Para divertirse, competir o simplemente acortar distancias, las mujeres uruguayas toman la pista

Las chicas del skate power

11min
Nº1939 - al de Octubre de 2017
Natalia Gold

Dicen que se acostumbran a caer. Que saben cómo hacer para que los tropezones les duelan menos, porque la caída es parte del juego. Reconocen que al principio no les fue fácil practicar un deporte que, a priori, se identifica con los hombres, pero eso no les impidió seguir subiéndose a una patineta. Y al mismo tiempo se lamentan de que no sean más las mujeres que andan por la calle con una patineta debajo del brazo. 

Las skaters uruguayas son pocas y se conocen entre ellas. Calculan que no hay más de diez, al menos en Montevideo. “Capaz que hay alguna en Rivera, pero no sabemos”, dice Sophia Ferreri, una joven de 20 años que cada día anda menos pero ha llegado a competir local y regionalmente. 

Hasta el año pasado, la Asociación Uruguaya de Skate organizaba unas cuatro competencias anuales. Pero, al parecer, la asociación se diluyó y este año no hubo convocatorias de ese tipo. Para las skaters locales es importante que existan concursos de skate porque creen que es la manera de motivar a que otras mujeres se unan a ese deporte. 

Para no dejar de ir a la pista tienen grupos en redes sociales por los que organizan jornadas en rampas de Montevideo. Una de las que eligen es la del Puerto del Buceo. Allí pueden pasarse horas practicando con hombres que sienten la misma pasión por las tablas. 

Mientras cuatro de ellas cuentan por qué eligieron ese deporte, una niña de siete años se sube a la patineta, que en posición vertical es casi de su altura. Da vueltas, recorre el lugar una y otra vez. Su madre la mira, le pregunta si tiene frío, hambre o está cansada. Todas las respuestas son negativas. Hay días en los que, después de una extensa jornada en la escuela, puede pasarse hasta dos horas girando alrededor de las rampas del Puerto de Buceo. 

Por ahora no se anima a tirarse de las bajadas altas o bajas. Según las skaters que ya pasaron por eso hace algunos años, esa es una sensación habitual. Pero, así como aprenden a caer, también aprenden a preguntar, a pedir ayuda y toman como propio un deporte que se dibuja como masculino, aunque está lejos de serlo. 

Meghan McCubin. Foto: Leo Barizzoni

Meghan McCubin · 17 años 

La primera vez que se subió a un skate fue en la casa de su primo. Empezó practicando en el patio, después salió a la vereda. Hasta que se enteró de que por el Puerto del Buceo había una pista y se animó a probar en las rampas con vista al mar. 

Meghan McCubin tenía 12 años cuando puso un pie sobre la tabla de una patineta por primera vez y desde ese entonces el skate por momentos parece ser una parte más de su cuerpo. Ahora tiene 17 e intenta, al menos, andar una vez por semana. Sabe que cursar quinto de liceo le complica la rutina con la patineta, pero no puede dejarla de lado. 

Cuando en plena preadolescencia llegó al skatepark del Buceo con su primo, Meghan sintió miedo. Dice que se fue “tirando de a poco”. Primero en las rampas chicas, un poco por la zona llana y de nuevo a intentar en donde la altura no parecía ser un problema. Pero le llegó el momento de tirarse de una rampa alta, en la que el vértigo dominaba los pies. “Dale, tirate, tirate”, recuerda que le decían quienes la miraban acercarse al borde de ese pseudo precipicio. “Me tiré y fue lo mejor”, dice con cierto orgullo. 

En el mundillo local del skate, Meghan sería —parafraseando el casi eslogan de un programa de televisión— “una de las ocho”. En sus incontables idas a las pistas, rara vez ve mujeres practicando el mismo deporte que logró apasionarla cinco años atrás. Sin embargo, cuando comenzó a convertirse en una skater, no sentía que fuera “un deporte de varones”. “Como cuando empecé a andar era chica, no me decían nada. Era como la nena de la pista”, cuenta. 

