Hace un siglo, una embarcación uruguaya incursionaba por primera vez en la Antártida, con una tripulación formada por voluntarios tan valientes como carentes de experiencia en el hostil mar austral; la empresa hoy es considerada un hito de la historia naval nacional

La aventura oriental en el continente blanco

13min
Nº1876 - al de Julio de 2016

“Salimos hoy en una expedición muy difícil. Los acompañaré, ya que van en auxilio de mis camaradas. Pero debo advertir a todos, oficiales y subalternos, que hay un noventa por ciento de posibilidades de que no regresemos jamás. Conozco los peligros del Polo. Por eso el que quiera quedarse en tierra, podrá hacerlo”. Así dijo el teniente de navío de la reserva naval británica sir Ernest Shackleton a la tripulación del buque uruguayo Instituto de Pesca Nº 1 en Port Stanley, Islas Malvinas, el 17 de junio de 1916. La nave había arribado el día anterior desde Montevideo para cumplir una misión humanitaria: rescatar a 22 náufragos ingleses, confinados en una remota isla del archipiélago de las Shetland del Sur, en el mar de Weddell. Era la primera vez que una embarcación oriental iba a incursionar en la Antártida, y ninguno de sus tripulantes tenía experiencia en la navegación en mares australes. El “Instituto" (como lo llamaban, abreviando su nombre) era un barco pequeño y con casco de metal, característica que supondría una desventaja en medio de los hielos antárticos. De ahí que la prensa de aquellos días destacara, básicamente, dos aspectos del emprendimiento: el peligro que entrañaba y la valentía de quienes lo acometían, todos ellos voluntarios. De ahí, también, la difusión internacional que se daba a la noticia, así como la expectativa acerca de cuál sería el desenlace de aquella aventura. 

Aquel episodio, ocurrido hace ahora un siglo, fue relatado por el capitán de corbeta Juan José Mazzeo en el libro “1916: Marinos Uruguayos en la Antártida” (1989), que recoge, de diversas fuentes, información pormenorizada que permite seguir el día a día del osado intento, recientemente conmemorado por la Armada nacional como un hito en los anales de la marina uruguaya. 

LOS NÁUFRAGOS DEL ENDURANCE. El irlandés Shackleton estaba preocupado porque el Reino Unido iba a la zaga en las exploraciones polares. EEUU y Noruega estaban superándole. Él, que había explorado la Antártida en 1901 integrando la expedición de Robert Scott, y en 1908 al frente de su propia empresa, concibió un plan de largo aliento consistente en atravesar el continente helado. Corría entonces 1914 y faltaban pocos meses para el inicio de la I Guerra Mundial. Al Almirantazgo no le atraía demasiado la idea; tenía otras preocupaciones. Con ayuda privada, el nauta —de 40 años— logró equipar dos embarcaciones. Una, llamada Aurora, debía dirigirse al mar de Ross para establecer depósitos de víveres destinados al aprovisionamiento de los expedicionarios que irían a bordo del bergantín Endurance con el objetivo de llevar a cabo la parte sustancial del proyecto. Su destino eran las islas Georgias del Sur, en el mar de Weddell. El barco zarpó rumbo a Sudamérica en agosto de 1914, justo cuando en Europa empezaba la guerra. Shackleton comandaba a 27 hombres.

El 9 de octubre, el Endurance atracó en Buenos Aires, y el 26 zarparon hacia su objetivo. Unos meses después, a principios de 1915, atravesaron los primeros hielos. El 24 de enero tuvieron ante sí imponentes témpanos que ni la más furiosa tormenta conseguía abrir y comprendieron la inutilidad de todo esfuerzo por seguir adelante. El Endurance quedó atrapado y un mes más tarde, Shackleton debió admitir que el bergantín “ya no cortaría olas con su roda”.

