Ampliación del campo de batalla

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Nº2035 - al de 2019
por Fernando Santullo

La semana pasada reflexionaba (por lo menos lo intentaba) sobre un tema que me resulta clave y recurrente: los uruguayos solemos estar acostumbrados a esperar sentados a que los partidos políticos nos digan cuáles son nuestros problemas para luego, graciosamente, ofrecerse a resolverlos. En esa ocasión usaba como ejemplo el tema de la recolección de residuos en Montevideo, señalando que era un suicidio ciudadano aceptar que el problema era un conflicto entre la Intendencia de Montevideo y el sindicato Adeom. Era un suicidio porque ese conflicto (que existe y es real) no puede de ninguna manera impactar sobre un deber municipal tan básico y esencial como mantener la ciudad limpia. Y que eso no ocurre en casi ninguna ciudad seria.

Mencionaba a la pasada que muchas veces esa forma de entender la política exclusivamente como política partidaria complica la posibilidad de establecer una mirada ciudadana: todo es leído desde la perspectiva de los partidos y hay poco interés en construir una visión que se plante en las zonas donde viven los ciudadanos. Como la realidad casi siempre supera la ficción, entre esa columna y esta encontré un ejemplo perfecto de este problema, casi mordiéndome la nariz.

Por una de esas extrañas activaciones que tiene Facebook, un posteo mío de hace un año se activó (como “recuerdo” o algo así) y comenzó a recibir comentarios nuevamente. Era una tontería sobre unas manitas rascadoras de espalda que un amigo me había enviado desde México, una nadería que había sido retenida en la Aduana y tenía que recoger tras pagar en el Correo, aún cuando estaba todo pagado desde el origen. Tras comprobar que el Correo (o la Aduana, no lo recuerdo bien) quería cobrarme mas de 30 dólares por un regalito insignificante que había costado un dólar, decidí no recogerlo y de paso comentar en las redes sobre la ineficiencia de esos organismos del Estado.

Cuando ese texto fue publicado (hice una columna sobre el tema entonces) recibió unos cuantos comentarios. La inmensa mayoría de ellos de gente a la que le había pasado algo parecido en sus envíos. Muchos de esos eran comentarios humorísticos, ya que hace cosa de un año se podía decir de manera burlona que en el Correo abundaban los inútiles sin que casi nadie (salvo algún funcionario del Correo, supongo) se sintiera ofendido. Hoy parece ser más complicada la cosa.

Por un lado, mucha gente elevó el tono en el sarcasmo y los empleados del Correo pasaron de ser unos vagos a ser gente que merece ser castigada severamente por la población. Por otro, me llamó la atención un comentario que me acusaba de varias cosas: de generar odio, de atacar al partido de gobierno y de querer hacer política por medios ilegítimos. Me recomendaba entonces callarme la boca, formar un partido y lograr que ese partido hiciera lo que yo quería, sin importunar a la gente que quería vivir en paz. Mas allá de que un mensaje, como una golondrina, no hace verano, la subida de tono general, el nivel de vapor que despertó una inocentada de hace un año, me parecen síntoma de algo que no siempre se percibe, como ocurre con casi todos los procesos acumulativos lentos. Esto es que la campaña electoral ya caló hondo y que los bandos están listos y preparados para la batalla que les proponen los partidos. Que los ciudadanos ya estamos perfectamente alineados según la lógica partidaria. Que, como su propio nombre dice, los partidos necesitan que los ciudadanos se encuentren partidos, separados en bandos.

Una separación clara es aquella entre quienes son capaces de ver las diferencias que existen entre partido de gobierno, gobierno y Estado. Esto es, que el primero lo es solo como parte de una coyuntura, que el segundo es ocupado por distintos partidos a lo largo del tiempo, y que el tercero es una serie de estructuras que permanecen, con independencia de quien sea el partido de gobierno y el gobierno. Históricamente, los partidos que han intentado unificar todo eso bajo un solo poder han sido partidos totalitarios. Por eso el comentario que me recomendaba no generar odio y, en nombre del bien común, quedarme callado hasta tener mi propio partido, era abiertamente totalitario. Un discurso que no era capaz de separar partido, gobierno y Estado. Una confusión peligrosa, más cuando esa es una idea que parece ir extendiéndose por el tejido social.

Otra separación es la que existe entre quienes son capaces de leer una ironía y manejarla como tal y quienes han perdido por completo el sentido del humor, abrazando emocionados la causa que les conmueve, exigiendo para el resto la misma solemnidad que reservan para su relación con esa causa. Irónicamente, este breve recuento de separaciones no coincide con las que proponen los partidos, que presentan un menú algo mas simple: todo aquel que no esté conmigo es porque le desea el mal al país. O casi.

Lo que parece revelar la micro polémica que generó ese viejo comentario de Facebook es que en exactamente un año hemos perdido buena parte de nuestro sentido del humor, de nuestra capacidad de empatizar con quien no piensa como uno y, sobre todo, la posibilidad de analizar un texto sin someterlo a la férula del debate partidario más primario. En un año nos hemos sumergido en el avispero zumbante y nada conciliador de la retórica de los partidos en plena campaña electoral. Un avispero que evidentemente es muy efectivo para obtener un escaño, pero que difícilmente nos sirva a los ciudadanos en nuestra convivencia diaria.

En la columna de la semana pasada, eché mano a una letra de la banda californiana Bad Religion para resumir el centro del problema que señalaba entonces: que a pesar de toda la retórica al respecto, la basura sigue sin recogerse de manera adecuada en la capital uruguaya. Dado que esta columna es una suerte de continuación, una suerte de ampliación del campo de batalla que planteaba aquella, me tomo la libertad de cerrarla con otra cita de otra canción de Bad Religion, esta llamada The gray race: “La raza gris se marchita atrapada dentro del mundo en blanco y negro que ha creado”. Para un partido, partir a la ciudadanía tiene todo el sentido: en una democracia ninguno de ellos puede aspirar al 100% de los votos ciudadanos. Para la ciudadanía, abrazar esas divisiones, esas particiones es aceptar mansamente un mundo en blanco y negro creado por los partidos, esa raza gris. No tenemos por qué hacerlo, esa también es una libertad democrática.

✔️ Solo una canción punk rock

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