El sueño del pibe

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Nº1914 - al de Abril de 2017
escribe Danilo Arbilla
Danilo Arbilla

A veces uno lee informaciones que le traen recuerdos, le generan asociaciones de ideas y le llevan a hacer cálculos y comparaciones. Hace unos días, “La Nación” de Buenos Aires informó que los funcionarios públicos en Argentina suman 3.490.056. “Se podría reemplazar toda la población de Uruguay”  resalta el articulista.

Nada que ver, pero el artículo me trajo a la memoria la primera vez que fui a Pamplona, invitado por la Universidad de Navarra. Aproveché para ir hasta La Mañueta, la churrería más vieja de España. Estaba cerrada con un aviso pegado a la puerta: “Abierto último fin de semana de junio, los días del 7 al 14 de julio (durante los Sanfermines) y los domingos de octubre. Horario de 7 a 11”.

Ese mismo año fui a los Sanfermines y el 7 de julio, después del encierro, hice la larga cola para comprar churros. Allí estaba su propietaria, Paulina Fernández, hijos, nueras y nietos atendiendo al público. Ella tendría entonces unos 72 años (por lo menos hasta hace dos años, con 90, seguía firme). Le dije que era uruguayo, que quería comprar churros pero también pedirle empleo porque mi sueño era trabajar 14 días al año y con medio horario. Le cayó en gracia, nos hicimos amigos y las veces siguientes no tuve que hacer la cola.

Cuando vi la cifra de Argentina, llegué a la misma conclusión que el diario argentino: tienen más empleados públicos que el Uruguay entero. ¡Qué maravilla!, se me ocurrió, ¡la ilusión de ser todos empleados públicos! ¡El sueño de la “uruguayez” hecho realidad!

Como lo sabemos desde la escuela, Argentina es 15 veces más grande que Uruguay y actualmente tiene unas 13 veces más habitantes que nosotros. Son unos 44 millones 250.000, contra contra 3 millones 450.000, aproximadamente.

En términos relativos, entonces, tiene menos funcionarios públicos que nosotros: allá equivalen al 7,8% de la población, mientras que aquí, con 305.000 funcionarios, equivalen al 8,8%.

La plantilla creció mucho durante el kirchnerismo. Lo mismo paso aquí con los dos primeros gobiernos del Frente Amplio. Parecería que el progresismo tiene gran capacidad para generar fuentes de trabajo en el Estado. Mucho cargo público, mucho funcionario.

Y, simultáneamente, la correspondiente financiación: nuevos impuestos, más impuestos y mayores porcentajes.

Cada vez queda menos de dónde sacar. Que ni sueñe la UPM con exoneraciones totales (y con inmovilizar al PIT-CNT).

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Estos baldes de agua fría ponen fin a algunos otros sueños uruguayos que me vienen a la memoria.

Julio Emilio Suárez Sedraschi, más conocido como “Peloduro”, fue un notable caricaturista uruguayo que murió a mediados de los 60. Quizás solo lo recordemos los más mayores (esto es, los más viejos). Por mucho tiempo hizo la contratapa del semanario “Marcha”, tuvo épocas en que sacaba una página de humor en “La Mañana” (“A esta página de Peloduro la acompaña un ejemplar de ‘La Mañana’. Reclámela a su canillita”, rezaba en el acápite) y, cada tanto, editaba la revista “Peloduro”, que tuvo varias épocas. Suárez era comunista, fue “sancionado” por el “Partido” a raíz de una caricatura que le hizo a Stalin y que aquí, en la filial uruguaya, se consideró una falta de respeto. Se trataba, sin embargo, de un excepción debido al dogma.

Era una época de tolerancia en el país. La época de “como el Uruguay no hay”. ¡Qué tiempos aquellos!

Suárez, a través de uno de sus personajes, proponía la gran solución para los uruguayos.

Decía que el sueño de cada compatriota era hacerse una casita, con un buen terreno al fondo en donde construir dos departamentos para que cuando se jubilara pudiera alquilarlos y vivir echado para atrás: con la jubilación y la renta de los departamentos.

Visto y considerando, “Pelo” proponía agrandar un poquito Montevideo —donde ya vivían la mitad de los uruguayos—, traer a la otra mitad y entonces alquilarles el fondo a los holandeses (a quienes les hace falta tierra) con un contrato por 30 años. Durante esas tres décadas vivíamos todos del alquiler de los holandeses y al final del contrato los echábamos y nos quedábamos con lo que habían hecho los inquilinos, que reconocidamente eran “laburantes” y sabían hacer bien las cosas.

Un poco fantasioso, ¿no? En aquella época, algo; hoy, una locura.

Para empezar, quizás ni exista la posibilidad de alquilar los departamentos porque los pasan a ocupar los hijos, casados y todo, que no tienen a dónde ir a vivir. Y si lo alquilan, siempre temblando (nuevamente por ahí se habla de una “regulación” de alquileres sociales), hoy no es lo mismo que antes. Hay que pagar un impuesto a la renta por el alquiler (IRPF-Categoría I) del 12% (más que el alquiler de un mes en el año), el Impuesto de Primaria (y hay que ver cómo ha subido la “educación gratuita”) y la contribución inmobiliaria (con reaforo y todo). Además, por la casa, la del frente, y también por los departamentos si están desocupados, hay que  pagar la “tarifa de saneamiento” y los “tributos domiciliarios”. Y quizás hasta lo alcance el Impuesto al Patrimonio (en algún momento lo va a alcanzar si sigue aumentando el número de funcionarios).

No es como otrora. Ni las jubilaciones, que hay que reconocer que han mejorado en los últimos diez años, pero ni cerca de los niveles de antaño, ni tampoco las tarifas públicas, que aumentan sin descanso ni compasión.

Los sueños de los uruguayos se desvanecen. Lo peor que les puede pasar es jubilarse y tener algo (haber ahorrado); les aparece una especie de lombriz solitaria insaciable.

Es que son 305.000 funcionarios, que no pierden nivel adquisitivo merced al esfuerzo del PIT-CNT-COFE y a los que hay que pagarles todos los meses.

Lo dicho: de algún lado hay que sacar.

Y, en conclusión, los sueños de los uruguayos, decididamente y nunca como ahora, sueños son.