Juan Cristina. Foto: Nicolás Der Agopián

La mitad de los egresados de Ciencias trabajan en la Universidad de la República; la inserción en las empresas públicas es menor al 15% y en el sector privado llega al 12%, mientras el 20% emigra, según el decano Juan Cristina

El Estado invierte en formar científicos que “no usa y se van”

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Nº1930 - al de Agosto de 2017
entrevista de Juan Pablo Mosteiro

En los ochenta, Juan Cristina solía llegar a la Facultad de Ciencias en un Ford A del año 1931 que compró por unos 
$ 12.000.  La cachila causaba “sensación” entre sus colegas universitarios de la antigua sede de Tristán Narvaja, donde hoy funciona la Facultad de Psicología de la Universidad de la República (Udelar). “Harto de vivir engrasado”, la vendió. Pero aún hay quienes recuerdan al actual decano de Ciencias al volante del Ford A con bolsas de nylon atadas a los tobillos para no mancharse los zapatos. “Hoy está difícil andar con cachila en Montevideo”, afirma Cristina, quien sobre los cambios tecnológicos, sociológicos y educativos muestra tanta pasión como al hablar de virología molecular.

Este científico de 60 años y formación demócrata cristiana, “de Juan Pablo Terra”, reelecto por unanimidad decano desde 2010, divide su tiempo entre la docencia, la investigación y lecturas filosóficas —seguidor del físico austríaco Erwin Schrödinger, premio Nobel de Física de 1933—, y reivindica la figura del docente que despierta en sus alumnos, ante todo, la pasión por el conocimiento. Cristina está empeñado en demostrar que la ciencia no es ni fría ni mecánica, ni rara ni ajena al día a día. Y con ese fin, cada año, entre diciembre y febrero, se dedica a recibir en persona a los jóvenes que terminan Secundaria y sondean una carrera universitaria para hablar sobre su futuro.

Profesor grado 5, formado en la educación pública, primero como un alumno “del montón” de la escuela 69 del barrio donde ahora trabaja, que encontró su vocación en los laboratorios del liceo, “experimentando”. Así se licenció en Ciencias Biológicas, se doctoró en Biología Molecular por la Universidad Autónoma de Madrid (UAM), e hizo un posdoctorado en el Instituto Nacional de Alergia y Enfermedades Infecciosas del National Institute of Health de Estados Unidos. Además, es padre de estudiantes veinteañeros, uno de Derecho y otro de Veterinaria, y autor del ensayo El paso del Rubicón: bioética para el siglo XXI.

Lo que sigue es un resumen de la entrevista que Cristina mantuvo con Búsqueda en la Facultad de Ciencias, una mole de 16 pisos, inaugurada en 1987 y ubicada en Malvín Norte, próxima al Instituto Pasteur y al estadio La Bombonera, del club Basáñez.

—Usted dice que la educación preocupa, pero no se discute a fondo. ¿Por qué?

—Hace falta un debate nacional efectivo, porque sobre educación, en profundidad, no debatimos mucho. Por ejemplo, de la cohorte de Secundaria solo termina el 36% o 40% de los alumnos: hay un 60% de jóvenes que no veo en la Universidad. ¿Dónde están esos jóvenes? Esa es la pregunta que debería hacerse el sistema político. Antes el paradigma era: la enseñanza primaria te prepara para la secundaria, y ésta para la terciaria. Hoy Secundaria te prepara “para la vida”. O sea, no te prepara necesariamente para que vayas a la Universidad. Lo que antes era un continuo, hoy es un escalón.

—Habla con los jóvenes antes de cada curso, ¿qué escucha?

—Lo que dicen los muchachos es: “Mire, yo ahora vengo a inscribirme a la Facultad para seguir estudiando, pero la vida que llevo no tiene nada que ver con lo que me propone”. Y es mentira que no tengan intereses y pasen de todo. Sucede que entre mi generación y la de mis alumnos se produjo un salto civilizatorio abismal que traen las tecnologías: Internet, celulares, redes. Los jóvenes están informados, pero no formados y dudo mucho si están acompañados. Pregunto: ¿por qué se toman un ómnibus para venir a hablar con un señor mayor en Malvín Norte? ¿Qué quiere decir eso? Que muchos gurises están solos.

