Editorial

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Nº1956 - al de Febrero de 2018
Por Adela Dubra
Adela Dubra.

El año pasado se demolió la última casa antigua sobre la rambla de Pocitos, entre Buxareo y Pereyra de la Luz, que era un proyecto de Julio Vilamajó. Unos años atrás, en el 2011, dos casas gemelas con la firma de Román Fresnedo Siri fueron noticia por la misma razón. Estaban sobre la calle Ponce. Fresnedo, brillante arquitecto uruguayo, entre otras obras hizo la Facultad de Arquitectura. 

Días atrás, El País informó que Poseidón, la casa proyectada por Samuel Flores Flores (Montevideo, 1933-Punta del Este, 2017) frente a la Laguna del Diario en Maldonado, sería demolida y en su lugar se construiría un grupo de edificios. El anuncio, que despertó muchas críticas, determinó que la Facultad de Arquitectura solicitara que fuera incluida en la lista de bienes patrimoniales, algo que será definido en estos días.

La obra de Flores Flores trasciende Poseidón, porque el arquitecto fue el responsable de otros proyectos fundamentales para el balneario, como Las Grutas. En los 70 empezó a construir —vanguardista— su arquitectura blanca y de líneas curvas que le traería prestigio internacional. El MOMA de Nueva York mostró su obra y también fue seleccionado para la Bienal Internacional de Arquitectura en Venecia en 2014. Dejó una obra importante, entre Buenos Aires, Montevideo y Punta del Este, donde residía. Como una broma de mal gusto, él sí se preocupó por mantener el patrimonio. Fue fundador, presidente y miembro honorario de la Asociación Amigos del Faro que funciona hasta hoy con vigor en Punta del Este. 

Para el Instituto de Historia de la Facultad de Arquitectura, Poseidón es parte del “capital intelectual del Uruguay” y un símbolo de su cultura arquitectónica. 

Entonces, ¿qué pasa con la Comisión de Patrimonio? ¿Por qué ha perdido peso? Hay varias aristas en el asunto. A los propietarios de las casas que tienen interés arquitectónico no les conviene que sean declaradas patrimoniales porque las hace perder valor al momento de venderlas. No se escribe sobre el tema y Carlos Ott es de los pocos que hacen autocrítica al respecto. Hace 20 años le hice una entrevista y me dijo: “Heredamos una arquitectura magnífica de nuestros antepasados y no hemos sido muy respetuosos en mantenerla. Recibimos un país maravilloso con una topografía, vegetación y unos colores estupendos, y hemos sido muy creativos en destrozarlo. Vamos a Europa y nos asombramos de lo lindo que es París o Brujas. En esos países —a diferencia de nosotros— esos señores respetaron lo que heredaron. En Brujas no se tocó una casa. Nosotros, en Pocitos hemos tirado casas magníficas para sustituirlas con edificios. Hemos hecho lo mismo en el Prado, en Carrasco. Hemos hecho —y estamos haciendo— lo mismo en Punta del Este. Ahora estoy con un proyecto en Alemania y para cortar un árbol tengo que pedirle permiso a Dios y a todo el mundo, y después de muchas súplicas y justificaciones, me dicen que no”.

Como escribió el arquitecto Conrado Pintos ante una de estas demoliciones de los últimos años, en Uruguay no se estimula la arquitectura con bienales, muestras y crítica especializada. “No solo toleramos la destrucción, no solo renunciamos a reparar, a recuperar lo que la garra torpe desnaturalizó (¿cómo hacerse el distraído ante ese engendro en que se transformó la Solana del Mar?), sino que nada hacemos por promover la buena arquitectura”. 

En la nota que publicamos en este número asombra ver que las casas particulares que cuentan con protección patrimonial en Punta del Este son pocas, poquísimas: una en Punta Ballena de Antonio Bonet, La Gallarda en la Parada 15, del mismo arquitecto (que fuera la residencia del poeta Rafael Alberti) y el anillo I del Edificio Arcobaleno, en la Parada 16 de la playa Mansa.

¿Dos casas y una parte del Arcobaleno? ¿Eso es todo? ¿Todo lo demás se puede demoler? Dedicamos un fin de semana al año al patrimonio y después nos olvidamos del tema, solo para indignarnos, un poco, cuando vemos, tarde y mal, que ya está, que ya perdemos otra porción de cultura.

Murmuramos en voz baja, unos pocos escriben en las redes sociales. Y pasa. Pero queda una sensación de tristeza. Como dijo alguien: en pocos días seremos más pobres.

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