia condenó a los acusados a nueve años de prisión por “abuso sexual continuado”, pero los absolvió del delito de “agresión sexual” (que hubiera significado 18 años de cárcel), ya que el tribunal entendió que la joven no fue víctima de violencia.

Aunque la sentencia reconoce como “hechos probados” que: al encontrarse “rodeada por cinco varones, de edades muy superiores y fuerte complexión […], ‘la denunciante’ se sintió impresionada y sin capacidad de reacción” y que “sintió un intenso agobio que le hizo adoptar una actitud de sometimiento y pasividad”, los jueces consideraron que en estos hechos no hubo violencia ni intimidación. Durante la violación, dos de los hombres filmaron videos y sacaron fotos; después de la violación mandaron mensajes por WhatsApp al resto de La Manada diciendo: “Buenos días. Follándonos a una entre los 5. Jajaja. Todo lo que cuente es poco. Puta pasada de viaje. Hay vídeo”.

En la sentencia se puede leer con detalle todo lo que se ve y se escucha en los videos: la descripción es escalofriante. Sin embargo, para uno de los magistrados (el que votó para que los cinco hombres fueran absueltos), los videos muestran “actos sexuales en un ambiente de jolgorio y regocijo”. Es el mismo magistrado que durante el juicio le decía a la víctima: “En cualquier caso, daño, dolor durante ese episodio, ha quedado claro que no sintió usted”. El gran problema acá, evidentemente, es qué es lo que entiende la Justicia por “sentir dolor” o “sentir daño”, qué entiende por “agresión” y cómo define “violencia”.

Al analizar el caso, la violencia se observa en todo momento, y no solo por la violación en sí: detalles como filmar a la joven sin su consentimiento, o dejarla tirada desnuda y robarle el celular antes de irse, son también ejemplos de la violencia ejercida. Los mensajes humillantes de WhatsApp enviados por los hombres a su grupo de amigos después de la violación terminan de evidenciar una concepción de sexualidad que, como expresa la antropóloga mexicana Marcela Lagarde (1997), “se caracteriza por el desprecio, la inferiorización y la violencia institucionalizada a las mujeres; desprecio, inferiorización y violencia que son de manera simultánea bases de la viril identidad masculina”. El hecho de que la Justicia considere que en todo esto no hubo “violencia” (aunque sí abuso) plantea la urgente necesidad de revisar los códigos penales y sus interpretaciones, y de preguntarse, una vez más: ¿quiénes hacen las leyes? ¿Para quién? ¿A quiénes privilegian? ¿A qué intereses responden?

Por supuesto que este no es un caso aislado, sino un ejemplo más de una cultura en que la violencia sexual contra las mujeres es estructural. A nivel local, me viene a la memoria lo ocurrido en enero de 2014 en Santa Teresa, cuando una joven de 27 años bajo el efecto de estupefacientes fue abusada por más de 15 hombres en el baño de un camping: el abuso fue filmado por uno de ellos y el video viralizado por WhatsApp y en sitios de pornografía. Increíblemente, la Justicia uruguaya archivó el caso por “falta de pruebas”, al tiempo que la opinión pública prefirió juzgar la conducta sexual de la mujer, en lugar de las reacciones y los comportamientos sexuales de los hombres. Uno de los implicados declaró que al ver la situación en la que estaba la joven, él y sus amigos decidieron volver al baño a ponerse en fila para el sexo oral: “Cómo no vamos a hacer nada, si entró regalada”, razonaron. Prefirieron priorizar su medio minuto de felatio antes que preocuparse por entender en qué situación se encontraba la “regalada”.

Es esta noción de sexualidad caracterizada por la “inferiorización” y la “violencia institucionalizada” hacia las mujeres, la que hace que allí donde se muestra una agresión y un abuso, muchos sigan viendo un jolgorio y una orgía. Es la misma concepción hegemónica de sexualidad que provoca que una niña de 10 años se vuelva a exponer reiteradamente a abusos sexuales hasta lograr filmar la situación con su ceibalita, porque sabe que si no encuentra la manera de probarlo, terminará siendo ella la mentirosa, la “regalada”, la “puta pasada de viaje”. La violencia existe y es global; el cambio es urgente y empieza por casa.

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