Flor de negocio

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Nº1934 - al de Septiembre de 2017
por Claudio Paolillo
Claudio Paolillo

¿Qué es más fácil en Uruguay? ¿Poner una compañía privada, pagar los impuestos y asumir todos los riesgos inherentes a una actividad emprendedora? ¿O hacer negocios con el Estado y asegurarse un mercado cautivo?

La segunda opción es, claramente, la más sencilla y redituable en un país con un Estado que emplea al 20% de su población económicamente activa y que vende combustibles, electricidad, agua, servicios sanitarios, teléfonos, seguros, dólares, alcohol, cemento y hasta perfumes. Es más: es flor de negocio.

Por eso, no sorprenden en absoluto algunos datos de la Agencia de Compras y Contrataciones del Estado (ACCE) difundidos la semana pasada por Búsqueda (Nº 1.933).

El artículo nos pone en antecedentes sobre la lluvia de útiles de oficina que alimenta anualmente a ese ogro enorme y pesado; lluvia imprescindible para desarrollar las tareas autoimpuestas de emplear a la quinta parte de los trabajadores e incursionar en casi todos los quehaceres humanos.

Decenas y decenas de miles de biblioratos de cartón, bolígrafos, cajas archivadoras plásticas, carpetas con elástico, cintas adhesivas transparentes, lápices, sobres, protectoras para hojas, cuadernos, marcadores de fibra, grapadoras, aprietapapeles, gomas de borrar, blocks rayados, correctores líquidos, perforadoras, tijeras, sacapuntas, computadoras de todo tipo, materiales de construcción, vestimentas y equipos energéticos son arrojados cada año a la boca de ese monstruo insaciable que todo lo hace, todo lo puede y todo lo compra.

Los datos de la ACCE refieren a unos 23 millones de pesos gastados cada 12 meses, pero la cifra es una estimación que se queda corta, porque al tratarse de artículos de precio unitario reducido, las adquisiciones suelen no superar el monto a partir del cual es obligatorio publicar online las compras y contrataciones del Estado.

Sea cual sea la cifra real, estamos hablando siempre de mucho dinero que es sustraído de los bolsillos de los contribuyentes. Si el Estado ya mete mano por la vía de impuestos por todo lo que comercializa en régimen de monopolio, además precisa volver a hacerlo para reaprovisionarse de los elementos necesarios para que sus jefes y empleados nos sigan esquilmando.

Un porcentaje no determinado de lo que pagamos cada vez que adquirimos una remera, un televisor, un par de zapatos, un café o un paquete de yerba está destinado a financiar la compra de los sacapuntas que utilizarán, por ejemplo, los funcionarios de la DGI para afilar el lápiz y avisarnos con prontitud que nos caerán con “todo el rigor de la ley” si no pagamos en fecha el IVA o el IRPF.

Kafka se haría un festín si se diera una vuelta por Montevideo. El Estado uruguayo sería una novela en sí que no precisaría de su genial inventiva. Se escribiría sola, apenas observando la realidad con un poco de atención.

Para hacerlo más tragicómico, el informe de la ACCE dice que el 94% de las adquisiciones de útiles de oficina se concretaron bajo el régimen de “compra directa” y solo 5% por licitación. ¿Por qué? Porque los organismos estatales compradores “buscan evitar los plazos engorrosos de la licitación pública”.

Además, el 82% de las empresas que vendieron al Estado todos esos materiales lo hicieron ya en más de 10 ocasiones. “Esto muestra que los adjudicatarios tienden a repetir su experiencia; es decir, que algunas empresas podrían estar teniendo un mercado cautivo en el sector público”, sostiene la ACCE. Como el Estado es, en general, muy buen pagador, se trata de un negocio redondo.

Cuentan que una vez, un conde millonario le regaló al papa Pío IX una importante suma de dinero en una caja que tenía la forma de un libro. “Gracias”, le dijo el Papa y, mirando con curiosidad la forma de la cajita, preguntó sonriéndose: “¿Cuándo aparecerá la segunda edición de este libro?”.

Parecida a esa es la respuesta que, día tras día, ofrece a los sacrificados contribuyentes uruguayos el Estado glotón que padecemos. Alguna vez, de tanto tragar, se empachará. Habrá llegado entonces la oportunidad de cortarle la cabeza de una buena vez.