Cinco mujeres uruguayas pioneras en los medios y el espectáculo cuentan cómo se abrieron camino en su profesión

Ellas, las primeras

26min
Nº1960 - al de Marzo de 2018

Un ama de casa que a los 55 años se pone el delantal delante de cámaras para enseñar a cocinar en la televisión de la década del 60. Una cantante lírica que se enamora de Hollywood en 1935 y, en su viaje de regreso a Uruguay, escribe el guion de una película que filma ni bien pisa tierra firme. Una joven decidida a ser periodista deportiva que en 1954 empieza a escribir de fútbol en el diario Acción. Una niña que prefería jugar al policía y al ladrón que a las muñecas y que, al crecer, descubre su don para hacer reír y debuta en la televisión en 1962. Una de los cinco semifinalistas del concurso El Periodista del Año que empieza a trabajar como reportera en 1981 y poco tiempo después se convierte en informativista de Subrayado. Historias que hablan del carácter y la perseverancia que hace falta para ser pionera.

· Elena Hughes de Moor Davie ·

Cordon Bleu: La cocinera de la tele

Elena Hughes era una mujer grande, de peluca alta y frondosa —como las que usaban las mujeres con poco pelo en su época—. Desde la televisión, a comienzos de los años 60 solucionaba las comidas de la casa con lo que había y ese era su diferencial. Si hubiera que compararla con alguna cocinera de la televisión actual sería una Ana Durán, con recetas simples, rápidas y nutritivas, alejada de la cocina profesional donde la técnica y la balanza dominan la escena. “Ella te decía: ‘Un ratito de nuez moscada, el horno mediano, cucharadas o una taza’”, cuenta a galería su hija Cecilia, con quien compartió pantalla 22 años como su ayudante. Se dice que Elena Hughes era una mujer moderna e independiente que manejaba muy bien, se reía de sí misma y “siempre le encontraba el lado positivo a todo. Te decía: ‘Hoy nos vamos a dedicar a los zapallitos porque la berenjena está loca’, porque estaba muy cara. Le sacó el miedo a la cocina a las amas de casa. También le recomendaba a la gente que tuviera cuidado con la familia orégano porque se usaba para todo”, recuerda su hija. 

Nacida en 1908, hasta 1959 Hughes era un ama de casa entusiasta, casada con el empresario Ricardo Moor Davie, madre de cuatro hijos, que organizaba ventas a beneficio, que no se ponía al sol porque en una clínica de París le habían dicho que para mantenerse joven debía evitarlo, que jugaba muy bien al bridge y tenía pasión por el fútbol. 

Era una mujer hecha, de 55 años, cuando se paró por primera vez frente a una cámara de televisión en Teledoce, a pedido de Carlos Cochile Scheck para conducir un segmento de recetas en el programa Hogar Club. Su habilidad culinaria se le despertó muy temprano, en la niñez, y la profesionalizó en el instituto Cordon Bleu a los 18 años, cuando se mudó con su madre y hermana durante dos años a París. Su pasaje por esa prestigiosa escuela le valió el apodo que la recibió en los hogares uruguayos, y su carisma la popularizó. 

“Cuando las inundaciones del 59, mamá le sugirió a Titita Aguirre —la esposa de Cochile—, que era como su hermana, editar recetas semanales en el diario El País. En esa época no había nada para comprar, la gente hacía buñuelos con lo verde de la zanahoria. Fue un éxito, cocinaba con lo que encontraba en el mercado. Primero salió en el diario y después vino la tele”, cuenta Cecilia. Fue Scheck quien convocó a Hughes para hacer una prueba de cámara; su familia se horrorizó, pero fue igual. Al terminar, su hija recordó que le dijo: “Gracias, Cochile, no me tenés que decir que me fue mal, yo cumplí contigo”. Él la paró y le dijo que había sido la única que obtuvo el visto bueno de todo el panel de selección. Hogar Club competía con El Llanero Solitario a las cinco de la tarde.

