Las casas

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Nº1930 - al de Agosto de 2017
escribe Fernando Santullo

Una mañana de domingo de finales de 2001 llegué a Barcelona. Caí en el barrio de Gracia, que me pareció tranquilo y desierto a esa hora, más o menos temprana. Más tarde comprobaría que la quietud era una ilusión y que el barrio, un viejo pueblo capturado por la mancha urbana décadas atrás, era tan agitado y denso como el resto de la ciudad. Iba a estudiar un máster en Periodismo cuyas clases comenzaban al día siguiente y mientras caminaba hacia Paseo de Gracia, mi cabeza apenas daba abasto para captar los detalles de esa explosión de movimiento que me rodeaba.

Esa misma semana nos llevaron a recorrer la ciudad en un autobús. Lo interesante del viaje era que nuestro guía era Juanjo Caballero, editor del suplemento dominical del diario La Vanguardia y experto en las entrañas de la capital catalana. Por eso nuestro recorrido fue periodístico, siguiendo la huella de los datos y sucesos relevantes que habían hecho a la ciudad ese animal vivo y activo que veíamos alrededor.

Entre las cosas que vimos, muchas de ellas imposible de calificar como bonitas, estaba el Chalet Golferichs, una vieja casa modernista que desde su esquina de Gran Vía y Viladomat mostraba orgullosa sus detalles a lo Gaudí. Y eso que la casa no había sido construida por el más conocido arquitecto catalán sino por Joan Rubió i Bellver, uno de sus alumnos. El chalet es una de las poquísimas casas que han sobrevivido en el distrito del Eixample, la zona en donde se extendió el ambicioso proyecto de expansión de Barcelona imaginado por Ildefons Cerdá allá por 1860.

Su supervivencia no fue resultado de una suerte de persistente sensibilidad artística, esa que de manera casi automática se les supone a los barceloneses. Fue resultado de la lucha enconada de la asociación de vecinos del barrio, que llegó a ocupar la casa cuando a finales del franquismo una constructora la adquirió para demolerla y construir en su lugar un mucho más rentable edificio. Ese proceso de demolición era común en el Eixample, hasta el punto que es actualmente el distrito urbano más densamente habitado de toda España.

La precaria situación de la casa Golferichs, una casa relevante pero no la más relevante, se saldó cuando el Ayuntamiento compró el edificio, lo restauró e inauguró en él un centro cívico. Fue la primera vez que los vecinos asumían el patrimonio dentro de sus reivindicaciones. Eso fue en 1980, hace más de 35 años.

Hace unos días comenzaron las tareas de demolición-transformación de la casa Crespi, en la esquina de Julio María Sosa y Patria. El arquitecto Luis Crespi es el autor de obras tan emblemáticas como la Biblioteca Nacional y el edificio del Yacht, este último realizado junto al arquitecto Jorge Herrán. Y esta casa, que con suerte será convertida en una especie de transformer, era su vivienda personal. Lo irónico es que la casa Crespi está, o mejor dicho, estaba protegida. Y que su demolición o deglución se viene anunciando desde hace casi una década.

Ya en 2012 el Instituto de Historia de la Arquitectura de la Facultad de Arquitectura de la Universidad de la República había señalado que el proyecto que se empezó a ejecutar en estos días, era “una intervención oportunista que se apropia de su prestigio (el de la casa) para legitimarse como una obra pretendidamente preservacionista” y que en él, la casa Crespi quedará “disuelta, fagocitada”.

De diferente manera, es decir con detalles concretos distintos en cada caso, la casa Crespi se podría sumar a la lista reciente encabezada por el Cilindro y continuada por el edificio Assimakos, ambos derruidos y ambos parte de una memoria colectiva que, quizá por difusa, opinable y poco elaborada, no logra actuar como barrera ante la especulación inmobiliaria. Y que conste que me parece genial que una ciudad se renueve, se expanda y se enriquezca. Es solo que no creo que eso deba ocurrir sobre la desaparición de los mejores ejemplos arquitectónicos previos. O de los espacios y objetos que han contribuido a definir ese tenue nosotros sobre el que vivimos.

Hace unas semanas bajaba por Agraciada tras dejar atrás la esquina de Suárez y me topé con el muro chapa que ocupa el lugar donde hace no tanto estaba la sede de Wanderers. Ya no está la casona ni tampoco los hermosos y antiguos árboles del parque. En el chaperío que cierra el predio se veía la foto gigante del edificio de vidrio y metal que va a ocupar ese lugar, idéntico al resto de los edificios de vidrio y metal construidos en la zona en los últimos años. No conozco las virtudes arquitectónicas de la sede de Wanderers, quizá no las tuviera. Pero sí sé que definía un espacio y una cultura, en el sentido de unos usos colectivos específicos. Y mientras seguía para abajo por Agraciada, pensaba que la rentabilidad, que tan bien funciona en la economía, no debería ser el único factor que determine cómo deben ser los espacios que habitamos como colectivo. El colectivo de los vecinos del barrio Bellavista, el de los montevideanos y, en el extremo, el de los uruguayos.

Al contrario de lo que parece intuitivo, el patrimonio no es algo que está ahí afuera y por lo que debamos velar, sino algo que se construye. Una idea que se va elaborando a lo largo del tiempo entre técnicos, políticos y, sobre todo, ciudadanos. Una idea que se transforma o que debería hacerlo a la velocidad en que se transforma nuestra visión de la convivencia que deseamos. Y hay que decirlo de una vez: construir un patrimonio potente es también una manera sustentable de valorizar las ciudades y de generar dinero. Esa es una lección que aprendió Barcelona hace décadas, cada vez que logró que la sintonía vecinal se diera la mano con la política municipal, sin anular la rentabilidad de los privados.

Lo que no parece admisible es seguir comprando los espejitos y cuentas de colores que nos son vendidos como la mejor versión del futuro, mientras, entre implosiones cilíndricas, se pulverizan aquellas cosas y casas valiosas que tiene la ciudad.

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