Después de arriar las embarcaciones menores, las provisiones, los perros y los trineos, los expedicionarios abandonaron el Endurance, sujeto a la amenaza de irse a pique o de ser destruido por las paredes de hielo que lo rodeaban. ¿Qué opciones había? Caminar sobre la superficie del campo helado o dejarse llevar por los icebergs. Se eligió esta última, por ser menos riesgosa, y así el campamento marchó a la deriva. En marzo de 1916, el comienzo del deshielo redujo el área del témpano en que flotaban los náufragos. Surgió entonces la necesidad de abordar tierra firme. El 7 de abril se acordó usar los botes y una semana después llegaban a la Isla del Elefante, un sitio fijo pero inhóspito.

Shackleton resolvió partir en busca de ayuda hacia la isla Georgia del Sur a bordo de la ballenera James Caird, junto con cinco compañeros. El 30 de abril pusieron pie en la costa occidental de la isla. Lo que hallaron fue una absoluta desolación. Debieron cruzar el escarpado suelo insular hasta llegar a la parte oriental, en un “viaje estremecedor”, para cobijarse en un asentamiento ballenero. Tres de los expedicionarios se quedaron allí en espera de un barco que los devolviera a Europa, mientras el comandante, el capitán Frank Worsley y el 2º oficial Thomas Crean cambiaban de embarcación —tomaron un ballenero de mayores dimensiones, el Southern Sky— esperando rescatar con él a los 22 hombres de la Isla Elefante. Les faltó carbón para alimentar la máquina y les sobraron amenazas: los hielos eran impenetrables. Así, sin dudarlo, enfilaron hacia las Islas Malvinas. Una vez en Port Stanley, donde a los kelpers les asombró conocer los detalles de las peripecias que estaban pasando, Shackleton telegrafió a Londres la noticia que recorrió el mundo: el Endurance se había perdido irremisiblemente pero sus tripulantes estaban vivos, aunque en condiciones extremas que determinaban la urgencia de darles auxilio.

EXPEDICIÓN URUGUAYA. En Montevideo pronto se formó un movimiento para socorrer a los marinos británicos. El gobierno tomó las riendas de la iniciativa y armó una expedición de salvamento. Los gastos correrían por cuenta del erario.

El presidente de aquellos días, Feliciano Viera, respaldó un plan que trazaron los ministros de Guerra y Marina, Joaquín Sánchez, y de Industrias, Juan José de Amézaga. La cartera de Industrias asumió un papel de gran importancia porque, si bien la misión tenía carácter militar, iba a realizarse con un buque pesquero que Uruguay tenía en servicio desde 1914. El barco, llamado Instituto de Pesca Nº 1, medía 45,6 metros de eslora y su máquina de 480 hp, accionada a vapor, le permitía desarrollar una velocidad de entre 10 y 12 nudos horarios. Como medio de propulsión auxiliar disponía de velamen. 

Desde las Malvinas, Shackleton envió indicaciones sobre los aprestos que sería menester hacer para enfrentar los rigores polares. Según anotó Mazzeo, hubo quienes hablaron de una expedición uruguaya pero manejada por los británicos o, en el mejor de los casos, mixta. El autor niega esta tesitura y sostiene que todo se hizo bajo la dirección exclusiva de Uruguay. Declaraciones de Shackleton iban a crear confusión a su debido tiempo, como se desprende de comunicaciones que hizo luego este explorador valiente aunque “empecinado, extraño y presumido”.

Lo cierto es que para constituir la tripulación se convocó a voluntarios. En total fueron escogidos 31, la mayoría marinos militares. Al mando se designó al teniente de navío Ruperto Leopoldo Elichiribehety Arhancet, un carolino de 28 años que había egresado como guardiamarina en la primera promoción de la Escuela Naval, en 1909. Le secundaban cuatro alféreces (uno catalán) y un teniente de navío inglés.

En un alarde de eficiencia, al “Instituto” lo prepararon para zarpar en apenas tres días. En ese lapso no solo embarcó agua potable, provisiones y carbón, sino un transreceptor de telegrafía sin hilos (TSH) con alcance de 200 millas, mientras sus cámaras frigoríficas eran convertidas en alojamientos y depósitos. Se instaló un equipo de calefacción y un cañón de tiro rápido, y la tripulación recibió fusiles Máuser modelo 1908.