Su voz era particular, su aspecto también, lo que le valió convertirse en uno de los personajes de Ricardo Espalter, que resaltaba su condición de ama de casa y el vínculo con su hija Cecilia frente a la cámara. “La gente la llamaba Gordon Bleu y a ella le daba mucha risa”, agrega su hija. “Nada estaba guionado, todo lo improvisábamos, incluso los avisos. Si algo salía mal, mamá decía: ‘Ahora Cecilia lo arregla’, y mostraba el plato terminado que traíamos de casa”. El set también era sencillo, una cocina convencional, sin grandes herramientas culinarias costosas y una estantería entera dedicada a las especias de Monte Cudine detrás. “Mamá le decía al aire a la gente: ‘Esto se hace con batidora, si no tiene no se preocupe, use batidor de alambre, y si no hay agarre dos tenedores. Si no tiene dos use uno y si no tiene uno, me llama y lloramos juntas’”, recuerda.

Elena Hughes cocina junto a su hija Cecilia en Canal 5, donde se despidió de la televisión en 1985.

Para Cordon Bleu lo importante era ayudar a la gente en la casa, la receta práctica de todos los días. Ese fue, según Cecilia, lo que la diferenció de otras cocineras mediáticas como la precisa directora del Instituto Crandon Nelly Maraboto de Bocardi y Gori Salaverry, que proponían una cocina más elaborada. Esta última, más joven además, tenía una empresa de catering y sirvió los principales banquetes oficiales de su época. Elena, en cambio, se circunscribía al universo televisivo y doméstico. “El sueño de mamá era poner una mesa en Ejido y 18 de Julio para que la gente fuera a contarle sus problemas”, dice Cecilia. Su vocación de servicio no le impidió entender rápido su valor en el medio. Junto a su hija comenzó a trabajar directamente con los anunciantes y negociar los contratos con los canales. Su segmento se vio en Canal 12, en el 10, donde tenía un programa diario antes del mediodía, y en el 5, desde donde se despidió en el año 1985.

Emprendedora, Hughes se reinventó después de los 50, y sacó adelante a su familia de los vaivenes económicos. Moor Davie era un exitoso empresario de importación y exportación, que vio truncado sus negocios en el gobierno de Luis Batlle, lo que forzó a la familia a abandonar su casa en la calle Potosí casi la rambla, en Carrasco, después de 20 años, y mudarse a un departamento en el Centro. Allí, en el mismo edificio vivían sus hijos, ya casados. Fue en esa época en la que Cordon Bleu comenzó su carrera televisiva de 25 años y publicó tres libros con todas sus creaciones, donde “dominan las referencias internacionales, y algunos platos ‘a la criolla’”, según señaló en su tesis de posgrado el antropólogo de la alimentación Gustavo Laborde. Su carisma era tal que incluso ganó un concurso de popularidad frente a China Zorrilla y el Doctor Caritat, y con él un viaje a los estudios de la BBC. En su mesa nada era perfecto, no era buena para la repostería ni presentaba sus platos con grandes pompas. Era una señora como cualquier otra, un ama de casa. Marcela Baruch Mangino

Cordon Bleu según Sergio Puglia 

En mi casa todo el mundo era fanático de la cocina, mi madre y mi abuela hacían competencias culinarias. Cuando empezaron a aparecer los programas de cocina en la televisión, en casa no dejaban volar una mosca, y Cordon Bleu fue una pionera. Ella le daba la posibilidad a la gente de cocinar con productos que no estaban incorporados a la dieta, proponía combinaciones que para ella eran sencillas pero que no eran populares, tenían distintos toques de refinamiento. Era una revolucionaria. Hacía costillas de cerdo a la vilerroi, pascualina con masa de hojaldre, usaba crema doble, manteca. Su cocina era casera pero refinada. 

Durante muchos años a Elena Hughes de Moor Davie la conocí a través de la televisión. En su época de auge yo estaba estudiando afuera y cuando volví al país ella ya no estaba en la pantalla. Tiempo después, al inicio de mi carrera en los medios la busqué y me recibió en su casa, donde pude conocerla en persona. Té mediante me contó toda su historia, compartíamos las mismas inquietudes sobre la cocina uruguaya y lo que comemos los uruguayos. Era tal mi fascinación, que un día le propuse que volviera a la tele en mi programa en Canal 5, El Club de la Buena Vida, para que siguiera influenciando a las nuevas generaciones, e hicimos un ciclo de despedida, un anecdotario con conversaciones. Falleció poco tiempo después.

Tuve la inmensa dicha de poder nutrirme de todas estas mujeres que forman parte del patrimonio gastronómico nacional, de nuestra cultura. Entre esas cocineras estaban también Nelly Maraboto de Bocardi, que era la directora del Instituto Crandon y daba recetas precisas, donde todo era pesado, muy profesional; y Gori Salaverry, con quien desarrollé una profunda amistad.

