Exilios, capital humano y territorios

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Nº1934 - al de Septiembre de 2017
por Fernando Santullo

Hace algunas semanas, ocupé este espacio con un comentario sobre el voto exterior. En él decía que habilitarlo era una forma de abrir una vía a la captura del importante capital social, cultural y económico que carga la diáspora uruguaya. Como ocurre con temas que dividen aguas de manera radical, fui acusado de operar para cada uno de los partidos políticos, de ser un arrogante que trataba a los uruguayos que viven en el país de tarados y de oportunista, sin más.

Como entiendo que las mejores explicaciones las dan los ejemplos, creo que el caso de los exiliados republicanos españoles en México resume bien qué es capturar un capital cultural y social que está fuera del país. Por supuesto, el ejemplo no es trasladable de manera directa ni tampoco asimilable. Que se garantice el voto exterior no asegura ni mucho menos que esos ciudadanos vayan a regresar.

Dicho esto, no es menos evidente que mantener una situación que los convierte de facto en ciudadanos de segunda, no solo no los va a arrimar al pago sino que, viendo cómo ha evolucionado el panorama internacional en la materia, comienza a tener algo de fuck off colectivo. En todo caso, el exilio republicano en México sí que sirve de ejemplo de cómo una política de Estado destinada a dar una oportunidad de vida a miles de refugiados supo aprovechar al mismo tiempo un enorme capital cultural y social que estaba desfalleciendo en un limbo. Ahora, yendo a los bifes…

En 1938, el gobierno del presidente mexicano Lázaro Cárdenas había completado el proceso de nacionalización de los ferrocarriles y de la industria petrolera de su país. Esto había provocado la ruptura de relaciones con el Reino Unido, de donde era la mayor parte de las empresas en ambos sectores. En ese contexto es en el que Cárdenas decide prestar atención a Daniel Cosío Villegas, su encargado de negocios en Portugal, quien había planteado la idea de llevar a México importantes contingentes de españoles del bando republicano, que comenzaban a languidecer y pasar penurias en los campos de internamiento franceses.

Así, en junio de 1939 comenzaron a llegar los primeros refugiados españoles a México, en barcos fletados a medias por el gobierno de ese país y por organizaciones republicanas. Se calcula que entre ese año y 1942 llegaron entre 25.000 y 30.000 exiliados. Y se calcula que de ellos, la cuarta parte eran intelectuales o gentes relacionadas con el arte y las ciencias. Cosío Villegas y Cárdenas lo tuvieron claro desde el comienzo: además de tener un gesto solidario con miles de ciudadanos españoles, se trataba también de dar a esos creadores y científicos la posibilidad de seguir desarrollando sus actividades en otro país. En el entendido, claro, de que estas actividades redundarían en beneficios para la sociedad mexicana en su conjunto. En resumen, solidaridad, sentido de la oportunidad y visión en el mediano y largo plazo.

Entre los hechos tangibles que se pueden considerar resultado de ese éxodo masivo está la creación de El Colegio de México, fundado como La Casa de España en México y actualmente una de las instituciones académicas líderes en América Latina. También el reforzamiento del profesorado en el sistema de universidades públicas, en especial en la UNAM, el impulso a la creación del Instituto Politécnico Nacional y la explosión editorial del Fondo de Cultura Económica, un emprendimiento público y privado que hasta el día de hoy continúa publicando excelente material.

A eso se agrega la creación de escuelas e institutos de secundaria y preparatoria como el Luis Vives, el Colegio Madrid y otros que fueron fundados posteriormente por exalumnos de esos y otros centros. Más la intensa actividad invisible de miles de trabajadores con calificaciones de lo más variadas, en decenas de áreas de la actividad económica. En lo que a mi experiencia personal se refiere, cursé la secundaria y la preparatoria en uno de esos institutos y hasta el libro de Ejercicios Ortográficos que usé en segundo de secundaria fue escrito por un exiliado, el cacereño Agustín Mateos Muñoz.

En definitiva, se trató de un exilio que tras ser acogido por México, modificó de manera radical y para bien a ese país. Y al mismo tiempo, esto conviene no olvidarlo, dejó un agujero en España que, combinado con la larga permanencia del franquismo, aún sigue costando trabajo llenar.

¿Se puede concluir a partir de lo expuesto que, en caso de habilitar el voto exterior, vaya a ocurrir algo parecido en Uruguay? Claramente, no. ¿Se puede entender que de la buena gestión de los capitales de una ciudadanía que se encuentra en el exterior de un territorio, pueden derivarse mejoras dentro de ese territorio? Rotundamente, sí. Pero para eso es necesario salir de la trampa binaria del ellos y el nosotros, del adentro y el afuera, de la ciudadanía atada a un territorio, del pensamiento romántico decimonónico que nos dio bellezas como los sangrientos himnos patrios. Para ello hace falta imaginar un sentido de comunidad construido por los lazos del deseo compartido y ordenados por una legalidad que los apuntale.

Lo que propongo es un ejercicio, uno que logre imaginar un arco largo de eventos, uno que no cuestione ferozmente cada una de las condiciones previas y se permita jugar con la idea. Una idea que, a la luz del ejemplo expuesto, podría tener sentido y no ser un delirio. Por supuesto, se necesita un buen número de what if en el medio. Pero joder, si Uruguay se puso a legalizar el porro sin pensar demasiado en la legislación bancaria internacional, no parece un ejercicio especialmente arriesgado ni excesivo.

Que en un país fundado casi en exclusiva sobre las migraciones se trate como ciudadanos de segunda a quienes se han trasladado al exterior, es raro. Es, de hecho, una patadita en las costillas a todos los abuelos que han votado todos estos años en sus países de origen y con los que, en muchos casos, mantienen vínculos sólidos. Es seguir ensimismados mientras el mundo cambia, las oportunidades pasan y ya no vuelven.