Entre nosotros y ellos, el miedo

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Nº2038 - al de Septiembre de 2019
por Gabriel Pereyra

Nosotros y ellos. ¿Cuántas veces lo habrá escuchado? Nosotros somos caros; ellos, baratos. Nosotros somos consumidores; ellos gastan lo que no tienen. Nosotros queremos preparar a nuestros hijos para que triunfen. Ellos están condenados a que sus hijos sean los perdedores que trabajan en lo que casi nadie quiere. Nosotros, si podemos, privatizamos la educación de nuestros hijos. Ellos no pueden huir de escuelas donde la violencia manda, donde dan clases algunos de los peores docentes, donde un día hay paro por salarios, otro porque no hay policías, otro porque hay policías, otro porque una madre agredió a una maestra. Y paran incluso en escuelas donde los niños comen su única comida del día. Nosotros privatizamos la seguridad con guardias, alarmas, perros, rejas. Ellos cuentan con la Policía; el problema es que, para muchos de ellos, desde muy pequeños, la Policía está representada por un uniformado que entra violentamente al rancho durante un allanamiento. Nosotros y ellos nos parecemos en algo: andamos armados.

Quizás el espíritu timbero de la nación lleve a unos y otros a intentarlo con la ruleta rusa. Nosotros tenemos mutualistas y seguros privados. Ellos pudieron, por fin, inscribirse en una mutualista. Pero la carroza se transformó en caravana cuando, con la primera enfermedad complicada, le llegó la cuenta del médico, el especialista, la tomografía, los medicamentos. Medio sueldo. Nosotros vemos el embarazo adolescente como un accidente, algo exótico. Ellos contribuyen al aumento poblacional, a veces a través de las madres-niñas, pequeñas panzas que, en ocasiones, no cuentan con la compañía de un futuro padre.

Nosotros procuramos casas con ambientes para cada niño y niña porque los psicólogos dicen que cuando “los chicos crecen, habrá que ir escuchando sus deseos, y es de esperar que cuando el mayor esté cerca de los 10 años empiece a manifestar deseos de autonomía, sobre todo si se trata de hermanos de distinto sexo”. Ellos no eligen: duermen 10 en una pieza, allí madrugan los que trabajan, allí lloran los bebés, allí embarazaron a la adolescente de la casa, allí se cocina, allí se come… Nosotros lloramos jóvenes muertos en accidentes de tránsito o de enfermedades inesperadas. Ellos también, pero en la lista de llantos hay decenas y decenas de cadáveres llenos de plomo. Nosotros somos violentos con nuestras mujeres, con nuestros niños. Ellos son violentos con sus mujeres, con sus niños. Nosotros procuramos que los niños desarrollen cultura de trabajo. Ellos a veces tienen la suerte de que el nene de la casa lleva el sustento porque el narco del barrio le dio trabajo.

Nosotros compramos la droga que ellos venden. Ellos no solo la venden y consumen, la defienden con su vida. Nosotros vemos películas de sicarios. Ellos, o son sicarios o piden permiso cada día a los sicarios para transitar por la esquina que estos dominan. Nosotros disimulamos nuestra preocupación por ellos, cuando lo que nos preocupa es el nosotros. Ellos lo saben bien y llevan varias generaciones acumulando rencor. Nosotros, desidia; ellos, rencor. Nosotros pensamos que ellos tienen la cabeza hueca, pero no, ellos piensan, lo que pasa es que no nos gusta lo que ellos piensan. Por ejemplo, con nuestra capacidad de diferenciar lo bueno de lo malo, lo pobre de lo rico, lo marginal de lo integrado, definimos que hay un nosotros y un ellos.

Pero todo es tan evidente que ellos no necesitan ser ingenieros para darse cuenta de lo mismo que nosotros. Incluso no solo lo ven, sino que, con base en esa observación, actúan. Y hay veces que vienen por lo de ellos, por lo que creen que debió ser de ellos si les hubiese tocado ser nosotros. Y además saben que no necesitan hacer nada para que nosotros temamos. Saben muy bien que nosotros tenemos miedo a sus hijos descalzos, sin educación, drogadictos, armados a la cintura, que paren en la adolescencia entre chanchos y gallinas a un bebé que será el número ocho para vivir en la única pieza que se llueve. ¡Cómo no tener miedo! Quizás sea el único sentimiento humano que ellos nos generan a nosotros.

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