Cuando todo estuvo listo se informó que había provisiones para tres meses de las 57 personas con las cuales se confiaba regresar; es decir, los 32 tripulantes, los 22 náufragos, Schackleton y los dos oficiales ingleses que con él aguardaban en las Malvinas.

ENTUSIASMO Y FRUSTRACIÓN. Por fin, el 8 de junio el “Instituto” zarpó rumbo al sur. En el puerto estaban las autoridades y unas 5.000 personas. 

Tras ocho días completó la primera etapa de su singladura. Shackleton se unió a los uruguayos en Port Stanley y lo primero que hizo, luego de agradecer su ayuda y enterarse —atónito— de que todos eran voluntarios, fue prevenirles sobre los peligros de la misión. Si alguno quería quedar en tierra, enfatizó, podía hacerlo. Ninguno aceptó. Así, el barco emprendió, el 17 de junio, la etapa decisiva de la misión. 

El tiempo, en general bueno, facilitó la navegación, y el 20 de junio el alférez Juan José Sanmartín avistó los primeros hielos. El 22, el comandante Elichiribehety ordenó ir hacia la Isla Elefante, cuyas alturas montañosas se habían percibido el día anterior “entre las brumas polares”, como escribió Mazzeo.

Se estaba de ese modo en el punto culminante de la expedición. De ahí en adelante todo sería abrirse paso hasta donde estaban los 22 náufragos. Sin embargo, no pudo hacerse nada. La isla estaba rodeada por una faja de hielo. Ese cinturón, de veinte millas de ancho, era un obstáculo insalvable.

Los marinos uruguayos pensaron entonces en llegar hasta los náufragos con esquíes o trineos. Nada de eso serviría, sostuvo el irlandés, debido a las grietas que rasgaban la superficie del campo helado. Solo había una solución en pie: regresar.   

Hicieron entonces una reunión para decidir qué hacer y se acordó seguir el consejo de Shackleton. En definitiva, la misión no llegó a cumplirse pero el Instituto de Pesca Nº 1 acababa de intentarlo todo para llevarla a buen término. Asimismo, se había convertido en el primer buque con casco de metal en adentrarse en la Antártida. En aquella época era preferible el casco de madera por resistir “deformaciones no permanentes, y una vez que cesa la presión de los hielos las piezas (…) tienden a volver a su lugar, recobrando aquel su forma”.

La vuelta a Malvinas fue en severas condiciones. Mar gruesa y vientos fuertes castigaron al “Instituto”, que debió navegar a vela durante la mañana del día 22 a causa de fallas en el condensador de vapor. Así y todo, el 25 la nave arribó a Port Stanley. Desde allí, el comandante telegrafió a Montevideo solicitando ir a dique en Punta Arenas, Chile, donde se harían reparaciones y luego volver a la Isla Elefante para auxiliar a la gente del Endurance. Al principio le dijeron que sí, pero después se dio orden de retornar a Montevideo. Ocurría, como surge de evidencias documentales, que Shackleton desaconsejaba esta operativa porque el barco no era “lo suficientemente fuerte como para resistir la presión de los témpanos”.

Elichiribehety obedeció la orden del gobierno y el “Instituto” levó anclas en Port Stanley rumbo a Montevideo, donde llegó el 14 de julio. Al entrar en la bahía, a las dos de la tarde, unas diez mil personas le dieron la bienvenida mientras sonaban las sirenas de todas las embarcaciones presentes. Durante los días siguientes hubo recepciones, banquetes y actos diversos en homenaje a la tripulación.