· Graciela Bacino ·

Informativista en televisión y radio

Aunque la primera transmisión televisiva se había realizado 13 años antes en el auditorio de radio Carve, Canal 10 fue el primero en salir al aire en Uruguay el 7 de diciembre de 1956. La visión y los esfuerzos de Raúl Fontaina y Enrique Defeo se concretaron en esa histórica emisión desde el predio de la Exposición Nacional de la Producción cuando a las siete de la tarde Raúl Fontaina (h) anunció: “Señoras y señores, a partir de este momento comienza a transmitir para todo el Uruguay y está en el aire CXA TV Canal 10 Saeta”.

La programación en blanco y negro se hacía en vivo con una sola cámara (al hombro de Jorge Severino) y hasta los comerciales se representaban en el momento. La primera mujer en la televisión uruguaya fue Cristina Morán, que inauguró la pantalla junto a Carlos Giacosa, Mario Fonticella, Víctor Hugo Pedroso y Barret Puig. El noticiero de Canal 10, Subrayado, contaba con la conducción de Omar Defeo, locutor y periodista, quien además se desempeñó como director del informativo de 1972 a 1989. Con su impulso y constante innovación, en 1981 incorporó a la mesa del noticiero a una informativista, Graciela Bacino. “Institucionalicé a la mujer dando noticias sentada al lado de Omar Defeo y de Barret Puig en Canal 10”, recuerda la periodista. En ese momento nació el término “mujer informativista”. Más allá de ocupar una silla en la mesa de Subrayado, el trabajo implicaba una “búsqueda de noticias en la calle todo el día”.

La oportunidad surgió cuando en 1980 se anotó en el concurso El Periodista del Año, en el que Canal 10 buscaba un ganador para incorporar a la televisión. Entre 500 aspirantes y un centenar de preseleccionados quedaron cinco finalistas que terminaron integrándose a la programación. Bacino ingresó a Subrayado como reportera en marzo de 1981 y luego Defeo le propuso ser informativista. A partir de ese día él presentaba los temas políticos, ella la información general y Barret Puig las noticias internacionales.

Entre otros acontecimientos de la historia de Uruguay, Bacino cubrió la liberación del general Liber Seregni el 19 de marzo de 1984. En la foto lo entrevista a la salida de una reunión con el entonces ministro de Interior, el general Julio César Rapela.

La rutina diaria comenzaba temprano. Cuando el único móvil estaba en otra cobertura, el propio Defeo llevaba en su auto a Bacino y al camarógrafo a Casa de Gobierno en busca de noticias. Volvían al canal y, en una máquina de escribir Remington, redactaban los guiones que en la tarde leían al aire, porque en ese entonces no existía el teleprompter. Graciela no solo cubría política, también se encargaba de otras áreas como medicina, economía y hasta policiales cuando se necesitaba. Ser periodista y presentar las noticias en televisión era todo un desafío. Y más para una mujer. Había que pensar en el vestuario, el maquillaje y el peinado. Los días muy fríos solía usar sombreros y hasta tapado de piel. El pelo corto resultó una solución, ya que en el canal no existían vestuaristas ni peluqueros. De todas maneras, lo más importante era estar informado. “Cada nota era un desafío y una responsabilidad distinta”, recuerda. Cubrió interpelaciones ministeriales, la primera operación a corazón abierto que hizo Christiaan Barnard en La Española y varios viajes de los presidentes uruguayos; salió en vivo en un móvil desde la estancia de Anchorena y además tuvo la responsabilidad de conducir sola Subrayado en el momento en que Puig había viajado a España y Defeo estaba en Perú.

Graciela todavía recuerda el día que, saliendo en vivo para Subrayado, le hizo una pregunta abierta a Jorge Batlle para averiguar de qué había hablado con el presidente Julio María Sanguinetti, y él le respondió con su humor característico: “Usted quiere que le cuente la película”. Ella respondió: “Solo la sinopsis, doctor”. Su tenacidad e instinto contribuyeron para obtener otra peculiar nota. “Estábamos en Casa de Gobierno y veo al titular del gobierno de facto, el general Gregorio Álvarez, yendo al ascensor. Tuve la intuición de que iba a caminar. Lo seguimos y lo encaramos en la puerta de cancillería. ‘¿Acaso el presidente no puede caminar por 18 de Julio?’, me preguntó. Y yo le respondí: ‘Los presidentes no caminan solos por 18’”.

