Frankenstein

5min 13
Nº1914 - al de Abril de 2017
por Claudio Paolillo
Claudio Paolillo

La inconciencia e insensibilidad de los uruguayos respecto al patrimonio histórico y cultural del país es una característica de esta sociedad. A nadie se le ocurre en París construir un edificio frente a la Torre Eiffel, ante el museo del Louvre o en el medio de la Place des Vosges. En Alemania, solo un demente puede abrigar la idea de demoler la puerta de Brandenburgo. En Uruguay, en cambio, todo es posible.

El jueves 6, Búsqueda informó sobre la enésima polémica entre autoridades nacionales y departamentales, empresarios y vecinos, respecto a la eventual demolición de una de las casas emblemáticas de Montevideo, que debió ser saldada con un simple “no se toca”. Pero no: bien “a la uruguaya”, una comisión convocada por la Intendencia capitalina resolvió no tirar abajo el inmueble y, a la vez, meterle arriba y atrás un edificio de 14 pisos.

Se trata de una de las cuatro obras mayores del excéntrico ingeniero y arquitecto Humberto Pittamiglio. La más conocida es el castillo Pittamiglio, que está sobre la Rambla con la Victoria de Samotracia como proa. En este caso, es la casa donde funcionó durante décadas la confitería Cantegril —hoy, cerrada—, en 21 de Setiembre y Williman.

La arquitecta Laura Alemán, que integra el Instituto de Historia de la Facultad de Arquitectura, saltó como un resorte cuando se enteró. “Hay que mantener una decision firme y clara”, dijo. “O demolemos o mantenemos, pero este Frankenstein no es un buen resultado para la ciudad”.

Los edificios, residencias, monumentos, murales, teatros, restaurantes, iglesias y cafés, son, entre muchas otras cosas, lo que marca la identidad de una ciudad o de un país como tales. ¿Cuánta cultura, cuánta historia, cuánta literatura se esfumó de Montevideo cuando cerró el Sorocabana? ¿Y cuando fue demolido el “Conventillo de Medio Mundo”? ¿Cómo se convive con el nivel de frustración que genera ver todos los días el estado calamitoso de la fabulosa Estación Central de ferrocarriles? ¿No advertimos que cuanto más descuidemos esos símbolos, más nos parecemos a una provincia olvidada de Argentina en lugar de la nación que decimos constituir?

La arquitecta Alemán fue al punto: “valorar qué es patrimonio no es una ciencia exacta. En general, surge de un acuerdo social. ‘Este bien me pertenece porque es parte de mi identidad y tiene valor porque así lo reconozco’ (…). Siempre hay una valoración histórica y estética”.

La casa construida por Pittamiglio no está protegida por ninguna disposición legal. De modo que sus propietarios pueden venderla a quien quieran y los promitentes compradores tienen derecho a hacer su negocio y adquirirla. Nadie está haciendo nada illegal ni ilegítimo. Sin embargo, el Estado, considerando la importancia que ese bien inmueble tiene como valor intangible para la sociedad, debería estimular a los dueños a no vender y, naturalmente, compensarlos económicamente. Y no es cuestión de darles plata. Es cuestión de desgravarlos totalmente de impuestos y, por ejemplo, imaginar posibilidades como la transformación de la vieja confitería en un museo que puede no costarle un centavo al erario público si la autoridad competente se lo da en concesión a un emprendedor privado.

Pero, ¿cómo pensar en semejantes cosas en una sociedad que no tiene arraigada en su conciencia colectiva la noción de que el patrimonio histórico y cultural de un país debe ser conservado?

El 8 de octubre del 2015, en una entrevista con Búsqueda, el decano de la Facultad de Arquitectura de la Universidad estatal, Gustavo Scheps, hizo una propuesta concreta. Nadie recogió el guante, como era de esperar, pero vale la pena recordarla.

Scheps dijo que “la escuela y el liceo son ideales para cultivar la sensibilidad hacia el espacio público. En Florida hubo toda una investigación que los chicos hicieron sobre el liceo, que les permitió reconocerlo como suyo. Ahí está la clave del patrimonio: uno quiere y protege las cosas que tienen sentido para uno. Cuando alguien ataca, vandaliza o desconoce algo es porque no representa nada para él”.

Unos días antes de la entrevista, un grupo de anormales habían pintarrajeado los mármoles del Palacio Legislativo. Scheps afirmó que ese hecho “llamó mucho la atención porque es un edificio que representa algo muy importante para la sociedad, más por su valor simbólico que por su propia arquitectura”. Y, enseguida, agregó: “el problema mayor es que el vandalismo a edificios y a espacios públicos se comete todos los días; ya es un dato natural, como sucede con la Biblioteca Nacional”, inaugurada hace 200 años. Cuando grafitean ese edificio, expresó Scheps con prudencia, los autores del acto vandálico no están “decodificando adecuadamente ese espacio público. Ese edificio es visto solo como un soporte de otra cosa y sus enormes condiciones de disfrute no son advertidas porque no hay formación al respecto”.

“Esa formación no existe y nosotros estamos preocupados por eso, tratando de desarrollar un proyecto a nivel escolar y de secundaria para aportar esa formación. (…) Hablamos de entender el marco físico para construir civismo y ciudadanía”, explicó.

El decano señaló que no es preciso que haya una obra de un autor famoso para definir el patrimonio histórico y cultural de una ciudad o de un país. Dijo que durante el siglo XX, en Montevideo, hubo dos épocas muy marcadas en los años ‘20 y ‘50. “Se hicieron obras muy importantes que definieron la Montevideo que hoy conocemos, como la Rambla, una obra de los años ‘20 que dio vuelta Montevideo, volcó una ciudad introvertida hacia la costa y la puso de cara al mar”, precisó. La Rambla, es, precisamente, parte fundamental del patrimonio uruguayo. ¿Alguien imagina hoy a Montevideo sin Rambla?

Además, añadió el académico, en los barrios Cordón y Parque Rodó “abundan las viviendas de estilo italiano, la típica casa con claraboya, muy flexibile, con una capacidad increíble de reconversión. Eso es maravilloso, un fenómeno sin dudas saludable”.

O sea: antes eran considerados parte del patrimonio solamente los edificios excepcionales. Ahora también se agregan a ellos tramos de las ciudades y conceptos intangibles, como las puestas del sol observadas desde la Rambla con termo y mate.

El decano observó que la Estación Central de AFE “es un edificio de un valor extraordinario, hecho por un arquitecto importantísimo, un pionero, Luis Andreoni. Cuando entrábamos a la facultad era un croquis obligatorio: todos íbamos a dibujar la estación. El efecto de ese abandono es el deterioro de todo el barrio”.

Ese ejemplo de deterioro debería tranformarse en un espacio colectivo orientado a la cultura, en una estructura mixta. “La cultura no es incompatible con oficinas, comercios o locales de comidas. Ese mix supone también una gestión público-privada. No pienso en un espacio sacro, aislado, sino bien mezclado, que se recupere aquel espíritu diverso y ruidoso”, dijo Scheps.

Cuentan que Murillo, el afamado pintor español del siglo XVII, fue consultado un día por el superior de un convento acerca de por qué no terminaba uno de sus cuadros religiosos que representaba a Cristo. “Estoy esperando que Cristo venga a hablarme”, respondió el artista.

Esta anécdota viene a cuento porque la sociedad uruguaya lleva décadas de desdén en relación con el mantenimiento de su patrimonio. Hay que poner manos a la obra con convicción y lo antes posible. Cristo no va a venir a hablarle a nadie para que eso se concrete.

Regístrate sin costo, recibe notas de regalo.