Editorial

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Nº1941 - al de 2017
Adela Dubra

La semana pasada, la Asociación de Críticos de Cine del Uruguay (ACCU) emitió una declaración para expresar su consternación frente a la “creciente y ya desmesurada extensión, en nuestro circuito de exhibición cinematográfica, de funciones con versiones dobladas de películas”. El proceso, que prácticamente estaba reducido a las producciones infantiles, ha ido extendiéndose. Los críticos se dirigieron incluso al gobierno: “Rogamos a los exhibidores y distribuidores locales reconsiderar esa práctica y reducir la cantidad de funciones de películas dobladas, y a las autoridades culturales y educativas del Uruguay sumarse a este reclamo de respeto por las obras cinematográficas y por el público uruguayo”.

Según la información de los medios estos días, los distribuidores internacionales diseñan esta política en función de un mercado latinoamericano genérico, es decir, países que, en comparación con Uruguay, tienen mucho menor tasa de alfabetización e inferior calidad educativa. En España, por ejemplo, hace años que las películas están dobladas y hay que buscar salas específicas y horarios raros para verlas en su idioma original. Los países nórdicos e Inglaterra son los que se mantienen firmes. Entonces, ¿somos cada vez más menos Finlandia? ¿No escucharemos más la voz de Cate Blanchett? ¿La de Hellen Mirren? ¿La de Jack Nicholson? ¿Su risa? ¿Jamás escucharemos el ruso de Derzú Uzalá? ¿Los que gustan de ir a una sala de cine tendrán que buscar funciones trasnoche?

Los distribuidores esta semana dieron sus respuestas, admitiendo que el doblaje es la tendencia en el mundo. Francisco Armas, director ejecutivo de Movie, dijo que él preferiría que no fuera así (“Me acostumbré de chico a ver de ese modo, y me gusta escuchar el idioma original”, dijo). Pero, agregó, “nuestro rol como empresa es ofrecer lo que la gente quiere ver y quiere consumir”. Armas sostuvo que le interesa que la programación abarque a “todo el público, e incluso a personas con capacidades diferentes. Ahí el subtitulado requiere otro análisis, porque en lo que tiene que ver con la accesibilidad siempre estamos abiertos”. Aún no se han pronunciado las organizaciones como la Asociación de Sordos del Uruguay.

Álvaro Caso, director de ENEC, admitió en La Diaria que existe también “un segmento de la sociedad que no mantiene una práctica habitual de lectura”, y que eso en algunas ocasiones se convierte en un obstáculo. Mariana Chango, gerenta general de Life Cinemas, lo analiza de la siguiente manera: “Las personas que llegan al cine y les dicen que la película no está doblada se van porque no pueden leerla. Hay gente que se levanta si no puede seguir la lectura de los subtítulos. El doblaje en cine es una consecuencia, no una causa. La gente lee menos y por lo tanto su capacidad y velocidad lectora son menores”.

Estos comentarios sobre la lectura, todos de gran sentido común, son para tomar con pinzas. Porque no sabemos a ciencia cierta qué tan así es. En el último censo, a los uruguayos nos preguntaron si tenemos microondas en nuestra casa pero no cuántos libros leímos. El estudio Imaginarios y Consumos Culturales del 2014, del Ministerio de Educación,  revela que en Uruguay, en ese momento (comparando con 2009), se leían más libros. Siempre según ese estudio —cuya muestra fue de 2.370 personas, es decir, una porción relativamente pequeña—,  la población que lee varios libros al año aumentó de 24% a 28%, mientras la cifra de aquellos que nunca leen descendió de 34% a 26%. 

Es interesante que se hable de estos asuntos. En Uruguay hay una suerte de crisis de críticos. “La crítica ya fue”, se dice en las redacciones. En las artes visuales, el cine y un poco, pero menos, respecto a los libros hay cada vez menos personas que se definen como “críticos”. Muchos prefieren decirse “divulgadores”, pero en el resto del mundo la crítica goza de muy buena salud. Yo sigo a críticos de aquí y del exterior. También miro el puntaje que da Rotten Tomatoes, pero al final, siempre le hago caso al crítico y voy a ver la película porque leí la nota. Larga vida a los críticos.

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