Fachada del MSP. Foto: Nicolás Der Agopián

Tags, bombas, piezas y murales: entre el arte callejero y el vandalismo

Cuando Montevideo se convirtió en un gran lienzo para el grafiti

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Nº1934 - al de Septiembre de 2017
Silvana Tanzi

En la ciudad hay artistas visibles que pintan de noche o a la luz del día, con permiso o sin permiso, y a veces por encargo. También hay personas invisibles que actúan de noche, con la rapidez que implica lo prohibido. Y no perdonan nada: sus huellas están en las fachadas de edificios públicos o privados, en monumentos, en cualquier pared o muro, en las cortinas metálicas de los comercios.

El origen del grafiti es remoto pero, tal como se conoce hoy en las ciudades del mundo, se inició en Nueva York en los años 60 al ritmo del hip hop, como una expresión contestataria o simplemente espontánea. Los grafiteros expandieron su firma —un apodo que combina palabras y números— por la ciudad, y varios de sus dibujos se hicieron famosos, por ejemplo, en el metro de Nueva York. Con los años, algunas de sus creaciones fueron codiciadas por galerías y museos.

En Montevideo hay grafiteros con firmas reconocidas, que incluso hacen trabajos para empresas o comercios, pero la mayoría son anónimos. Es muy difícil llegar a ellos o que hablen de lo que hacen. Hubo grafiteros que rechazaron las preguntas de Búsqueda para esta nota por desconfianza o temor a las posibles críticas. Sin embargo, otros dieron su testimonio, como David de la Mano, artista de murales, Min8, grafitera de grandes piezas en muros y cortinas metálicas, igual que GSN (artista que integra la Crew del Sur) y el más joven: Keuf016. Algunos prefieren firmar y aparecer con su apodo; otros, con su nombre verdadero. Todos forman parte de una cultura tan heterogénea como su escenario: la calle.

Min8. Gaboto y Guayabo

Pieza mata bomba.

Para entender el arte callejero hay que familiarizarse con su nomenclatura. El tag es la forma más básica del grafiti, la firma que se hace “a la pasada”, la que parece un simple garabato. Es actualmente el grafiti más odiado por comerciantes, vecinos y autoridades. Las paredes de pintura tenue son especialmente atractivas para los tags, igual que los mármoles negros que permiten el contraste con el drypen blanco. Y todo sirve para el contraste: la tinta, los marcadores, los aerosoles y hasta la cera de zapatos.

Las bombas son una forma de firma más elaborada. Puede ser de una persona individual o de un grupo. En general, tienen letras redondeadas y gruesas, y para dibujarlas se usan por lo menos dos colores, uno de relleno y otro para el contorno. Hay bombas muy reconocibles en Montevideo, que se repiten una y otra vez en varias cuadras, entre ellas las de Calush y las de la crew SR. Y aquí aparece otra palabra de este glosario. Crew significa “tripulación”, es un grupo que se junta para salir a grafitear, a hacer murales o “de bombing”.

Diego González firma como GSN y es integrante de la Crew del Sur. Empezó a los 12 años a pintar en las calles y hoy tiene 33. Ha trabajado en publicidad y también en animación, por ejemplo formó parte del equipo de arte de la película Anina. También es tatuador (“el tatuaje tiene más técnica que arte”, dice) y trabaja en producción de arte para fiestas.

“Cuando adolescente, no sabía lo que era un tag, esa información vino con el tiempo, con Internet. En ese momento podía llegar a rayar cualquier cosa, pero ahora es diferente, y no hago nada en monumentos o casas particulares. El grafiti es protesta, es una forma de comunicación, pero hay diferentes puntos de vista. Quienes no tienen muy claro el concepto, van y rayan una casa recién pintada”.

Para GSN es notorio el avance del grafiti en todo Montevideo. “Está explotando esta movida. A mí me simpatiza, no el vandalismo, sino más que nada que se vea movimiento de gente, que haya libre expresión. Hay algunas estéticas que no comparto, pero entiendo que haya concepciones diferentes en las nuevas generaciones”.

Con la Crew del Sur hacen piezas que son dibujos más elaborados, que llevan horas de realización y una técnica especial. La pieza siempre se impone frente a otras formas de grafiti. “Si en un espacio hay una bomba nueva, se respeta. Pero si ya está medio viejita, y el muro amerita hacer algo bueno entre varios, pieza mata bomba”, dice GSN.

Hay una forma de grafiti que no se ha expandido tanto en Montevideo: la pichação, que usa una tipografía especial y se hace en lo alto de los edificios. “El que lo hace más alto entra a la crew”, explica GSN. “Yo hice uno hace años, que está casi borrado, en la torre que cambia de colores en Tres Cruces. Pero casi no se ven acá”.

