El libro “Girls & Sex”, de la escritora estadounidense Peggy Orenstein, explora el escenario sexual en el que se inician las adolescentes, caracterizado por la falta de información, el porno como referencia y una necesidad de complacer y evitar el conflicto.

Entre el placer y el dolor

10min 1
Nº1902 - al de Enero de 2017
Patricia Mántaras

Dos niñas vestidas de princesas se sientan a la mesa. Es la hora de la merienda de un día de verano y ni siquiera el calor insoportable que les regalan los disfraces sintéticos las hacen desistir de ellos. Son Cenicienta y Blancanieves. Después de las galletitas y la cocoa, volverán a jugar a las muñecas (también de princesas), o con el juego de té. Tal vez le dediquen un rato al Lego, también rosa y lila. La escena es común en cualquier cita de amigas para jugar, y seguramente haya sido la que inspiró a Peggy Orenstein, madre de una niña, a escribir en 2011 su libro “Cinderella Ate My Daughter: Dispatches from the Front Lines of the New Girlie-Girl Culture” (“Cenicienta se comió a mi hija: Despachos desde el frente de la nueva cultura ultrafemenina”), un libro que se volvió best seller, y que indagaba en este fenómeno que bien podría llamarse “princesismo” y que excede lo estrictamente ligado al juego.

La hija de Orenstein creció, y ahora a la escritora le tocó verla entrar en otra fase, una más vinculada a las minifaldas, los crop tops y el chequeo constante de Instagram. Como para ver qué le esperaba o anticiparse a ello, y responderse algunas preguntas, empezó a investigar y terminó publicando “Girls & Sex. Navigating the Complicated New Landscape” (“Las chicas y el sexo. Navegando el nuevo y complicado escenario”), un libro que aborda el despertar sexual de las adolescentes y esos primeros encuentros que no siempre quedan almacenados en la memoria como experiencias gratas.

“Se suponía que yo era la experta en decodificar los mensajes mezclados de la infancia de las niñas. Viajé por todo el país educando a los padres sobre la diferencia entre sexualización y sexualidad”, escribe la autora refiriéndose a su trabajo anterior.

“Cuando las niñas juegan a ser ‘sexies’ aun antes de entender la palabra’, les decía yo, ‘aprenden que el sexo es una interpretación más que una experiencia sentida’. Esto es verdadero. Pero ¿qué pasa cuando ya entendieron la palabra?”. Eso es lo que se propuso dilucidar en su reciente libro.

Orenstein entrevistó a mujeres jóvenes de todo el país, de universidades y secundarias, de pueblos pequeños y grandes ciudades. Participaron católicas, judías y ateas; blancas, asiáticas, latinas, afroamericanas y árabe-americanas; provenientes de familias conservadoras y liberales; con sus padres juntos y divorciados; de diferentes niveles socioeconómicos. Distinto a lo que ella pensaba, las chicas estaban desesperadas por hablar: “Ningún adulto les había preguntado antes por su experiencia con la sexualidad: qué hacían, por qué lo hacían, cómo se sentían, qué esperaban, qué lamentaban, qué era divertido”, escribe Orenstein. Lo que le contaban, a veces salía a borbotones, a veces más tímidamente, pero casi siempre era “doloroso de escuchar”.

Si bien hace la salvedad de que, aunque es “obvio”, “no todos los chicos se involucran en estos comportamientos”, y que muchos de ellos son, en cambio, “aliados” de las chicas y hasta sus bastiones en determinadas situaciones, los testimonios pusieron en evidencia una condición de mayor vulnerabilidad en ellas, a veces autoimpuesta, otras, generada directamente por su compañero sexual. De hecho, todas las chicas a las que entrevistó habían sufrido algún tipo de abuso en algún momento de su adolescencia.

El cuerpo y cómo debería verse. En “Girls & Sex”, Orenstein cita el libro “The Body Project”, de Joan Jacobs Brumberg, en el que se comparan las resoluciones de Año Nuevo escritas por una mujer joven a fines del siglo XIX, y otras que escribió otra joven a fines del siglo XX. La primera escribía en 1892: “Resolví pensar antes de hablar. Trabajar seriamente. Ser más cauta en conversaciones y acciones. No dejar que mis pensamientos vaguen. Interesarme más en otros”. Cien años después, una muchacha escribía: “Trataré de mejorar en todos los aspectos que pueda… perderé peso, me compraré nuevos lentes, ya me hice un nuevo corte de pelo, buen maquillaje, ropa nueva y accesorios”. Resulta un poco extrema la comparación, y no generalizable, pero habla de una postura que sí está bastante extendida y cuyas manifestaciones pueden verse en su máxima expresión en las redes sociales.