Foto: Leo Barizzoni

La audacia para conseguir primicias no se opacó en la época de la dictadura. “Trabajar en esos momentos fue difícil, pero creo que ahora no es más fácil, hay otros desafíos; es un mundo perverso. Sufrí amenazas de muerte, me llamaban a casa, mandaban cartas al canal y un hombre me seguía todo el día”, recuerda.  

De todos sus jefes aprendió mucho, sobre todo de Omar Defeo en televisión y de Néber Araújo en radio, ya que trabajó con él como la primera informativista radial. “En su editorial Néber decía: ‘No más la mujer dando recetas de cocina, desde hoy nos acompaña Graciela Bacino dando las noticias del mundo”. También sufrió destratos. En una entrevista, Hugo Batalla le había reconocido que tenía intenciones de irse del Frente Amplio y ella tenía la primicia grabada al final de una nota de seis minutos. El entonces director de Subrayado, Hugo Bonaldi, se enojó al ver la extensión de la entrevista y tiró el casete sin ver la nota. Al día siguiente la noticia fue titular del diario El País. “Por el destrato profesional de un jefe mi nota nunca salió y Carlos Pauletti, que había puesto el grabador, se llevó mi primicia”, recuerda. Pero la vocación seguía ahí. 

“En todas sus formas el periodismo siempre fue una pasión. Me sentí comprometida socialmente y con el canal, al que siempre voy a estar agradecida. Fue mi casa y mi familia. De hecho, trabajé ahí hasta que me retiré como encargada de Prensa y Relaciones Públicas”, dice, mientras pasa las hojas de un álbum de fotos y recortes de diarios que testimonian parte de su vida profesional. Rosana Zinola

· Myrna Izquierdo. ·

Periodista deportiva

La periodista junto al exentrenador de la selección uruguaya de fútbol Juan López y su asistente Romeo Vázquez, artífices del histórico “maracanazo”.

A los niños les gusta disfrazarse de adultos, pretender que son médicos y jugar a los bomberos. A veces sueñan con ser astronautas o con recorrer el mundo como pilotos. Pero pocos saben realmente qué carrera seguirán de adultos. Cuando Myrna Izquierdo nació, las profesiones a las que se podían dedicar las mujeres eran pocas. No había muchas contadoras, abogadas ni ingenieras. Y mucho menos comunicadoras. Sin embargo, Myrna estaba convencida de que iba a trabajar como periodista deportiva. “Para muchos era inimaginable, pero siempre fui una mujer del fútbol”, cuenta orgullosa. La uruguaya todavía recuerda la primera vez que le preguntaron en la escuela a qué se quería dedicar. Su maestra les había pedido a los alumnos que escribieran un cuento y quedó asombrada con la facilidad de la niña de siete años para contar una historia. Myrna no tenía faltas de ortografía y su sintaxis, recuerda satisfecha, era casi perfecta. Al ver su habilidad, la docente le preguntó si le gustaba escribir y, por supuesto, Myrna contestó que sí. Además, le dijo que cuando creciera iba a ser periodista deportiva. “Lo tenía claro”, asegura hoy, a los 81 años.

El camino no fue fácil. En 1950 parecía impensable que una joven se dedicara a cubrir deportes, un área tradicionalmente masculina. “Las mujeres estaban orientadas de otra manera. No era un país machista, pero las posibilidades eran escasas”, recuerda Myrna. Los relatores, comentaristas y noteros eran todos hombres. ¿Cómo una mujer iba a entrar a un vestuario? El cambio podría resultar escandaloso, pero decidió intentarlo. 

A los 17 años, Myrna le pidió a su padre que la acompañara a una reunión en Acción, un diario que había sido fundado por el expresidente Luis Batlle Berres en 1948. La joven había pedido para hablar con el jefe de Deportes que, para su sorpresa, la volvió a llamar y le ofreció un trabajo en la redacción. La oportunidad fue histórica. “Entré al diario en 1954. Veníamos ensoberbecidos del Maracaná y recién habíamos planchado en Suiza”, cuenta Myrna, que todavía mantiene expresiones características del periodismo deportivo.

