Dejar de jugar al empate

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Nº2039 - al de 2019
por Fernando Santullo

Las más de las veces caminando, las menos en coche, soy transeúnte habitual de la cuadra de Constituyente que va entre Blanes y Jackson. Como buena parte de los coches que vienen por Constituyente doblan por Jackson en dirección a 18 de Julio, el carril de la derecha tiene prohibido estacionar de la mitad de cuadra en adelante. El problema es que durante unas cuantas horas del día, la fila de coches que va a doblar y se detiene en ese semáforo supera ampliamente esa media cuadra. Entonces, los coches que van a doblar no tienen más remedio que ocupar el siguiente carril, que es el del medio. En consecuencia, y con el carril de la vereda de enfrente ocupado por coches estacionados, una cuadra de cuatro carriles queda convertida en una de uno solo en las horas de más tránsito.

Siendo un completo lego en la materia, me da la impresión de que este problema de circulación se podría arreglar prohibiendo el estacionamiento en Constituyente en esa cuadra. De hecho, el estacionamiento está prohibido en la cuadra anterior y en la posterior. Esa prohibición lograría que, aun cuando los coches que van a doblar por Jackson sean muchos, queden tres carriles libres para la circulación. Ojo, quizá alguien en alguna ignota oficina municipal ya presentó un informe al respecto recomendando algo parecido. Pero, como pasa con la inmensa mayoría de esos informes que recalan en oficinas ignotas, es muy probable que nada vaya a cambiar en el corto plazo. Que pese a que seguramente decenas de burócratas municipales atraviesan ese micro colapso cada día cuando van a su trabajo, ninguno crea que es asunto suyo solucionarlo.

Como todas las organizaciones burocráticas, que suelen estar más preocupadas por su propia lógica interna que por dar los servicios que deberían dar, es muy probable que la Intendencia de Montevideo (IM) actúe como el lento gigante que es antes de dignarse a poner un par de cartelitos con la E tachada en esa cuadra. Es probable que no haga nada durante largo tiempo, incluso cuando desde hace años son públicos los datos del crecimiento del parque automotriz en la ciudad, que es su responsabilidad. Uno supondría que en alguna parte de ese enorme monstruo de ladrillo hay alguien cruzando esos datos con los problemas de circulación que tiene y puede tener la ciudad. Pero capaz que no, capaz que eso es mucho pedir, no olvidemos que la mayor parte de los recursos que recauda la IM (mas de 700 millones de dólares en 2018) se destina a pagar salarios (44%) y gastos de mantenimiento (33%), destinando mucho menos a obra pública (19%).

Todo este asunto de la cuadrita caótica de Constituyente viene al caso no por su magnitud (nadie se va a morir porque los coches se atoren todos los días unas horas), sino como ejemplo de lo que llamo “ciudad a la defensiva”. Esto es, una ciudad que sufre lo indecible para resolver asuntos sencillos y esenciales, y que por tanto es incapaz de proyectarse. Una ciudad a la defensiva es una que vive lidiando, mal y tarde, con las cuestiones básicas que cualquier ciudad más o menos decente ya resolvió hace años o que no tiene mucho problema en resolver en el corto plazo cuando aparecen como problema.

Montevideo es una ciudad que te vende el asfaltado de calles, que no ha recibido el menor cuidado durante décadas, como un ejemplo de modernidad extrema. Y que lo hace aunque el arreglo de esas calles, que en cualquier pueblo español de medio pelo se haría en un par de días, haya tomado semanas o meses. Que plantea como un elevado logro colectivo que las líneas que marcan los carriles en las calles estén pintadas (quizá porque no lo están en la mayor parte de ellas) cuando ese es el estándar en cualquier ciudad más o menos seria. Hay decenas de ejemplos de este mismo orden. ¿Qué quiero decir con esto? Que es imposible proyectarse, desarrollarse, construir, imaginar más allá, cuando colectivamente vamos introyectando la idea de que cumplir cada tanto un logro básico es el colmo de los logros.

Todo esto me vino a la mente cuando un amigo mío, arquitecto que vivió durante varios años en Barcelona, publicó en las redes un proyecto tranviario para el centro de Montevideo. La idea, interesante, bien planteada, apoyada en experiencias similares en otras ciudades, quiere impulsar la construcción de “un recorrido circular insertado en la trama actual sin grandes traumas, conectando rápidamente los nodos urbanos existentes, y los que deberían ser. Un tren urbano amigable con el medio ambiente, que pacifique el tránsito, con un eje verde bien equipado, que mejore la vida del peatón, del vecino, así como también el visitante y turista eventual”.

El proyecto, que aún no ha sido planteado oficialmente a ninguna autoridad, despertó distintos comentarios en las redes, algunos positivos, muchos dubitativos (la duda de los ciudadanos sobre su capacidad de imaginar es la base de cualquier inmovilismo oficial) y algunos negativos, los clásicos “eso no se puede hacer acá”, que se convierten en ruidosos aplausos cuando la obra la hace la autoridad pública, sin consultar a nadie. En cualquier caso, me interesa como ejemplo de lo que puede ser un gesto urbanístico no meramente defensivo. Uno que vaya más allá de reparar lo roto, repintar lo borrado y no lograr imaginar siquiera una mejor versión de bulevar España, que fue renovado para ser dejado exactamente igual.

Hace cosa de un año, los ciudadanos del Municipio G plantearon renovar la Estación Central General Artigas como nodo multimodal de comunicaciones, proponiendo que fuera una estación destino de trenes y de conexión con autobuses además de reunir otros servicios. Ahora, el proyecto del arquitecto Gabriel Terrasa le agrega tranvía a esa infraestructura y propone un total de 22 estaciones con un recorrido que se extiende 12 kilómetros. Un tranvía que, realizando un recorrido circular, mejora la conexión y revitaliza la zona de Ciudad Vieja, Centro y Cordón.

La idea es buena pero los pocos gestos que llegan desde el Estado no son en absoluto alentadores. Y pareciera que los tics perezosos y burocráticos no son exclusivos de la IM. Precisamente, sobre el destino de la Estación Central, el Ministerio de Transporte y Obras Públicas abrió un “llamado para reciclar la estación Artigas” hace unos días. Y ya en las bases aparecen un montón de problemas: no hay jurado, no hay premios, no se contempla la posibilidad de recuperar el espacio para usarlo como lo que es, una estación de trenes. De hecho, el llamado parece más un gesto político que una convocatoria seria y técnica al que debería ser el proyecto urbanístico más importante para la ciudad en décadas.

Con esos mimbres es muy difícil dejar de jugar al empate. Con esos mimbres y con los propios ciudadanos agachando la cabeza resignados a que “eso no se hace acá”, no solo será difícil que la ciudad tenga algo parecido a un tranvía moderno o una Estación Central renovada a la altura de las necesidades de su presente y su futuro. Con esos mimbres quizá ni siquiera aparezcan esos cartelitos de “Prohibido Estacionar” que arreglarían un problema tan breve como una cuadra de Constituyente.

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