Por su parte, Shackleton se había trasladado a Punta Arenas y en ese puerto consiguió aparejar una goleta, la Emma, con la cual marchó a las Shetland para rescatar a sus compañeros. Al cabo de tres semanas, se supo que había fracasado. En Gran Bretaña comenzaron entonces preparativos tendientes a enviar al Discovery, una nave mucho más apta. Pero, en el ínterin, el gobierno de Chile despachó al escampavías Yelcho, que alcanzó la Isla Elefante, rescató a los náufragos y los devolvió a la civilización a principios de setiembre de 1916. Su afligente aislamiento había durado casi cinco meses. En ese lapso sobrevivieron gracias a la caza y a lo que les restaba de los víveres.

CONTRADICCIONES. La conducta de Shackleton acerca de la misión del “Instituto” fue por momentos contradictoria. Esta circunstancia dio lugar a algunos malentendidos frente a los cuales, empero, nadie puso en entredicho ni su competencia ni sus logros como explorador.

Ya se ha visto que juzgó al pesquero uruguayo débil ante la presión de los hielos; esta era una opinión atendible. No obstante, en una comunicación dirigida a Elichiribehety afirmó que la travesía no habría podido realizarse debido a la “precaria situación de la máquina” y en su libro “South”, publicado en 1919, aseveró que “faltaba carbón (en cantidad suficiente) a bordo”. Esto último no parece de recibo, si se considera que el barco había carbonado hasta con exceso antes de salir de Port Stanley.

Pero es innegable que sus advertencias en cuanto a suspender la expedición fueron oportunas y valiosas. De otro modo, el pesquero y toda su tripulación habrían caído en una trampa sin salida. 

Finalmente, los tripulantes del “Instituto" volvieron a sus funciones habituales a fines de julio, hace ahora 100 años, cubiertos de loas por su coraje y determinación. El día del regreso, el comandante había entregado la bandera que enarbolara el barco a Justino Jiménez de Aréchaga. El ministro de Industrias agradeció el gesto y anunció que la bandera sería entregada a un museo en recuerdo de la hazaña.

En su discurso, el teniente Elichiribehety destacó que la enseña había “flameado a 60 grados 42 minutos latitud sur, en pleno invierno” y “recibido en sus franjas el beso de los hielos de las Shetland del Sur”. Culminó sus palabras diciendo: “Vuelve inmaculada y pura como nos la legaron nuestros antepasados”. Aquella bandera del primer buque a vapor que se atrevió en aguas del extremo austral se conserva hoy en el Museo Naval.

DESTINOS. Los diarios locales siguieron de cerca los pasos de la misión a la Antártida. En 1919 consignaron el fallecimiento de Héctor Castells, el alférez catalán, a los 28 años. Muy diferente fue el derrotero que seguiría en la vida su compañero Juan J. Sanmartín, quien se retiró en 1954 con el grado de contralmirante. Otro de los oficiales, Arnoldo Camps Molina, murió en 1965 en situación de retiro desde hacía 25 años. El comandante Ruperto Elichiribehety murió a los 41 años, después de haber sido promovido al rango de capitán de fragata y ejercido funciones en el Comando de la Armada y en la Escuela Naval como docente. A él es a quien Mazzeo dedica en su libro los más encendidos elogios, considerándolo un hombre poseedor de un “intelecto poderoso y una bondad ilimitada (…), sin mácula”.

Sir Shackleton estuvo de visita en Montevideo en 1916, después de que el escampavías chileno hiciera el salvataje. Antes, él y los suyos se habían trasladado a Buenos Aires, ciudad en la que algunos quedaron, mientras otros volvían a su país para sumarse a la lucha en la I Guerra Mundial.

Seis años más tarde, en 1922, el buque Profesor Gruvel hizo escala en Montevideo y de a bordo fue bajado por unas horas el féretro en que reposaban los restos del intrépido irlandés, quien perdió la vida durante una campaña de exploración polar en Georgia del Sur. El gobierno dispuso que se le tributaran honores de ministro de Estado. El Reino Unido recibió luego a este famoso héroe con la pompa debida.