Myrna Izquierdo durante una entrevista con el delantero de Peñarol Omar Oscar Míguez, también integrante de la selección de 1950.

Myrna trabajó en Acción durante 19 años, y aún recuerda las jornadas en la redacción de este periódico que salía todos los días en el horario vespertino. La joven solía pasar las mañanas enredada entre las páginas y enojada con las máquinas de escribir: “Vivíamos puteando porque se saltaban las letras y a veces se acababa la cinta”. Las redacciones no se parecían a las de ahora. No existía la computadora ni había Internet. “Era un mundo diferente. Exactamente igual a como se muestra en la película The Post”. Myrna repartía sus días entre los partidos y la redacción. Luego de escribir las notas, las envolvía y las enviaba al taller para que se imprimieran. “Era un proceso mágico”.

En el diario era la única mujer que cubría los partidos y las conferencias de prensa. Sus compañeros, recuerda, la protegían como a una joya y, hasta ahora, le dicen “la nena”. La periodista pasaba sus tardes junto a Jorge Batlle, Julio María Sanguinetti y Zelmar Michelini, con quienes también compartía intereses por la tendencia colorada del periódico. Y nunca va a olvidar las visitas del “serio, pero entrañable” escritor uruguayo Juan Carlos Onetti. 

Durante su carrera, la periodista vivió pocas situaciones violentas. “Las veces que me dijeron gansadas fueron muy puntuales. Y, ¿quién no las pasó? Todas las pasamos en la calle”. Una vez tuvo un incidente con un jugador de fútbol, que la insultó por teléfono. Ella no dudó en contarle  la situación a su jefe. “Todos se enojaron. Él llamó al equipo y al otro día a las 10 estaba pidiéndome perdón”, relata. Cada vez que iba a cubrir un partido, las directivas de los clubes les avisaban a los jugadores para que estuvieran “en condiciones”. “Todos me esperaban bien vestidos. ¡Tenían que andar de pantalón!”, cuenta entre risas.

Foto: Luciano Dogliotti

Myrna fue la única periodista deportiva que trabajó en Acción hasta que el periódico cerró por la dictadura militar. Nunca más volvió a una redacción. “En 1973 me dejaron sola y tuve que arreglármelas como otros compañeros. Fue una etapa dura”, dice con angustia. Ya alejada de la redacción, Myrna escribió dos libros sobre el Prado y algunos cuentos que todavía guarda en su dormitorio. También se postuló para un concurso de la Corte Electoral, donde desarrolló la mayor parte de su carrera, y trabajó como asesora de dos ministros hasta que se jubiló, en 2004: “Me quise ir cuando se preguntaran ‘por qué te vas’, no cuando me dijeran ‘por qué no te vas”. 

Myrna nunca abandonó su vínculo con el fútbol. Desde su juventud, la periodista se acostumbró a ir a la cancha con su hermana Julieta. A las dos les gustaba ver partidos, opinar sobre el rendimiento de los jugadores y de los equipos uruguayos. Sin embargo, en la última década dejó de ir al Estadio y le perdió el gusto a un deporte que, según dice, está comercializado. “Fuimos a los partidos hasta que la violencia nos corrió del fútbol. Aparte, está todo tan mercantilizado. La mayoría de los intereses no tienen nada que ver el deporte. (…) Los chiquilines tienen 15 años y ya están vendidos”. Ahora, solo va a ver a Uruguay. 

Cuando comenzó a trabajar en Acción, Myrna sintió que la sociedad avanzaba hacia un futuro más inclusivo. Las mujeres se empezaban a empoderar y los nombres femeninos eran cada vez más usuales en roles tradicionalmente masculinos. Ahora es natural ver a mujeres en los programas deportivos, en los diarios y en las emisoras de radio. Sin embargo, Myrna considera que muchas periodistas que cubren el deporte adoptan conductas masculinas y pierden su identidad. “Parece que las mujeres quisieran ser como los hombres. No puede ser que los imiten. Hay que tener personalidad”, dice. Aquella mujer que hizo historia en una redacción ahora mira extrañada el presente del periodismo deportivo. “No basta con que a las mujeres les den un papel y que lean la integración de un equipo”, concluye. Florencia Pujadas

