La reina de las axilas

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Nº1959 - al de Marzo de 2018
por Pau Delgado Iglesias

En enero de este año, la Intendencia de Montevideo anunció que dejaría de organizar el “concurso de belleza” de Reina del Carnaval para evitar fomentar estereotipos de género. Aunque no dijo que prohibiría los concursos de belleza, sino solo que dejaría de organizarlo, muchos se molestaron con la noticia, considerando que las feministas “se pasan de rosca” al tomar este tipo de medidas (me recuerda que a principios del siglo pasado, mujeres y hombres formaban la liga “antisufragio”, por considerar que las sufragistas “se pasaban de rosca” al pedir el derecho a votar).

Los cuestionamientos al lugar de la mujer como mero objeto de deseo datan ya de finales del siglo XVIII: la escritora y filósofa inglesa Mary Wollstonecraft afirmaba, en 1792, que “la instrucción que han recibido las mujeres hasta ahora solo ha tendido (…) a convertirlas en objetos insignificantes del deseo”. Acusaba a los hombres de “hundirnos todavía más, simplemente para convertirnos en objetos atractivos para un rato” y argumentaba que este tipo de educación convertía a las mujeres “en ridículas e inútiles cuando finaliza el breve florecimiento de la belleza”. Los argumentos de Wollstonecraft fueron, por supuesto, ignorados en su momento, y es probable que más de uno haya pensado que la señora se estaba pasando bastante de rosca con sus reclamos.

Los debates en torno al tema de la belleza siempre han sido importantes para el feminismo. Desde 1960 en adelante, el aspecto político de la belleza (o “la política de la belleza”) ocupó un lugar central en los feminismos de occidente, a la par de temas como los derechos reproductivos, la violencia contra las mujeres o la igualdad en el mercado laboral. La belleza ha sido objeto de investigación y activismo feminista desde muchos puntos de vista, pero en la última década ha resurgido el interés por este tema desde las ciencias sociales, incorporando nuevas perspectivas. Aspectos como raza, clase y nacionalidad son ahora tomados en cuenta en análisis interseccionales de la belleza, así como también el rol que tienen las nuevas tecnologías en la vigilancia extrema hacia los cuerpos de las mujeres.

Elias, Gill y Scharff (2017) argumentan que en los últimos 20 años hemos vivido una intensificación de las presiones de belleza sobre las mujeres. Esto está conectado con una variedad de cambios: sociales, culturales, económicos y tecnológicos. La enorme cantidad de teléfonos con cámaras de alta definición, así como la sobreexposición propiciada por las redes sociales, han favorecido la aparición de “formas de mirar” sin precedentes históricos: nunca antes nos habíamos sometido a este grado de vigilancia “forense” en el que vivimos. Es indudable que estamos en la era de la imagen, de la fotografía: “Solo en 2016 se tomaron 24 mil millones de selfies”, comenta Gill (2017). Toda esta atención visual tiene un fuerte impacto en las presiones de belleza, que los “productos cosméticos” saben capitalizar: cirugías estéticas, botox, liposucción, laciado permanente, blanqueamiento dental o depilación definitiva, son promovidas como intervenciones “cotidianas”, e intensificadas por la aparición de una gran cantidad de “apps de belleza”, que nos permiten visualizar cómo quedaríamos luego de diferentes procedimientos estéticos. Si bien todas estas presiones son, cada vez más, dirigidas también hacia hombres, “el escrutinio hacia las mujeres es mucho mayor, tiene una historia diferente, y una mayor importancia y centralidad en la vida de las mujeres” (Gill, 2017).

Las presiones también se han “extensificado” según las autoras, dejando muy pocos espacios libres. Al hablar de extensificación, Elias, Gill y Scharff señalan, por un lado, que los requerimientos para “verse bien” se han extendido temporalmente: las presiones de belleza alcanzan cada vez edades más tempranas en niñas, así como también se extienden en la adultez, aumentando las ansiedades frente al “envejecimiento”. Por otro lado, la extensificación refiere también a las partes del cuerpo que la industria de la belleza ha ido conquistando: desde la medida de separación entre los muslos, hasta el aspecto de los genitales femeninos (vaginoplastia y labioplastia), pasando por toda una tecnología que debemos “ingerir” para vernos bien “desde adentro” (anti-oxidantes, vitaminas, minerales, alimentos especiales, etc.).

Irónicamente, la industria de la belleza utiliza cada vez más el discurso de “la belleza real”. Si bien podemos sentir que esto afloja en parte las presiones históricas sobre los cuerpos de las mujeres, es necesario recordar que son las mismas empresas que nos exhortan a “amar nuestros cuerpos”, las que por otro lado nos piden tener, por ejemplo, “axilas más lindas”. Juro que nunca había pensado que las axilas tenían que ser lindas hasta que lo vi en una publicidad. Me pregunto quién será la persona que se dedica a establecer los estándares de belleza de las axilas; tal vez la podríamos contratar para que organice el próximo concurso de reinas.

✔️ El cuadro descolgado

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