Por su parte, el Instituto de Pesca Nº 1, reparado su casco y arreglada la falla mecánica, siguió siendo un pesquero. En 1936 se le rebautizó como Aldebarán y en 1942 fue transferido a la Inspección General de Marina. En 1953, con 46 años de navegación, lo compró un particular que pagó por él 500 pesos. “Después”, evoca con un tono de nostalgia Mazzeo, “vino el desguace, reduciendo a su pobre valor material la grandeza que simbolizaban aquellos restos”, que fueron a sucumbir en la playa Capurro. 

Hasta último momento, su máquina hacía oír un golpeteo porque nunca pudo repararse la avería que le quedara como secuela de su osada incursión por los dominios polares.

La historia hecha historieta

Ruperto Elichiribehety y Ernest Shackleton observan el mar. Tras ellos: el hielo, el agua helada y el buque Instituto de Pesca Nº 1. Ambos exploradores están ahora cerca de la rambla, frente al Río de la Plata, inmortalizados en trazos que recuerdan las aventuras de Tintín.

El mural recientemente inaugurado en el rincón infantil ubicado en el predio contiguo a la Plaza del Museo Naval fue realizado por el arquitecto, dibujante y diseñador gráfico Alejandro Rodríguez Juele. La imagen, en la que aparecen Shackleton y Elichiribehety en un paisaje helado, proviene de una viñeta del relato gráfico “La isla Elefante – La aventura de los pioneros uruguayos en la Antártida”, obra del propio Rodríguez Juele, publicada en 2011 y reeditada en 2016. El peligroso viaje emprendido por el grupo de marinos uruguayos que partió rumbo a la Antártida —y en especial la escasa trascendencia que tuvo esta gesta—, inspiró al artista a lanzarse también hacia la aventura: contar esta historia a través del lenguaje de las historietas. 

Rodríguez Juele conoció la historia a través de un libro de la Armada sobre la experiencia antártica de Uruguay. Lo hecho por Uruguay en la Antártida se logró, en gran medida, gracias a este viaje. Constató que la expedición, tan arriesgada y dramática, casi no tuvo trascendencia en los registros históricos. Le resultó curioso que Uruguay viva tan de espaldas al mar, cuando existe una gran cantidad de pueblos que, en condiciones similares, se lanzan a las aguas. Pero para el autor, había que hacer algo.

Tras investigar la figura de Shackleton y sus viajes, y documentarse sobre la sociedad y su época, aprovechó la oportunidad para sintetizar en las páginas del cómic algunos elementos clave de la edad de oro de la navegación.

Esta breve novela gráfica, cuyo proyecto para la publicación fue premiado por el Fondo Concursable para la Cultura, ilustra los inicios de la expedición británica, cuando Shackleton recluta hombres para hacer el viaje a bordo del Endurance y recorrer el continente helado a pie. “Se buscan hombres para un viaje peligroso. Sueldo bajo. Frío extremo. Largos meses de completa oscuridad. Peligro constante. No se asegura retorno con vida. Honor y reconocimiento en caso de éxito”, decía el anuncio publicado en los diarios ingleses. Desde el comienzo, por medio de pocos trazos, emerge con claridad el carácter del explorador, que había programado su travesía con obsesiva minuciosidad. 

Lo mismo ocurre con el perfil del teniente uruguayo Elichiribehety, el hombre que, en 1916, partiría al rescate del irlandés y su tripulación. Hay una frase que ilustra su tesón, y que está inmortalizada en una placa en Isla Elefante: “Imponer a la dura impenetrabilidad de los hielos la tenacidad perseverante de nuestra sangre”. 

Al no disponer de mucho material gráfico de la época, el historietista debió construir una maqueta del vapor pesquero uruguayo. A partir de esta maqueta realizó los dibujos del Instituto de Pesca N° 1 desde diferentes perspectivas. En la historieta se reconstruye la travesía de Elichiribehety y su bipolar relación con el expedicionario del Endurance, que logró llegar hasta las Georgias del Sur y enviar el pedido de rescate. Y así, la gesta de los marinos uruguayos a bordo de un barco de pesca tan pequeño como potente tiene, desde el cómic, un reconocimiento.