· Henny Trayles ·

Comediante de televisión

Telecataplum fue un antes y un después en la televisión”, afirma la actriz y humorista Henny Trayles, que se incorporó al programa de Canal 12 en 1962 gracias a su trabajo en Club de Teatro. Durante los siete años que llevaba actuando sobre las tablas también trabajaba nueve horas por día como ayudante de contador. Dormía cuatro o cinco horas, pero el esfuerzo dio frutos. “En ese momento fue cuando se forjó mi futuro”, reconoce la uruguaya nacida en Hamburgo hace 80 años. En Club de Teatro compartió escenario con figuras como Antonio Taco Larreta, Dahd Sfeir y Roberto Fontana, y participó en los musicales Caracol col col y en Caracol 91.

Su infancia en Montevideo transcurrió feliz en la Ciudad Vieja, donde vivía con sus padres, que habían llegado desde Alemania huyendo de la II Guerra Mundial. De niña, Henny Trylesinski prefería jugar al policía y al ladrón en la plaza Zabala a quedarse en casa con las muñecas. Su madre, que soñaba con que se convirtiera en una estrella de Hollywood, la anotaba en cuanto curso artístico encontraba: baile clásico, zapateo, acrobacia, piano y arte dramático, convirtiéndola a los cuatro años en una “niña prodigio”.

La actriz y comediante Henny Trayles formó parte del elenco de Telecataplum con Eduardo D’Angelo, Ricardo Espalter, Enrique Almada, Raimundo Soto, Andrés Redondo y Berugo Carámbula, conformando el grupo de los “siete de oro”.

El sueño materno comenzó a cristalizarse cuando, en la adolescencia, sus amigos la alentaron a hacer teatro independiente en Club de Teatro, que por ese entonces se inauguraba en la calle Rincón. Las salidas con amigos resultaban mucho más tentadoras que el teatro, hasta que se enteró de que estrenarían una comedia musical, el género que más le gustaba. Con el tiempo, Henny intervino en piezas como Los cuernos de don Friolera, de Ramón del Valle Inclán, Lisistrata, de Aristófanes, y La fierecilla domada, de William Shakespeare. Su veta cómica fue brotando casi sin intención. “En el esperpento de Valle Inclán tenía que aparecer de camisón y cuando la gente me vio arrancó a reírse a carcajadas... me quedé dura porque no sabía qué estaba pasando”, cuenta. En otra oportunidad, recuerda que Dahd Sfeir y Roberto Fontana representaban la escena final de El retablo de las maravillas, de Cervantes, cuando le dijeron: ‘¡Haz contraescena!’. Entonces empezó a golpear el zueco como si tuviera un clavo y el público empezó a reírse. Aunque el remate de la obra no se entendió, para Henny fue un instante memorable. Había descubierto su cariz cómico.

La comedia musical Caracol…, realizada también en Club de Teatro, le abrió las puertas de una carrera masiva como comediante. Telecataplum se comenzó a emitir por el recientemente inaugurado Canal 12 en 1962, convirtiéndose en el programa referente del humor televisivo en el Río de la Plata y donde surgieron la mayoría de las grandes figuras del género. El productor de Telecataplum vio en Henny una artista completa: “Cantaba, bailaba, mostraba las piernas y además hacía humor”. A partir de ese momento, el sueño de su madre se volvía realidad. Compartió pantalla con un elenco multifacético: Enrique Almada, Eduardo D’Angelo, Ricardo Espalter, Raimundo Soto, Andrés Redondo, Berugo Carámbula, Alfredo de la Peña y Julio Frade, entre otros. Con todos tenía “muy buena sintonía”, aunque con Ricardo Espalter, compañero de Club de Teatro, conformaban la “dupla culta”. Se llevaban bien, manejaban el mismo lenguaje y creaban las escenas más intelectuales, como las de ballet o de ópera en tono humorístico.

Agripita, la niña rebelde, fue su personaje más exitoso de Telecataplum. Surgió de los recuerdos de su propia infancia en Montevideo.
Jaujarana se emitía por Canal 11 de Buenos Aires.
En la actualidad, vive en Córdoba y brinda talleres sobre el humor, la risa y los valores.

