Cámaras de eco

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Nº1964 - al de Abril de 2018
por Fernando Santullo

Hace unas semanas escribía en este espacio sobre los nefastos efectos de la posverdad y las fake news en la calidad del debate democrático. Más allá de que, dada su naturaleza, en ese debate, suelen existir posiciones antagónicas que de por sí lo hacen complejo y delicado, el sesgo sistemático y el aroma a conflicto que introducen con toda mala intención estos mecanismos de desinformación, lo pueden volver completamente estéril. Lo anulan, lo desvían de sus posibles ejes razonables. Cumplen con su objetivo, que es el de sembrar confusión. Y, como se sabe, a río revuelto, ganancia de pescadores.

¿Quienes vendrían a ser los pescadores en este caso? Antes que nada, el statu quo, tenga este el signo que tenga. No importa si es de derecha o de izquierda, conservador o progresista: la confusión sobre los hechos que se discuten siempre favorece al inmovilismo. Y este inmovilismo beneficia a quien ya se encuentra ocupando una posición de poder. Pero también beneficia a quien, sin ser parte del poder político (siempre se es parte de algún poder) carece de argumentos fuertes y por eso elige saturar la señal con ruido: cuanto menos se reflexione sobre lo que está diciendo, cuanto más emocional sea la reacción que provoque, mejor para la flaccidez de sus argumentos.

Señalaba en aquella columna que el papel de los ciudadanos y de los periodistas (aquel cuarto poder que hace ya mucho no pasa de poder de cuarta) era el de tomarse el tiempo y las molestias cuando se enfrentaban a estas noticias falsas. Y recordaba entonces que informarse es siempre y en última instancia, un asunto individual. Si el tema en cuestión es tan grave como para pelearse con familiares o insultar a conocidos, entonces seguramente valga la pena cruzar tres fuentes distintas e intentar extraer el caracú del asunto por nuestra cuenta.

Claro, esto toma tiempo y si uno no es un profesional de la noticia, seguramente argumente que no le da la vida para trazar ese recorrido en cada tema que le interesa. Y eso es válido, faltaría más. El problema es que si nuestro interés (que es lo que está detrás de la elección de dedicarle o no tiempo al asunto) no es tan grande, siempre estaremos delegando lo que debería ser nuestro cruce de información personal en alguien más.

Un problema adicional y que corre en paralelo a las fake news (aunque no es ajeno del todo) es que aun cuando uno se tome la molestia de cruzar fuentes, puede terminar siempre dentro de la misma cámara de eco. Es decir, escuchando y amplificando solamente aquello que ya conocía, confirmando prejuicios, profundizando en el error. Y, pasado cierto tiempo, construyendo el dogma.

Actualmente no debería ser problemático encontrar una decena de fuentes distintas que nos ayuden a intentar comprender un proceso, una situación, un conflicto. El problema es que esa misma facilidad para la diversidad la tenemos para confirmar un sesgo. Es más, es mucho mas sencillo buscar medios relacionados (que de una forma u otra dicen más o menos lo mismo) que tener el valor intelectual necesario para meterse a leer un medio que uno considera dudoso o directamente detestable.

Esto, que para un lector o ciudadano cualquiera no pasa de ser un problema individual que solo afecta al resto en la medida en que el voto de ese señor vale uno, es un gesto imperdonable en un político en el gobierno. El político, legislador o gestor estatal no puede simplemente creer sus propias palabras. O en las que le devuelve la reverberación de la pared de su despacho. Y no puede tampoco limitarse a recoger los ecos de sus acólitos, en la medida en que cuando uno es un profesional del gobierno gobierna para todos, no solo para aquellos que lo votan o repiten su speech. Los efectos de este autismo selectivo son nefastos en la medida en que ese encapsulamiento puede llevar (y de hecho lleva) a meteduras de pata importantes que afectan todo el tinglado democrático.

Cuando una elite permanece mucho tiempo en el gobierno y cuenta con mayorías que le permiten ignorar o al menos atenuar aquello que señala la oposición, no es raro que termine creyendo que su discurso no solo es el único válido sino que es la realidad misma.

El independentismo catalán, por ejemplo, nutrido por las mismas elites nacionalistas que han gobernado la región durante los últimos 40 años, llevaba meses anunciando su intención de declarar la independencia unilateral en todas las radios y canales televisivos públicos catalanes. También en otros canales y radios, si les ponían un micro adelante. O posteando fotos en las redes, posando delante de las advertencias oficiales del Tribunal Constitucional, pinchadas en la pared (esa foto se la sacó el mismísimo Puigdemont y la subió a su cuenta de Instagram).

¿Cómo es posible que haga eso gente que sabe que ignorar las advertencias legales del Estado no la exime de su obligación de respetar la ley? ¿Que declare alegremente su intención de no respetarla, sabiendo que eso tiene consecuencias penales que fueron explicitadas decenas de veces por la Justicia? Bueno, cualquiera que haya vivido un tiempo en Barcelona sabe que la presencia del Estado español es más bien residual y que el nacionalismo hace décadas que construye su discurso sin casi tener oposición. Pues esos políticos están hoy en prisión preventiva por haber creído que el sonido que les devolvía su cámara de eco era la realidad. Pero no, la realidad era otra cosa, era el Estado usando las herramientas que tiene para asegurar su integridad territorial.

Otro caso habitual es descalificar a uno de los poderes del Estado cuando este hace algo que no les gusta a los políticos en el poder. Si bien este gesto puede leerse como protototalitario (suelen ser la Justicia y el Legislativo los descalificados) en realidad puede ser muchas veces resultado de la misma cámara de eco: los políticos terminan creyendo en su propio sesgo y en el de los suyos. Si todos sabemos que Lula es inocente y que todo es una conspiración de la derecha, si nuestro círculo está convencido de eso, si los medios en que nos informamos dicen lo mismo, entonces lo real es que Lula es inocente y todo es una conspiración de la derecha: nuestro discurso pasa a ser la realidad. El caso podría ser el reverso ideológico y la lógica sería la misma: cámbiese Lula por Collor de Melo. En resumen, usamos la prensa (y las redes) no para evaluar mejor un suceso sino para confirmar nuestro prejuicio sobre el mismo.

Para más inri, por lo general los políticos no se toman la molestia de debatir en el llano y apenas lo hacen en las redes. No es raro entonces que cuenten con un montón de seguidores que suelen ejercer de mamporreros vocacionales ante cualquier visión alternativa de los hechos.

El problema es que pese a todas estas barreras, humanas y cognitivas, el árbol sigue cayendo en el medio del bosque y sigue haciendo ruido. Es irrelevante que nadie lo escuche: la realidad seguirá siendo aquello que está fuera de nuestra cámara de eco.

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