—¿Y es culpa de las tecnologías?

—Influyen los cambios sociológicos de los últimos 35 años en Uruguay, en las familias, en la educación y en el trabajo. Y las tecnologías tampoco son neutras. Los compañeros del PIT-CNT tienen que ver cómo insertan a la clase obrera en el siglo XXI. Porque en 15 o 20 años, un 70% de los puestos de trabajo estarán automatizados. Acá seguimos formando gente para un mundo local y lineal, cuando hoy es global y exponencial. Ese es nuestro drama, nos guste o no.

—El secretario general del Partido Comunista, Juan Castillo, siendo aún director nacional de Trabajo, propuso gravar la tecnificación si destruye el empleo. ¿Qué opina?

—Lo que hay que defender no es el puesto de trabajo, es al trabajador. En el siglo XX la vida media de una empresa podía llegar a 80 años, y hoy las 500 de Standard & Poor’s apenas alcanzan los 15 o 20. La mitad de los empleos de hoy no se conocían hace 25 años. De lo único que puede vivir un país como Uruguay en el siglo XXI es del cerebro, y en eso hay que invertir, no solo dinero. El Estado uruguayo invierte en ciencia, innovación, desarrollo y tecnología 0,36% de su Producto Bruto.

—¿Cree que el gobierno cumplirá con su compromiso de elevar esa inversión al 1% del PBI?

—El presidente Vázquez tiene claro que, más allá de estas discusiones, el país necesita llegar a ese 1%.

—¿Cuál es entonces el rumbo de las políticas científicas?

—El Parlamento nos da un presupuesto y la misión de formar a los mejores científicos, que nosotros cumplimos. Ahora, si nuestro Estado invierte en formar científicos que después no usa, habrá otro Estado que, sin invertir un peso, los use. Y formar a un científico es caro, acá, en Alemania o en Japón. En Uruguay las empresas públicas son un motor de la economía nacional. No me explico cómo empresas de este tamaño no tienen más departamentos de investigación y desarrollo, o no contratan científicos. ¿Cuántos matemáticos tiene el Ministerio de Economía de Alemania? ¿Cuántos científicos trabajan en los bancos centrales europeos? Nuestro Estado invierte en formar científicos que no usa y, muchos buenos, se van.

—Suele verse al egresado de Ciencias con un mercado laboral limitado en Uruguay... ¿Cuál es la realidad?

—Ahí está el tema de las políticas nacionales. Nuestra facultad tiene 4.000 estudiantes entre grado y posgrado. Cada año ingresan entre 500 y 550 alumnos. Hay un total de 600 cargos docentes y 120 funcionarios. La mitad de nuestros egresados —entre el 45% y 55%— trabajan en la Universidad de la República como docentes o investigadores. La inserción en las empresas públicas es menor al 15% (un 4% en la Administración Nacional de Educación Pública) y en el sector privado llega al 12%. Mientras un 20% trabaja en el extranjero, con poco retorno. Hay algo que no encaja.

—¿En qué se diferencia el docente actual del de otras generaciones? 

—Hoy el docente universitario en el mundo debe ser un motivador, en el sentido de estimular y acompañar la formación intelectual de la gente. El sistema educativo tradicional no acompaña. Si a clase llega un señor de pelo blanco, de saco y corbata, con una tiza en la mano y un pizarrón negro atrás, y enfrente hay cinco chicas de pelo verde, con un celular y una computadora delante, ¿quién está afuera de la historia?

—¿Y entonces?

—En esas charlas que mantengo desde hace siete años con ellos, siempre hay dos preguntas: una, es qué hice yo, y la otra, es cuánto gano. Yo les explico que acá no damos certificados de salvación, que hay que hacer lo que a uno le gusta, seguir un plan y remarla, aunque tengas que cambiar de facultad varias veces. Ahora, su proyecto tampoco empieza cuando pisan la Universidad, viene de mucho antes. Pero, en todo caso, no deben vivir el año de entrada a la Universidad como un año perdido, en absoluto. Lo digo porque muchas veces los frustramos, y no es fácil ser joven hoy en Uruguay.