Nobleza obliga

El alma de los hechos

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Nº1968 - al de Mayo de 2018
por Claudia Amengual
Claudia Amengual

¿Cómo sería la vida sin mentiras? ¿Soportaríamos el peso de la verdad? ¿Estaríamos dispuestos a actuar en consecuencia? ¿Y cuál es la verdad? ¿Dónde queda? ¿Solo la mentira es falta de verdad o hay otras formas de falsearla, incluso sin quererlo? ¿Tiene razón Juan Carlos Onetti cuando dice que “… hay varias maneras de mentir, pero la más repugnante de todas es decir la verdad, toda la verdad, ocultando el alma de los hechos”? ¿El alma de los hechos?  

Desde antes de nacer somos construidos por un relato. Nuestra historia nos precede porque está enraizada en la comunidad y en la familia a la que pertenecemos. Desde ese punto vamos forjando una identidad a la que, más tarde, agregamos la propia experiencia. El gran relato que somos está formado por una trama invisible de relatos más pequeños, una telaraña de palabras con la que vamos contando quiénes somos y sobre la que nos sostenemos. Toda vida necesita un relato para sostenerse. Y así nos convencemos de que ese relato es cierto. Yo sé quién soy, proclamamos con firmeza. Pero, ¿lo sabemos?

Aunque duela admitirlo, las palabras son insuficientes. No se trata de que la verdad sea algo relativo, sino de que las palabras no alcanzan para llegar a ella. Las palabras apenas son un reflejo de la realidad que cuentan, pero también son luz que ilumina y crea realidades nuevas. Por lo tanto, siempre distorsionan. Si pudiéramos despojar el relato de palabras, si venciéramos su arrogante pretensión de ser luz y espejo de realidades, entonces evitaríamos esa mediación siempre tramposa y quizá, solo quizá, accederíamos al alma de los hechos.

En este sentido, la ficción se transforma en el único ámbito de verdad absoluta, porque invita al receptor a ingresar a un mundo a través de un pacto. Todo lo que allí dentro suceda será verdad, aunque sea irreal ―como en los cuentos de hadas, por ejemplo―, y una vez traspasado el umbral de la realidad hacia el mundo de la ficción, el receptor podrá relajarse y suspender la desconfianza. Allí, la traición no existe. También por eso ―además de su capacidad de generar reflexión y entretener― importa la ficción y, lejos de desestimarla, hay que protegerla.

Planteada así la cuestión, resulta angustiante. Si nada, salvo la ficción, es seguro, si la verdad queda siempre en otra parte, ¿quiénes somos?, ¿qué suelo pisamos?, ¿en qué están cimentadas nuestras convicciones? No es posible construir la vida sobre bases tan inestables. Necesitamos algunas certezas. Es imprescindible construir un relato. Debemos hacerlo. Sobre él caminaremos, algunas veces seguros, otras veces a los tumbos, vacilando. Quizá no podamos aspirar a un relato absolutamente verdadero, pero sí a un relato honesto.

Las nuevas tecnologías aumentan el acceso a la información a velocidad exponencial y con un alcance inimaginable. Nuestro relato se ve nutrido por tantos datos que llegan desde tantos lugares distintos que resulta difícil no abrumarse. El gran riesgo está en creer cualquier cosa o aquello que consolida el relato que más nos conviene o que ya tenemos y sobre el que sostenemos nuestra identidad.

Las nuevas tecnologías aumentan el acceso a la información a velocidad exponencial y con un alcance inimaginable. Nuestro relato se ve nutrido por tantos datos que llegan desde tantos lugares distintos que resulta difícil no abrumarse. El gran riesgo está en creer cualquier cosa o aquello que consolida el relato que más nos conviene o que ya tenemos y sobre el que sostenemos nuestra identidad. Al sentir reforzados nuestros prejuicios o nuestras creencias, elegimos creer en cierta información, aunque sea anacrónica o falsa. Y lo peor: la propagamos como si fuera comprobada y cierta. De ahí que el gran, el enorme, el inmenso desafío de este tiempo sea distinguir en medio de la avalancha de información aquellos datos precisos, fidedignos, confiables que nos permitan acercarnos al alma de los hechos.

No se trata de volvernos unos desconfiados contumaces ni de generar paranoia. Se trata de ser críticos al momento de procesar la información que nos llega. No todo lo que está escrito es cierto. No todas las imágenes cuentan historias verdaderas. Además de la mala fe ―que algunas veces se esconde en los mensajes de las redes sociales o en la información que ofrecen los medios o en una simple charla doméstica―, es posible que, incluso con las mejores intenciones y la más absoluta pretensión de verdad, los datos nos alejen del alma de los hechos. Influye en esto la parcialidad del punto de vista, la forma de presentarse ese dato, la coyuntura temporal y espacial en la que se difunde. Una vez lanzado el mensaje, es muy difícil detenerlo.

Insisto en la importancia de que nosotros, receptores, pongamos el máximo esfuerzo en ser críticos, cruzar información de varias fuentes, evitar la comodidad de creer en aquello que se adapta a nuestras creencias, mantener un margen razonable de duda, buscar, buscar, buscar, no quedarse con lo primero que nos llega. Y lo más importante, evitar esa tentación irresponsable de apretar un botoncito y continuar propagando información venga de donde venga. Es mucho el daño que podemos hacer. Es mucho el daño que pueden hacernos. Si la verdad es un lugar inalcanzable, al menos intentemos acercarnos. Ya veremos después qué hacer con ella. 

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