En 1967 el elenco se dividió y los “siete de oro” —D’Angelo, Espalter, Almada, Soto, Redondo, Carámbula y Trayles— formaron un grupo independiente libretado por ellos que terminó en el programa Jaujarana, emitido por Canal 11 de Buenos Aires. Según recuerda Henny desde su casa en Córdoba, en donde vive hoy, entre los grandes éxitos de Telecataplum figuran El hombre del doblaje (de Eduardo D’Angelo), un personaje que hacía Espalter en el hospital con Raimundo Soto y su Agripita, esa niña terrible que surgió de sus  recuerdos de la infancia. Con un vestido corto y una moña en la cabeza, esta niña inquieta y pequeña —la rodeaban de muebles enormes para que pareciera aun más chiquita— se las sabía todas e interactuaba con voces que venían de fuera de cuadro.  

A medida que se sucedían los programas, el éxito aumentaba. “Éramos una gran familia, a veces nos peleábamos pero estábamos horas y horas trabajando juntos. Si en esa época había discriminación no me daba cuenta. Los libretistas no sabían escribir para mujeres. Los únicos personajes que tenían en mente para mujeres eran las suegras, las amantes o las mujeres brujas, estereotipos de la mujer en esa época”, dice. Al pasar el tiempo, se incorporó al elenco la actriz argentina Gabriela Acher, que en la década de los 80 escribía sus propios textos, y así surgió uno de sus éxitos: Chochi, la dicharachera. “El rol de la mujer sigue siendo una lucha, una conquista, recién ahora se está viendo un cambio. Lamentablemente, están pasando cosas que no deberían pasar”, opina.

“Dios me dio el don de hacer reír a la gente”, reconoce y al mismo tiempo admite que muchas veces los cómicos son personas tristes. “Un día me dije: ‘Quiero acostarme con una sonrisa’, entonces me dediqué a la espiritualidad”. Estudió, viajó y aprendió una serie de técnicas que desde hace años comparte en un taller llamado Arriba las Comisuras, en el que enseña que el humor, la risa y los valores se convierten en un atajo hacia el encuentro con uno mismo. “Soy una buscadora, ya lo traje en mis genes”, asegura la actriz, que ha mantenido su vigencia con papeles como el de Greta en Floricienta, la telenovela argentina producida por Cris Morena. Mientras los adolescentes la siguen y los veteranos la recuerdan, Henny se encuentra en un impasse, disfrutando de su casa en Capilla del Monte, en Córdoba. Rosana Zinola

· Rina Massardi ·

Directora de cine

En el año 1935, Rina Massardi volvía de Estados Unidos en un barco que tenía como destino Montevideo. Traía consigo el mayor hallazgo de su viaje: un kit con productos de maquillaje que, ella pensaba, eran capaces de volver a los viejos jóvenes y a los jóvenes viejos. Hollywood la había impactado. De alguna manera, el espíritu de la industria de entonces le había infundido la noción de que todo era posible y allí mismo, en el barco, escribió el guion de una película. La primera dirigida por una mujer en Uruguay. La llamó ¿Vocación?

Fue precisamente ese título el que atrapó la atención de la directora de arte Inés Olmedo cuando lo vio, casi por azar, en el portal especializado Cinestrenos. La curiosidad la llevó a preguntar, investigar y proponerse conocer a fondo la historia de esta cantante lírica italiana que emigró a Uruguay a los 14 años con su familia y que fue tan intrépida como para desempeñar ella misma siete roles en aquella película: protagonista, directora, guionista, productora, maquilladora, vestuarista y montajista.

La película de Rina Massardi se estrenó en el cine Rex el 31 de agosto de 1938. No fue bien recibida por el público ni por la crítica. Se le elogió la fotografía, pero se le criticó básicamente todo lo demás: que era cursi y burda

Rina Massardi se instaló en Montevideo entre 1910 y 1911, cuando su familia dejó Italia al fundirse la empresa que su padre marmolero tenía en el pueblo donde vivían. Aquí el señor Massardi continuó el oficio y se dice que estuvo involucrado en la elección de los mármoles del Palacio Legislativo. Rina era soprano y empezó a cantar profesionalmente muy joven. Hizo giras por el interior y consiguió, gracias a su voz y su talento, una beca para estudiar en Milán. Sin dudarlo volvió a su tierra y, estando allá, consiguió otra beca, una otorgada por el gobierno de Mussolini para la prestigiosa Academia Nacional de Santa Cecilia, en Roma. Mientras, estudiaba trabajaba en Carri di Tespi, una compañía itinerante que ofrecía espectáculos de ópera al aire libre. Aunque su madre ya había muerto y su padre había vuelto a Italia, ella seguía retornando a Montevideo para ver a sus hermanos. Entre 1934 y 1935 emprendió ese viaje a Estados Unidos que la marcó profesionalmente.