Una chica llamada Sarah le explicó a Orenstein cómo, parándose con un pie hacia adelante, con la rodilla ligeramente girada, el cuerpo se ve más estilizado: “La gente aprende las formas de posar en las fotos para verse bien en Facebook e Instagram. Yo lo hago. Una mano en tu cadera, eso también te hace ver más delgada”. Según Adriana Manago, una investigadora del Children’s Digital Media Center de Los Ángeles consultada por la autora, los chicos empiezan a “hablar de sí mismos como una marca más que como algo que se desarrolla desde adentro”, y “sus amigos se vuelven una audiencia que debe ser conservada”. Tan es así que hay cifras en Estados Unidos que indican que en 2011 aumentaron 71% los implantes de mentón porque las chicas querían verse mejor en las selfies del baile de graduación.

El porno como ejemplo. Algo que alarmó a Orenstein fue cómo las chicas tomaban el porno al que accedían como una clase de cómo deberían actuar durante el sexo. “Los jóvenes (…) tienen un sentido del bien y del mal. Pero si están repetidamente expuestos a determinados temas, están más propensos a tomarlos, internalizarlos y hacerlos parte de su libreto sexual”, escribe la autora.

“El porno tiene este terrible efecto en cómo se supone que las mujeres deben verse, particularmente durante el sexo”, le dijo a Orenstein la psicoterapeuta Leslie Bell, autora de “Hard to Get: Twenty Something Women and the Paradox of Sexual Freedom”. “Existe la idea de que alguien estará evaluando tu apariencia no solo fuera del dormitorio, que antes también se daba, sino también durante el sexo, que tu cuerpo tiene que lucir de determinada manera. Es mucha presión e induce a la vergüenza, porque los cuerpos no se ven así naturalmente”. Si eso es lo que ven y la información a la que están expuestas, entonces es raro que no lo tomen como modelo.

“Las chicas con las que hablé algunas veces se desconectaban de su cuerpo durante el sexo, mirando y evaluando sus encuentros como espectadoras”, dice Orenstein. Sobre eso le habló una de sus entrevistadas: “De pronto mi mente cambia y ya no soy una persona real: es como, ‘esta soy yo actuando. ¿Qué tan bien lo estoy haciendo?’. O, ‘esta es una posición difícil, pero no tiembles’. Y me encuentro pensando, ‘¿qué haría ella?’. Y ni siquiera sé a quién estoy interpretando, quién es ‘ella’. ‘Ella’ es una chica inventada, tal vez la chica del porno”.

Ellos tampoco son inmunes a lo que ven, y de alguna manera intentan reproducirlo. “Creen que ese ‘martilleo’ es lo que las chicas quieren. No se dan cuenta de que eso no es placentero. Es todo lo que saben. Es todo lo que ven”, le dijo a la autora una alumna de segundo año del California College. “Si solo estás saliendo casualmente con alguien, como en un plan de una noche o algo así, solo finges el placer”.

Evitar el conflicto. Que el sexo oral se popularizó entre los adolescentes ya es sabido. Lo que antes era aún más íntimo que la relación sexual, hoy es moneda corriente, y las cifras de adolescentes que lo practican indiscriminadamente es alarmante. Un artículo de “The New York Times” del año 2000 citado en el libro decía que, ya entonces, “las niñas de 13 años estaban tratando la felación como un apretón de manos con la boca”. ¿A qué se debe este fenómeno? Según Orenstein, la razón para que las chicas lo practiquen con tanta (aparente) liviandad es “mejorar sus relaciones”: “Por años, los psicólogos han advertido que las chicas aprenden a suprimir sus propios sentimientos para evitar el conflicto y preservar la paz en amistades y compañeros románticos”.

Otras veces, por increíble que parezca, es para llevar la fiesta en paz, para que no las presionen para tener sexo, para darle al otro algo a cambio de ese tiempo que les dispensaron. “A veces una chica le hace sexo oral a un chico al final de la noche porque no quiere tener sexo con él y él espera quedar satisfecho. Así que si quiero que se vaya y no quiero que pase más nada…”, le dijo una alumna de primer año de una universidad pequeña de la costa oeste de Estados Unidos. “Tiene que ver con que las chicas se sienten culpables. Si vas al cuarto de un chico y estás con él te sientes mal de dejarlo sin satisfacerlo de alguna manera. Pero es injusto. No creo que él se sienta mal por ti”, reflexionó la misma joven, porque los chicos no siempre se muestran dispuestos a devolver la atención.

Orenstein, que en alguna parte de su texto aclara que casi todas las chicas a las que entrevistó eran “brillantes, resueltas, ambiciosas”, y que “si las hubiera entrevistado sobre sus sueños profesionales o su actitud hacia el liderazgo o su voluntad de competir con los chicos en el aula, podría haber salido inspirada”, explica que “el sexo oral se volvió su compromiso, (…) una estrategia para quitarle las expectativas con el mínimo de revuelo físico, social y emocional”.

La que no se puede nombrar. Si algo no se nombra, o se lo llama con otro nombre, gracioso, de alguna manera se lo ignora o se le otorga una carga extra. “Cuando mi hija era bebé leí que, mientras se etiquetaban todas las partes del cuerpo de los niños (‘aquí está tu nariz’, ‘aquí están tus dedos’), los padres típicamente incluyen los genitales del varón, pero no el de las niñas. Dejar algo sin nombrar hace que quede literalmente innombrable: un vacío, una ausencia, un tabú”, dice la autora refiriéndose a la vagina.