En las piezas de GSN se destaca el verde. Con ese tono pintó la cara enorme de una niña en la esquina de Japón y Portugal, en el Cerro, y otra más dramática de un hombre junto a un revólver en Arenal Grande y Miguelete. En la plaza frente al Palacio Legislativo, por Yatay, uno de sus tigres es más colorido, y parece un guerrero.

Pasión y trabajo.

David de la Mano nació en Salamanca en 1975 y desde 2013 vive en Montevideo con su esposa montevideana y sus dos hijos mellizos. Comenzó en el arte callejero en 2008 al conocer el trabajo de Blu, un artista contestatario conocido como “el Banksy italiano” porque, igual que el artista callejero británico, no se conoce su imagen.

“Había estudiado Bellas Artes en Salamanca y comenzado un doctorado en arte público en Valencia, pero nunca lo terminé porque entendí que ese no era el camino. En un video que me mostró un amigo argentino vi lo que hacía Blu, para mí el impulsor o detonante de mucha gente. Desde entonces, la calle se convirtió para mí en adrenalina. Nunca me pasó con otras actividades, nadie me había dado la oportunidad de mostrar el trabajo en el que creía”, explica De la Mano.

Empezó pintando con un amigo muros abandonados o casas muy deterioradas, y después formó un colectivo. Con los años le empezaron a llegar trabajos por encargo, sobre todo de instituciones. “Pero tanto en Valencia como ahora en Montevideo el trabajo que entiendo como vocación es el que hago en el lugar que elijo. Si es de un particular pido permiso, si está muy abandonado lo intervengo. Nunca tuve ningún problema ni con la Policía ni con vecinos. Más bien en alguna ocasión con gente que también pinta y que pensó que estaba ocupando mucho espacio”.

De la Mano pinta a pincel delicadas figuras a modo de siluetas. Siempre en blanco y negro, esas figuras forman grupos, a veces tienen lanzas o cabezas de animales. Se inspira en lo que ve en la calle o en las noticias, y en el movimiento de las migraciones. Y sus murales tienen movimiento, a veces circular y a veces caótico.

“Siempre pinto de día y si alguien me dice algo dejo la pared como estaba antes. Busco muros que tienen cierto encanto”. No tiene un apodo como firma porque cuando empezó a pintar le usaron sus fotos sin permiso en una página web, entonces decidió poner su propio nombre. “Como es raro parece un apodo”, agrega.

Sobre la comercialización de murales, De la Mano explica que con el boom del arte callejero han aparecido en los grandes centros artísticos de Europa y Estados Unidos galerías especializadas que quieren comprar y vender el trabajo de los artistas. “Ahora mismo la obra de Blu está despertando polémica porque él no quiere vender su trabajo, no comercializa su obra aunque podría tener mucho valor”.

Ha participado en varios festivales internacionales y tiene obra en Estados Unidos, Europa y África. “Recién estoy teniendo un enganche con Montevideo. Ahora con los mellizos puedo viajar menos”, explica y se ríe. Los festivales pagan a los artistas a veces con materiales o pasajes, pero la oferta de artistas para participar en festivales es tan grande que cada vez se paga menos. De la Mano trabaja en forma particular con lienzos o por encargo para instituciones y empresas. El último mural que hizo por su cuenta en Montevideo fue en una calle perpendicular a Garibaldi.

“Arte urbano y grafiti son expresiones muy cercanas. La diferencia es que el grafiti tiene un lenguaje cerrado para las propias personas que lo hacen. Sin embargo, el arte urbano tiene un código abierto. Los artistas usan un arte figurativo o abstracto, con pincel o spray, pero es más accesible a la gente”, explica.

Aunque De la Mano es consciente de que hay grafiti cercano al vandalismo, aclara: “Para mí no deja de ser alguien que está utilizando una herramienta para pintar. No está usando una piedra ni un cuchillo ni un arma. No es un ladrón ni un asesino. Por eso me parecen desproporcionadas las medidas que se toman en algunas ciudades”.

Policía-curador.

Ahora tiene 18 años, pero cuando comenzó tenía 11 o 12. Se llama Nicolás, estudia Diseño Gráfico y su firma es Keuf016. Ha hecho tags y murales, “lo que sea en la calle”, explica. Los tags los hace con lo que tenga a mano, pero los murales necesitan otros costos y por eso los abandonó. “En las casas privadas no hago nada, pero si hay un lugar todo rayado, también lo pinto”, cuenta.

El mural es lo más caro dentro del arte callejero. Una lata de aerosol cuesta entre 250 y 270 pesos y a veces alcanza para cubrir un metro cuadrado. Se necesitan por lo menos diez latas para un mural destacado.