Al bajar del barco, ya de regreso, Rina tenía el guion de ¿Vocación? terminado y estaba determinada a filmarlo. Empezó buscando camarógrafo, contrató a un fotógrafo de cine y a un sonidista. “Ella produjo todo. Consiguió que la UTE le diera la energía eléctrica, el London París le prestó la ropa y Caviglia, que era ‘la’ mueblería de ese momento, le prestó todo para la ambientación”, cuenta Inés Olmedo; “era una lanzada”.

Filmó en Minas, en varias locaciones de Montevideo —entre ellas el Teatro Solís— y en el Teatro Colón de Buenos Aires. ¿Vocación? terminó siendo una especie de superproducción de la época, una ficción claramente inspirada en su vida que relata la compleja historia de amor de una cantante lírica. Hoy la película se puede ver en YouTube gracias a que Olmedo la digitalizó a partir de una copia que el archivo del Sodre conservaba en buen estado.

Aunque fue invitada a participar en el Festival de Venecia (la directora no aceptó la invitación para no viajar en plena II Guerra), la ópera prima —y única película— de Rina Massardi no fue bien recibida por la crítica ni por el público cuando se estrenó, el 31 de agosto de 1938, en el cine Rex. Se le elogió la fotografía, pero se le criticó básicamente todo lo demás. Se dijo que era cursi, burda y con una banda sonora llena de gorjeos. Atraída por la personalidad de la propia Rina, Olmedo debió liberarse ella misma de algunos prejuicios que tenía hacia la obra para apreciar, más allá del resultado final, el mérito de esta mujer que logró hacer cine con los implementos más rudimentarios y cuando no había casi ejemplos de referencia (la primera y única película uruguaya de la que hay registro hasta entonces es de 1923). “Ella filma en un estudio que en realidad era un galpón, en la calle Paullier, y dice que cuando pasaba un tranvía tenían que dejar de filmar por el ruido. Cuenta también que preparaba ollas de café para que la gente no se durmiera y, al final, en que filma una peregrinación al cerro del Verdún, dice que gastó tres pares de zapatos porque, al actuar y a la vez dirigir, sube y baja el cerro, sube y baja. Fue un gran sacrificio”, relata Olmedo, directora del videoarte Rina, la primera, que tiene como personaje central la figura de Massardi. Según ella, ¿Vocación? guarda muchos puntos en común con algunos ejemplos del cine latinoamericano del momento. “Había varias mujeres haciendo películas en esa época, era un modelo de producción que estaba de moda. La primera mujer cineasta en Argentina también era italiana, y filmó su primera película en el 17. No hay nada de ella, porque muchas de esas películas se convertían en peinetas”. Hasta los años 40, en que se inventaron otros materiales, el celuloide se reciclaba con ese fin y muchas producciones pioneras terminaron adornando la cabeza de las mujeres de la época.

De la vida sentimental de Rina Massardi se sabe lo que contó en su autobiografía, Una artista lírica, que publicó en 1956. En ella hace referencia al affaire que mantuvo al volver a Italia con un primo ocho años menor. Después tuvo varias parejas, pero nunca se casó. Una de ellas fue —se especula— la que terminó financiando la película. Más adelante se le conoció una relación con un comisario de Maldonado. Adoptó tres hijas, pero con ninguna logró construir un vínculo estrecho.

Rina dejó el canto a los 60 años. Según cuenta en su autobiografía, se retiró en su esplendor, con su voz intacta. Murió a los 82 años y dejó en herencia una casa en Javier de Viana, que todavía se llama Villa Rina y que generó disputas entre sus hijas adoptivas y su hermana, que entonces todavía vivía.

El videoarte de Inés Olmedo —que ella define como una investigación artística con un enfoque particular y no exhaustivo— fue parte de una muestra que también contenía documentos e imágenes y que se exhibió en la Fundación Atchugarry, en el Museo Zorrilla y en el Centro Cultural de España en Buenos Aires. En él, Olmedo hace una elaboración de su propia vocación a partir de la obra de esta mujer pionera. Patricia Mántaras

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