En una entrevista con Debby Hebernick, profesora asociada de la School of Public Health de la Universidad de Indiana —donde tiene base el Centro de investigación de salud sexual fundado por Alfred Kinsey—, la especialista le explicó que “en los últimos años la autoimagen de los genitales de las mujeres jóvenes ha estado asediada, con más presión que nunca sobre ellas para ver sus vulvas inaceptables en su estado natural. Necesitan depilarlas, decorarlas, o acicalarlas antes del sexo”. “Está esta vergüenza como chica si no tienes tus genitales preparados, una sensación de que hay una posibilidad real de que alguien los juzgue”.

Casi todas las chicas con las que Orenstein habló declararon haberse afeitado o depilado su vello púbico por completo desde los 14 años en una especie de “rito de pasaje” hacia la “sexualidad adulta”.

Por un lado o por otro, todo en los relatos de la iniciación de estas chicas suena doloroso. Según la autora, mientras los hombres tienden a hablar del placer cuando hablan de sexo, las chicas hacen referencia al dolor o la ausencia de él. De hecho, según cifras que menciona el libro, 30% de las estudiantes universitarias dicen experimentar dolor en sus encuentros sexuales, contra 5% de hombres. Tal vez esa sea una de las explicaciones para los resultados de una encuesta titulada “The Sex Lives of College Students”. De ella se desprendió que “el número (de mujeres jóvenes) que ha estado fingiendo orgasmos ha ido creciendo, de menos de la mitad en 1990 a 70% hoy”. Otras explicaciones podrían ser las que sugiere la autora: “Las chicas han estado fingiendo el clímax porque estaban aburridas, cansadas, les dolía, querían que la noche terminara. A menudo estaban protegiendo el ego de su compañero, o sentían la presión de ser percibidas como que disfrutaban del sexo, aunque no fuera así”.

El alcohol y el sexo. Más de la mitad de los adolescentes pierden la virginidad bajo los efectos del alcohol, según Orenstein. El porqué tiene, para los adolescentes, varias explicaciones que, en su universo, tienen sentido. “Estar sobria es como demostrar que quieres estar en una relación, es muy incómodo”, dijo una de las entrevistadas.

Un terreno altamente fértil para este tipo de abusos son los campus universitarios. En 2016, el documental “The Hunting Ground” (disponible en Netflix) puso sobre la mesa el tema de las violaciones en las universidades estadounidenses, a menudo con miembros de fraternidades. Aunque ya hacía 25 años que el tema había empezado a hacer ruido, fue en 2015 cuando la encuesta de la Asociación de Universidades de EEUU sobre el clima en los campus, realizada a 150.000 estudiantes, mostró que un tercio de las mujeres encuestadas habían sido víctimas de contacto sexual no consentido.

“Para la primavera de 2015 más de 100 universidades estaban bajo investigación por posible mal manejo de casos de abuso sexual”, dice Orenstein. Parte del problema era que hasta entonces, según un reporte del Departamento de Justicia de fines de 2014, solo 20% de las víctimas denunciaban el abuso.

Información y comunicación. Orenstein escuchaba atentamente a Charis Denison sin dar mucho crédito a lo que oía. Esta educadora sexual —que se llama a sí misma “abogada de la juventud”— estaba incentivando a los jóvenes presentes a masturbarse. “Es bueno ser sexual con uno mismo primero. Es bueno darse cuenta de lo que a uno le gusta”, decía. Después, la autora la consultó sobre su controversial abordaje. “Los adolescentes se abstienen más cuanta más información tienen, porque tienen opciones, conocimiento y alternativas. Está claro que en este tema, cuanto menos específicos y menos abiertos somos, en más y más riesgo ponemos a nuestros chicos, y especialmente a las chicas”, explicó Denison. “Todo se reduce a la comunicación”. Su trabajo tiene que ver, según dijo, “con ayudarlos a tomar la mayor cantidad de decisiones posible que terminen en alegría y en honor antes que en arrepentimientos, culpa y vergüenza”.

A propósito de eso, Orenstein cita una encuesta realizada en 2012 a 4.000 jóvenes, que respondieron en su mayoría que, contrariamente a lo que se puede pensar, sí querían hablar más sobre sexualidad con sus padres, sobre todo antes de su primera experiencia sexual.

El diálogo debería involucrar, según la autora, no solo a hijas, sino también a hijos, aunque con otro enfoque. “Los padres necesitan discutir el espectro de presión, coerción, y consentimiento con sus hijos, las fuerzas que los llevan a ver los límites de las chicas como desafíos a superar. Los chicos necesitan entender cómo ellos, también, terminan dañados por la sexualización de los medios y el porno. (…) Tienen que saber sobre el placer de a dos y la reciprocidad”.

A los varones eso, y a las chicas, proveerlas de toda la información —en la medida de lo posible despojada de prejuicios— para tomar decisiones conscientes que las preserven a ellas y que sienten bases fuertes y positivas para una sexualidad sana y placentera.