Cuando éramos los mejores, de Jackie MacMullan, sobre dos leyendas del básquetbol

El día que Larry conoció a Magic

5min
Nº1926 - al de Julio de 2017
Juan Pittaluga

La NBA no nació rodeada de flashes, con superatletas millonarios que vuelan por los aires y se comportan como estrellas de hip-hop, cámaras y micrófonos que se meten en los vestuarios, excitados relatores que patentan frases con cada volcada, celebridades que beben tragos en primera fila y una infinita legión de seguidores globales.

Antes de LeBron James, de los Warriors de Stephen Curry y Kevin Durant, de Kobe Bryant y Tim Duncan, incluso antes de Michael Jordan, hubo dos hombres que transformaron una liga camino a la desaparición en el símbolo mundial del deporte hecho entretenimiento. Cuando éramos los mejores, de Jackie MacMullan, cuenta la profunda relación entre esos hombres, Larry Bird y Earvin Magic Johnson.

De manera lineal, para no confundir con sobredosis de fechas, lugares y hechos, MacMullan narra esta biografía compartida y autorizada por los dos protagonistas. Con una redacción rica en anécdotas y sumamente detallada, la autora intercala la voz propia con la de Bird, la de Johnson y la de decenas de entrevistados, describiendo la vida personal y profesional de cada uno, con el básquetbol como su brújula y obsesión.

Lo que dicen y lo que pensaban en aquel momento los protagonistas y quienes los rodeaban, dejan de manifiesto que ambos estaban destinados a entrecruzarse para siempre, “como Ali y Frazier”. MacMullan inicia el relato con ese momento histórico de 1978 donde Bird y Johnson se vieron por primera vez: en un torneo amistoso en Kentucky realizado a las apuradas, que reunía un combinado de los mejores jugadores universitarios estadounidenses contra Cuba, Yugoslavia y la Unión Soviética.

Larry y Magic pasaron ocho días juntos “sin haber tenido una sola conversación destacable” y relegados al banco de suplentes como “segundones”. 11 meses después ya eran las dos mayores figuras del básquetbol colegial y se encontrarían en la final nacional de 1979, que tiene hasta el día de hoy el mayor rating de un partido universitario.

MacMullan, periodista deportiva de profesión que conoció a Bird mientras cubría los Boston Celtics para el Globe, encajona en capítulos cada época de sus vidas (la universitaria, el paso al profesionalismo, las diferentes temporadas en la NBA, el retiro), haciendo hincapié en las enormes diferencias entre ambos para culminar en sus escondidas similitudes, que los llevan del odio a la admiración en apenas unos años. Una semblanza indispensable para entender la evolución del vínculo.

El negro Magic sonreía hasta durmiendo, el líder carismático al que todos seguían en el liceo y al que los reclutadores acechaban mientras almorzaba en Burger King para convencerlo de ir a su universidad. Cuando eligió su oriunda Estatal de Michigan “los abonos volaron en cuestión de horas”. Ya profesional, se paseaba en limusinas con el dueño de Los Ángeles Lakers, iba a las fiestas de Playboy y se hizo amigo de Sylvester Stallone y Prince. Incluso los Jackson Five querían que se ennoviara con su hermana La Toya. Inventó el showtime en la NBA, con palmadas y choques de puños para todos.

El blanco Bird era el taciturno y recio, que “si te daba los buenos días ya era mucho”. El “paleto de French Lick” demoró en ir a una universidad porque no tenía plata ni para comprarse ropa: fue reclutado por la Estatal de Indiana mientras desatascaba alcantarillas y pintaba señales de tráfico. A pesar de un evidente talento, su primer partido en la universidad solo se llenó porque iban a sortear muebles en el entretiempo. Estaba “hecho del mismo material que John Wayne”, del tipo duro que calmaba dolores con cerveza barata... y vaya si tuvo dolores: dedos doblados, nudillos partidos, uñas arrancadas, espolones en los talones, desplazamientos del cráneo, fracturas en el ojo, conmociones cerebrales, vértebras comprimidas, discos limados. Tal rudeza lo hizo el principal exponente del trash-talking en la NBA.

Sin embargo, en el fondo los dos tenían sus orígenes en pueblos rurales y humildes del Medio Oeste, alimentados en base a pollo frito, puré de papas y pastel de cerezas. Y especialmente los unía una desesperación por ganar. Recién se dieron cuenta de todo eso en 1985, siete años después de su primer encuentro, en una imperdible reunión de sorprendente contexto que MacMullan explica con precisión.

Hay un riguroso trabajo de investigación que aporta datos completos y los suaviza con intimidades personales, claramente las joyas del libro. Una de ellas: antes de hacerse amigos, Bird y Johnson miraban con rabia las portadas del otro en las revistas y marcaban en rojo cuándo se enfrentarían. Una maniática concepción donde “la victoria de uno era la derrota de otro” y llevaba a períodos de aislamiento y entrenamiento extremo. Magic estaba cansado de escuchar hablar del arisco Bird; Larry tenía ganas de vomitar con la “sonrisa de anuncio” de Johnson.

La tirria solo aumentó con la legendaria rivalidad de sus equipos, Celtics y Lakers, que “querían derrotarse de forma irracional” y marcados por la rivalidad Larry-Magic hicieron época en la NBA durante la década de los años 80. Un período de duchas con agua fría, alertas de incendio en mitad de la noche y llamadas molestas a los hoteles, más parecido a la vieja Copa Libertadores que a la centelleante NBA que hoy vemos por alta definición.

El libro no se queda con la interna entre los jugadores y sus equipos. Abarca otros elementos aledaños en un combo que resulta delicioso para los fanáticos de la NBA. Así se descubre cómo la liga que hoy es modelo mundial estaba arruinada por adictos al crack, magros ingresos que obligaban a regalar entradas para el All-Star Game y directivos que no conseguían “pasar el mostrador de recepción” en Coca-Cola o McDonald’s. Hasta que Bird y Johnson brotaron y dispararon una nueva generación de espectadores con su antagonismo.

A veces estos elementos satélites son mencionados al paso: la personalidad imposible de descifrar de Kareem Abdul-Jabbar, el delirio de un Pat Riley que rompía espejos, la maldición perdedora de Jerry West y un veteranísimo Bill Walton celebrando un título de NBA solo en la madrugada, bebiendo whisky Wild Turkey y escuchando a Grateful Dead en la cocina vacía de Bird.

Y otras veces los elementos tienen mayor desarrollo, como la convivencia del Dream Team original de los Juegos Olímpicos 1992, con Jordan, Bird y Johnson fumando habanos en un hotel de Barcelona, discutiendo sobre quién era el mejor de la historia. O la conmoción que el HIV positivo de Johnson causó en la sociedad estadounidense.

Aventurarse con tanta información paralela (que podría valer capítulos o libros por sí sola) corre el peligro de cargar la lectura. También es debatible el estilo algo duro de la autora: MacMullan, fiel periodista deportiva, utiliza mucho la estadística y la crónica paso a paso de partidos y estrategias de juego, recursos que por momentos quitan atención al relato.

Más allá de esos puntos, el producto final es muy completo, con la justa cuota de emoción que hace disfrutar la particular mentalidad de dos legendarios deportistas de elite, que durante un largo tiempo prefirieron mantenerse enemigos para no perder la ventaja competitiva, e igual terminaron unidos eternamente “sin que sea posible pensar en uno sin el otro”.

Cuando éramos los mejores, de Jackie MacMullan. Contra, 2015, 352 páginas, $ 1.250.