El triunfo de los tupamaros

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Nº1967 - al de Mayo de 2018
por Carlos Ramela

Hace mucho tiempo que creo, con gran pesar por el país, que aun cuando los tupamaros fueron derrotados por las Fuerzas Conjuntas en el año 1972, a partir de su ingreso a la vida política han logrado imponer un relato favorable a su imagen y una gravitación política singular.

De esa forma, con el tiempo, pasaron de perdedores a triunfadores y se han constituido, neutralizando incluso a sectores del Frente Amplio más moderados, en el grupo político más gravitante del panorama nacional. Durante estos largos años, al compás de una hipocresía pragmática que les permite —al decir de Mujica— “abrazarse con las culebras” para lograr sus objetivos, quienes aborrecen de la “democracia burguesa” y soñaron desde jóvenes con su destrucción, utilizan sus mecanismos formales y su generosa tolerancia para ganar terreno e imponer su verdad.

Lo primero que hicieron, a partir de una enorme distorsión de la realidad que les fue tolerada, fue reescribir la historia reciente y alterar sus hitos fundamentales. De esa forma, de guerrilleros y terroristas que se alzaron contra una democracia ejemplar ya desde los primeros años de la década de los sesenta, robando, secuestrando, torturando y asesinando sin piedad, pasaron a ser héroes sagrados que “lucharon” valientemente contra la dictadura. Para edificar esta gran mentira, alteraron hasta la fechas históricas fundamentales con la complicidad de intelectuales e institutos oficiales de enseñanza (como la Universidad de la República), lo que les permitió sostener, por ejemplo, que la dictadura empezó en el año 1968 y que ellos lucharon heroicamente, durante muchos años, defendiendo a las instituciones que, en realidad, siempre quisieron destruir.

A partir de la tergiversación de la realidad histórica, poco precisaron después para crear y promocionar ídolos con pies de barro. Tal es la distorsión al respecto, que hoy no solo varias plazas, calles o salas de nuestro país llevan el nombre de tupamaros confesos que nunca pidieron perdón por sus crímenes, sino que el expresidente Mujica se dio el lujo de competir palmo a palmo con José Batlle y Ordóñez por el glamoroso título del Gran Uruguayo. La simple mentira avanzó inexorablemente y hoy aceptamos pacíficamente mitos o leyendas que se desmienten, con facilidad, haciendo una modesta consulta en Google: así, por ejemplo, Mujica ha sido promocionado, en el Uruguay y en el extranjero, como “el político pobre”, cuando él y su señora, más allá del destino que le den a la plata que tienen derecho a cobrar y de cómo les guste vivir, redondean cerca de 35.000 dólares mensuales en sueldos y otros beneficios como senador y vicepresidenta, respectivamente (cuando Mujica fue presidente esta cifra obviamente fue mayor). Promocionar como “pobres” a quienes tienen esos ingresos es una burla y una ofensa inaceptable para las muchas familias uruguayas que viven por mes con un importe infinitamente menor.

Los reconocimientos y las reparaciones o indemnizaciones que se han otorgado con relación al pasado reciente son también, claramente, una demostración de esa hegemonía tupamara. Mientras se han promovido y votado innumerables reconocimientos y reparaciones, pensiones y otros beneficios para terroristas y víctimas del terrorismo de Estado y también para todo aquel que, directa o indirectamente, haya sufrido cualquier afectación o perjuicio en su situación funcional como consecuencia de la dictadura, se sigue sin hacer nada especial, de tipo alguno, con los muchos policías o militares y hasta civiles que murieron bajo el fuego tupamaro. Ni los familiares de Pascasio Báez, que tuvo la mala suerte de descubrir una tatucera tupamara en pleno campo, ni los de la trabajadora que murió bajo los escombros del Bowling de Carrasco mientras cumplía su función, ni los del ciudadano que murió cuando caminaba inocentemente por las calles de Pando, ni los de otras varias decenas de personas que murieron por la violencia enfermiza que desataron los tupamaros, que vieron destrozadas sus vidas y lloraron la muerte de un ser querido, recibieron un trato especial que contemplara el drama que tuvieron que vivir. Durante años han sido simplemente ignorados o dejados de lado, al amparo de un historia oficial que considera que estas muertes son “daños colaterales inevitables” o meras consecuencias de una relación funcional o de servicio con el Estado arbitrario que se decía combatir. El reconocimiento y el esfuerzo solidario —quizás justo en la mayoría de los casos— se dio solo en un sentido; para otros, ni siquiera hay un recuerdo oficial el día de su muerte. Pasan los años y solo son una referencia personal para algunos pocos que no pueden aceptar tanta injusticia, pero sus propios asesinos y verdugos, ahora encumbrados en el gobierno, siguen imponiendo su soberbia y les niegan todo recuerdo y homenaje. Menos aun, por cierto, son capaces de pedir perdón por sus vidas.

El sentido triunfalista de los tupamaros y sus deseos de revancha frente a quienes primero los derrotaron, los llevó también a efectuar designaciones especialmente sugestivas aun cuando pocas veces criticadas por esa razón. Hace varios años ya, no encontraron mejor forma de “demostrar” su triunfo y su mando que colocar a tupamaros con reconocidos y frondosos prontuarios al frente de los dos ministerios clave que tienen la dirección y el mando de sus antiguos enemigos: de las Fuerzas Armadas (el Ministerio de Defensa Nacional) y de la Policía Nacional (el Ministerio del Interior). De esa forma, de paso, quedaron al frente de todas las fuerzas de seguridad del país y se aseguraron, efectivamente, su control. Como consecuencia —además— de la lógica de esos criterios, se colocó al frente de la Policía a una persona que fue condenada en su momento por asesinar por la espalda a un agente del orden, lo que le impide, ciertamente, más allá de la buena intención que pueda transmitir al respecto, tener verdadera autoridad y liderazgo frente a sus subalternos, quienes difícilmente puedan reconocer en su jerarca un modelo de conducta inspirador en su lucha contra la delincuencia y el crimen.

Quizás algunos crean que mi visión es algo tremendista o negativa de más, ya que el país, por ahora, no se asemeja a los varios modelos, como Venezuela y Cuba, que son la permanente referencia de los tupamaros. Ese puede ser un consuelo para algunos, pero en lo personal, aun cuando es cierto que Mujica ha criticado el socialismo de esos países y ha puesto cierta distancia con sus sueños de juventud, no me puedo sentir tranquilo cuando escucho cosas vagas e imprecisas, que provienen además de una persona que “como te digo una cosa te digo la otra”, que deambula conceptualmente según cuál sea su auditorio y —sobre todo— da claras señales de no haber renunciado realmente al socialismo sino pretender cosas tan amorfas como vagamente indefinidas, donde hay referencias insuficientes a un camino gradual, en etapas, a una supuesta vía nueva y diferente, sin estatismo pero sí con autogestión (¿más Fondes?), a un socialismo democrático que supere las lacras —necesarias— del capitalismo y otras tantas payadas más. Perdonen que sea negativo, pero no confío y no creo que nada bueno pueda derivar de la actual supremacía tupamara que, con el apoyo de comunistas y sindicalistas, manda y reina en el Frente Amplio.

En lo personal, creo honestamente que los tupamaros perdieron en su momento una batalla pero están hoy cada vez más cerca de ganar la guerra.

✔️ El silencio de los buenos

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