El virus de todos

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Nº1963 - al de Abril de 2018
por Pau Delgado Iglesias

El lunes pasado, el Ministerio de Salud Pública comenzó en las escuelas de todo el país la vacunación a niñas de 6º año contra el virus del Papiloma Humano (HPV, por su sigla en inglés). La semana previa a la vacunación, las familias recibieron una breve información sobre la vacuna y un formulario de autorización: solo se vacuna a aquellas niñas que presentan la autorización firmada por su madre, padre o referente.

En la información que se les entrega, se explica que las infecciones por HPV son las enfermedades de transmisión sexual “más frecuentes”, subrayando que “hasta un 70% de mujeres sexualmente activas se infectan al menos una vez en su vida”.

Más allá de los cuestionamientos acerca de las contraindicaciones de la vacuna, y de la pertinencia o no de vacunar a las niñas en las escuelas, me interesa analizar el sesgo con el que este tema es sistemáticamente abordado en nuestra sociedad, y que queda en evidencia tanto en el texto informativo como en el propio esquema de vacunación del Ministerio.

Aunque comúnmente se caracteriza al HPV como una enfermedad “de mujeres”, en realidad se trata de un virus que se transmite sexualmente (piel a piel, genital a piel, o bucal a genital), lo que implica el contacto con “otra persona”. El HPV no es específico de un género sino que, por el contrario, puede afectar tanto a mujeres como a hombres, y la mayoría de las personas sexualmente activas estarán infectadas por el HPV alguna vez en la vida, aunque no necesariamente con consecuencias. El virus puede provocar distintos tipos de cáncer en áreas genitales: anal, peneal, vaginal, vulvar o de cuello de útero; así como también infectar la boca y la garganta, y contribuir al desarrollo de cáncer en esos sitios. Cuando la vacuna fue aprobada por primera vez a escala internacional, fue presentada como un logro de salud pública capaz de reducir la cantidad de personas infectadas y la mortalidad de las enfermedades asociadas al HPV. Sin embargo, como plantean Daley, Merrell, Thompson, et al. (2017), la errónea “sobreidentificación” del HPV como una enfermedad específicamente femenina, ha provocado la “feminización” del virus y de las vacunas anti HPV, generando consecuencias negativas tanto para mujeres como para hombres.

Por un lado, la feminización del HPV refuerza la creencia de que somos las mujeres las únicas responsables del cuidado de la salud reproductiva en las parejas heterosexuales. Se nos acostumbra desde siempre a someternos a estudios médicos regulares para detectar infecciones por HPV (como el Papanicolaou, obligatorio para obtener el carné de salud en Uruguay) mientras nuestros compañeros varones continúan recibiendo y transmitiendo el virus sin preocupaciones, ya que la detección de HPV no está disponible para ellos. La “prevención secundaria” del virus parece ser entonces solo responsabilidad nuestra. Como consecuencia de esta “feminización”, se construye una narrativa cultural en la que el HPV “es un problema de las mujeres”: así, el estigma cae en nosotras como únicas receptoras y transmisoras, y junto con él se nos carga con todo el peso de los exámenes de detección y tratamiento de enfermedades, al tiempo que los hombres siguen sin percibir claramente sus riesgos de infección y enfermedad, y sin obtener la “prevención primaria” que necesitan.

En Uruguay, al igual que en muchos otros países, el enfoque se centra en lograr primero altas tasas de vacunación entre las niñas, para luego comenzar, muchos años después, a vacunar a los varones. Esta jerarquización coincide con una larga tradición de las ciencias de la salud de naturalizar la regulación de los cuerpos de las mujeres —no solo a través de exámenes de detección de enfermedades vinculadas a la salud reproductiva, sino también, por ejemplo, haciendo recaer por completo los costos de la anticoncepción sobre los cuerpos femeninos (administración de hormonas, dispositivos intrauterinos, ligadura de trompas). Por otro lado, el esquema de aplicación de la vacuna evidencia también fuertes sesgos heteronormativos, dejando sin cobertura a aquellos varones que, al comenzar su actividad sexual, mantengan sexo con otros varones. Así, el esquema no logra una protección suficiente para todos los hombres, en particular para aquellos que pertenecen a un subgrupo con mayor riesgo de resultados relacionados con el HPV.

Sin dudas (y más allá de los cuestionamientos pro o antivacuna) son necesarios los esfuerzos conjuntos de familiares, pacientes, investigadores, proveedores, salud pública y la comunidad en general para avanzar hacia un cambio cultural que nos permita combatir las consecuencias negativas de la feminización e intentar modificar las suposiciones existentes sobre un virus que, en realidad, nos afecta a todos.

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