“Sí, cuando era chico tuve problemas con la Policía”, cuenta Nicolás. Lo llevaron dos veces detenido por pintar en lugares prohibidos y en las dos ocasiones estuvo una noche entre rejas. “Depende del policía. A veces te meten para adentro, otras te sacan el aerosol o la pintura y te dejan ir”, explica.

Los grafiteros entrevistados sienten que hay un “afloje” en la Policía. “Ha cambiado mucho en estos últimos años. Hay más tolerancia. Por lo menos en Montevideo es bastante cómodo trabajar. Obviamente, si te ven colgado de la reja de una casa te llevan. A veces los policías nos ven pintando, se van y al rato vuelven a pasar para ver cómo está quedando”, dice GSN.

Para De la Mano, ahora existe lo que él llama “policía-curador”. “Lo he vivido en algunos lugares. Estaba pintando, el policía pasaba y decidía si era un acto vandálico o si era arte”.

En Uruguay el grafiti que se hace sin autorización está considerado vandalismo, comprendido en la Ley de Faltas, que atiende todo lo referido a la conservación y cuidados de espacios públicos. En Montevideo hay dos juzgados de Faltas; en el interior se ocupan los juzgados de Paz departamentales.

Christian di Candia, responsable de la Prosecretaría General de la Intendencia de Montevideo (IM), explicó a Búsqueda que tienen unos 150 funcionarios, algunos inspectores y otros operadores ambientales encargados de controlar la normativa departamental, salvo en las áreas de tránsito y bromatología, que tienen sus propias inspecciones. “La lista es muy extensa, incluye espectáculos públicos, hoteles, pensiones, prostíbulos, ferias, venta ambulante, etc. Para la IM son una preocupación diaria los contenedores vandalizados, quizá un grafiti en una plaza puede esperar más”.

Lo que hace la inspección de la IM es tomar los datos de quien comete la falta, genera la denuncia y la pasa al juzgado correspondiente. “Muy pocas veces podemos encontrar a quien cometió el acto. Depende mucho del fiscal de turno cuál es la definición sobre el tema”, explica. “Lo que estamos tratando de hacer es difundir el concepto de que el espacio público es de todos y por eso mismo no es de nadie. Tratamos de generar un involucramiento mayor con la ciudadanía”.

Min8.

Todo lo que sabe lo aprendió de la experiencia y los años que le dedicó al grafiti, de la que es una de las pioneras. Hace 19 años que pinta y ahora tiene 34. Firma como Min8, y así pide salir en esta nota. Actualmente es profesora de grafiti en Bellas Artes, en la UTU y en la Fundación Iturria.

Ella pinta grafitis realistas, centrados en la naturaleza y los rostros humanos. Pero también tiene muchos felinos que ha dejado en paredes en las ciudades a las que viajó por festivales y bienales. En Paraguay tiene uno espectacular que ocupa una gran esquina. También ha recibido varios premios y reconocimientos en concursos internacionales. Sus trabajos se pueden ver en Facebook o en su cuenta de Instagram @min_ocho.

“Hace unos diez años que tengo al grafiti como trabajo. Algunos los hago por encargo, pero también a veces voy paseando en bicicleta y veo un muro que me gusta y se lo pido al dueño; si no, es un muro abandonado o en una plaza, en el que pinto directamente. Si voy a estar muchos días, es mejor pedir permiso para estar más tranquila”, explica.

Min8 trabaja sola y preferentemente durante el día, aunque últimamente está pintando muchas cortinas metálicas por encargo y lo tiene que hacer de noche o de madrugada. “Al parecer, si hay arte se respeta mucho más”, explica sobre el interés de los comercios en contratar a artistas. Entre otros trabajos, ha pintado las cortinas metálicas para Movistar del Gaucho y de Rivera y Soca.

Sobre el avance de los tags en Montevideo piensa que los hacen la gente más chica. “Les atrae más que estar ocho horas pintando un mural”, explica.

En todo este tiempo, Min8 ha visto cómo aumentó la presencia de mujeres entre los grafiteros. Ella nunca sintió miedo, aunque le pide a algún amigo que la acompañe si trabaja de noche. Y lo que siempre lleva es música: “Desde chica estoy vinculada a la cultura del rap y es lo que escucho. Pero hay gente en el grafiti que no le gusta el rap o el hip hop. No por eso es peor o mejor su trabajo”.

Los grafiteros piensan que es mejor una ciudad con colores que la gris Montevideo de las grises cortinas metálicas. El problema para quienes sufren en sus casas o comercios el tag, no es el color, sino lo incontrolable e imparable. Es que cuando el tag se vuelve epidemia, se pierde el arte, la ciudad parece abandonada, más triste y menos comprensible.