Las celestes

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Nº1934 - al de Septiembre de 2017
por Pau Delgado Iglesias

El jueves 31 de agosto se jugó en Montevideo el “clásico del Río de la Plata”, Uruguay vs. Argentina, por las eliminatorias para el Mundial de Rusia 2018. Las 55.000 entradas se agotaron un mes antes del partido, generando una recaudación de casi 2 millones de dólares para la Asociación Uruguaya de Fútbol. El día anterior, en el estadio Luis Franzini, también se habían enfrentado las selecciones mayores de Uruguay y Argentina: era el segundo amistoso internacional del año para el equipo uruguayo de fútbol femenino. La tarde era soleada y el partido, con entrada gratis, convocó a unas 1.000 personas, la mayoría familiares y equipos de fútbol femenino de escuelas y colegios. Está claro que la diferencia de convocatoria de las dos selecciones es enorme, y la diferencia en calidad deportiva también. Pero la comparación no es lineal, y es necesario repasar algunas de las dificultades históricas que han enfrentado las deportistas de todo el mundo para ser reconocidas.

La creación del fútbol moderno se atribuye a Inglaterra: en 1863, la Football Association (FA) reglamentó el juego por primera vez. Aunque la participación de mujeres en juegos de pelota data ya desde la antigua China (2.500 A.C.) y desde el siglo XII en Francia y Escocia, el primer partido de fútbol femenino como tal tiene lugar en Glasgow en 1892. Dos años después, en 1894, la activista Nettie Honeyball impulsó la creación del primer club deportivo de mujeres, el British Ladies Football Club, como símbolo de la lucha contra la exclusión femenina de un deporte que era visto como solo de hombres. A pesar de esto y de la popularidad que alcanzó el fútbol femenino a partir de la I Guerra Mundial, la FA no lo reconoció hasta 1971. Algo parecido ocurrió en los Juegos Olímpicos: mientras que el fútbol masculino se incorporó en las olimpíadas de 1900, el femenino fue incorporado recién en las de 1996. La participación de las mujeres en los deportes en general ha sido siempre resistida. El fundador de las olimpíadas modernas (que inicialmente estaban vedadas a las mujeres), barón Pierre de Coubertin, declaró en 1912: “El deporte femenino es contrario a las leyes de la naturaleza”. En ese entonces muchos creían que participar en competiciones deportivas convertiría a las mujeres en “criaturas virilizadas”. Hasta 1968, el Comité Olímpico Internacional a menudo exigía a las competidoras que se desnudaran frente a un tribunal para comprobar que fueran realmente mujeres; luego de muchas críticas, se decidió usar como alternativa el examen cromosómico, para “probar científicamente” el sexo de las participantes.

Aunque actualmente el reconocimiento del deporte como un derecho humano y los avances hacia la igualdad de género hacen que cada vez se apueste más al deporte femenino, muchos de estos estereotipos siguen vigentes. En Uruguay, la situación todavía es difícil para las celestes. Al igual que en otros sectores de la economía, las brechas son rotundas: ninguna de las jugadoras de la selección femenina de fútbol de Uruguay es remunerada por su participación. La falta de posibilidad de profesionalización hace que estas sean en promedio mucho más jóvenes que los jugadores de la selección masculina ­—solo unas pocas adultas privilegiadas podrían mantener el ritmo de un entrenamiento profesional sin cobrar nada a cambio.

A pesar de todo, se están haciendo grandes esfuerzos por fortalecer el fútbol femenino en nuestro país. La práctica de esta disciplina en las escuelas primarias, algo impensable hasta hace pocos años, está hoy cada vez más extendida, lo que va a permitir ampliar la base de jugadoras disponibles para las competencias oficiales, a la vez que ayuda a mejorar la “imagen” del deporte. En 2018, Uruguay va a ser sede de la Copa Mundial Femenina de Fútbol Sub-17, primera vez que este torneo se realice en un país de América del Sur. Se va a necesitar, sin dudas, un gran apoyo de la prensa masiva (que todavía no acompaña a las mujeres en este proceso), así como un fuerte respaldo del público desde las tribunas. Quizás entonces llegue el día en que decir “juega Uruguay” también quiera decir que toca ir a alentar a las celestes.