Construyendo el altar propio

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Nº1972 - al de Junio de 2018
por Fernando Santullo

Aprovechando que ya tenemos un pie y medio en el Mundial, parece ser interesante comentar algo sobre la mentalidad de hinchada que viene complicando y eventualmente aniquilando el intercambio de ideas en la plaza pública. No es solo algo que esté pasando en las redes sociales (la gran cloaca de todo ese proceso) ni en las secciones de comentarios de los medios virtuales (esa deep web donde asoman los peores de todos). Es algo que viene produciendo efectos en el mundo real, en el mundo de los objetos y las cosas. Una mentalidad de hinchada que muchas veces termina disparando o asentando procesos que van en el sentido opuesto de lo deseado por el hincha virtual.

Por citar un ejemplo pequeño y personal, concreto y reciente: un señor comenta en Twitter mi columna de la semana pasada. Quizá porque Twitter es necesariamente breve, el señor solo dice que la nota es “para la hinchada”. Lo interpelo, preguntándole en qué basa su afirmación y quién sería esa hinchada. Durante un par de tuits el señor se limita a seguir descalificando sin más argumentos, pero luego, ante los sucesivos pedidos de precisión, presenta como argumento que en la nota comparo a Uruguay con Surinam, algo que la nota evidentemente no hace. O que en todo caso hace positivamente; sin dudas estamos mejor que Surinam.

En cualquier caso, la posibilidad de un intercambio productivo se esfumó cuando en vez de argumentos solo se presentó una descalificación y, para más inri, se insistió en otras. Y todo para terminar demostrando que en caso de haber leído la nota, la leyó en la misma clave tribunera de su argumentación. La aspereza, la ausencia de argumentos razonables, la velocidad para construir una línea que separa a un “ustedes” de un “nosotros” arbitrarios, creados ad hoc para intentar deslegitimar un punto de vista, son la receta perfecta para no poder debatir de nada. Y es que disentir no implica necesariamente descalificar.

Es muy probable que en una conversación cara a cara las cosas fueran de otra manera, no es sencillo llamar tribunero a un desconocido que se está tomando un vino en la mesa de al lado. Y menos sencillo es hacerlo si se conoce a esa persona, ya que ahí, seguramente, pesen toda otra clase de matices. El problema en esta clase de intercambios sería entonces lo despersonalizado del asunto. Pero, creo, es sobre todo la cada vez más extendida costumbre de mirar las opiniones políticas desde una óptica que es cada vez más moral.

Una mirada que desplaza las opiniones políticas a definiciones sobre el bien y el mal, que es lo que hace cualquier religión o cualquier hinchada. Y que, como bien señala en una nota reciente el filósofo español Manuel Arias Maldonado, es “una circunstancia que las redes sociales permiten observar en directo: no abundan en ellas las comunidades de hablantes empeñados en buscar imparcialmente eso que la teoría habermasiana llama ‘fuerza del mejor argumento’”.

Cuando Donald Trump llegó a la Casa Blanca, el comediante británico Tom Walker en el personaje de su periodista ficticio Jonathan Pie, señalaba que su victoria se debía a que la izquierda estadounidense se había dedicado a descalificar a sus adversarios en vez de rebatir sus ideas en la arena política. “Insultar ya no funciona, descalificar ya no funciona”, decía un furioso Pie, supuestamente hablando fuera del aire con su cámara, el nunca visto Tim. Pie/Walker recordaba la frase de Hillary Clinton “canasta llena de deplorables”, aludiendo a los votantes republicanos. “Cómo pretendes que te vote alguien a quien estás insultando”, vociferaba el supuesto reportero.

Lo cierto es que ese desplazamiento de los argumentos, de la búsqueda del “mejor argumento” hacia los juicios morales sobre la calidad del adversario no son nuevos. De hecho, la descalificación moral del otro fue una de las claves del éxito de los conservadores durante décadas, exponiendo a sus rivales ideológicos como gente poco fiable dadas sus preferencias sexuales o su estilo de vida. Lo nuevo es que la descalificación, la mirada moralista y moralizante, viene ahora desde la vereda ideológica opuesta. Y que viene además acompañada del victimismo necesario para erigirse en la única autoridad moral competente en las materias que se discuten. Se pasó de la necesidad de incluir la perspectiva de la víctima en cualquier mirada a que esa sea la única perspectiva válida.

Por ejemplo, si cuestiono la efectividad de una política de gobierno, eso me convierte en un inmoral porque esas políticas pueden haber tenido algunos resultados positivos. Al tiempo, quien nos acusa de inmoral de inmediato se pone a rellenar la descalificación de bellas imágenes positivas, que serían resultado de esas políticas, como forma de construir una víctima de la opinión que se critica. En esa perspectiva, ya no es solo que se intente silenciar a quien piensa distinto, lo que se intenta es descalificar a cualquiera que aporte un matiz, un desvío. Cualquiera que plantee alternativas al statu quo es un peligro a erradicar porque se está metiendo con las víctimas. El único problema que tiene ese juego de victimizarse para desde ahí reclamarse como única mirada posible, es que lo puede jugar cualquiera. Incluidos los votantes de Trump.

Es tal la hemiplejia de esa mirada que la misma gente que gritaba enloquecida que el juicio a Dilma Rousseff era un golpe de Estado, aplaudía con fervor la caída de Mariano Rajoy en España. Sin despeinarse siquiera. Y no lo hacía porque conociera perfectamente los marcos legales de ambos países y concluyera legítimamente que en un caso estuvo bien y en el otro mal. Lo hacía porque su mirada sobre la plaza pública hace rato que no observa datos, experiencias, procedimientos y correcciones. Su mirada se planta firmemente en esa superioridad moral que se concentra en separar a los “nuestros” de los “otros”.

Para muchos, las malas experiencias en las redes se reducen a una cuestión de modales que serían resultado de la despersonalización del medio en donde ocurren esos intercambios. Mi idea es que en realidad las redes lo único que hacen es mostrar sin filtros lo que ya está ocurriendo en la vida real, la pobreza radical del debate de ideas entre los ciudadanos del mundo real. No es de asombrarse que ganen tipos como Trump o que el 74% de los uruguayos vean con buenos ojos la presencia de militares en las calles.

Casi cualquiera puede reclamarse víctima y moralizar desde ese altar propio. Y que entonces cualquiera que se aleje de esa perspectiva pase a ser un inmoral y un desalmado. Con esos mimbres, es muy difícil que se sostenga la canasta. De hecho, ese mecanismo tiende a hacer desaparecer la política como el espacio de intercambio horizontal que conocemos. Bienvenidos a los tiempos difíciles.

✔️ Entre Holanda y Surinam

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