Esa “nena de la pista” se animó a competir en el skate cuando recién estaba aprendiendo y hace dos años viajó a Buenos Aires a un torneo femenino sudamericano. ¿El resultado? Salió primera en la categoría Intermedio. También corre —como le dicen a andar en skate— para una tienda especializada en el área, que le facilita lo necesario para poder seguir practicando. Tener ese patrocinio es una facilidad porque el skate además de ser un deporte extremo, es bastante caro. Las tablas, por ejemplo, pueden romperse cada uno, dos o tres meses y hay que cambiarlas. A Meghan le ofrecieron patrocinarla cuando vieron con qué facilidad hacía los trucos que se proponía. 

En su caso, dice que le gusta el street, es decir que sus obstáculos sean escaleras, barandas  o bien las veredas de la ciudad. Pero, cuando el liceo se lo permite, intenta ir a la pista a encontrarse con otros skaters. Fue en una de esas idas al Puerto del Buceo que, hace no mucho, unas chicas que parecían estar empezando se le acercaron para preguntarle por una prueba. Meghan les explicó cómo se hacía y les dijo que les convenía probarla en la rampa. Pero la vergüenza les ganó y la practicaron alejadas de los varones, que en ese momento les zumbaban con sus bicicletas y patinetas. 

Meghan supone que la vergüenza se les irá yendo de a poco. Porque, para ella, el skate es agarrarles el gusto a los porrazos. “Te caés una vez y te dan más ganas de intentar una prueba, una y otra vez hasta que te salga”, dice y remata: “Y cuando te caés, es como que todo valió la pena”. 

Mercedes Lanza. Foto: Leo Barizzoni

Mercedes Lanza · 18 años

Se llama Mercedes Lanza pero en la pista le dicen Memé. Así la conocen los demás skaters que la ven bajar y subir las rampas desde hace unos cuatro años. 

De niña, Mercedes tenía una patineta en su casa pero no sabía andar. Hasta que empezó a ver a sus vecinos haciendo skate y se subió. Su patineta no era de la mejor calidad, así que al poco tiempo se compró una nueva. Y cuando la probó, todo pareció empezar a rodar para que ella dedicara parte de su día a andar. 

Mercedes se mudó cerca de la pista del Puerto del Buceo, que por momentos se volvía su segunda casa. Al empezar a frecuentar ese lugar, también comenzó a conocer gente. La mayoría varones. En ese entonces tenía 14 años y no le importaba caerse miles de veces frente a un público básicamente masculino. “Creo que si empezaba a practicar ahora sí me iba a dar vergüenza, pero en ese entonces no”, dice. 

Tampoco tenía problemas en preguntar cómo se hacía un truco. Y, de nuevo, a quienes solía consultar eran varones. Varios de ellos estaban practicando la tarde en que Mercedes le contó a galería cómo llegó a ser una de las pocas mujeres que hacen skate en Montevideo. “Pienso que muchas mujeres se sienten intimidadas, pero hay que superar la vergüenza. Tienen que ser conscientes de que se van a caer, se van a golpear y les va a doler, pero va a valer la pena. A mí me pasa que me da miedo saltar una escalera pero me termino animando y cuando sale está buenísimo”, reflexiona. 

Dentro de su pasión por el skate destaca que es un deporte sin reglas en el que, si bien hay códigos que respetar, nadie “te va a sacar una amarilla”. En su caso, la amarilla se la saca ella misma. 

María Arrospide. Foto: Leo Barizzoni.

María Arrospide · 19 años 

Cuando María Arrospide necesita pensar, se mete en el agua y surfea las olas de La Pedrera. Así lo hace desde que era niña, habitué de las costas de Rocha desde que tiene memoria. María hace surf sea invierno o verano, en especial sábados y domingos. Pero entre semana extraña. Y como extraña, decidió buscar una alternativa en la ciudad. 

Gracias a un amigo que hace skate, conoció el surf-skate, una disciplina similar al skating pero en el que la tabla se parece a una pequeña tabla de surf con ruedas y que permite andar en tierra firme y lisa. “Los surfistas somos medio adictos a las olas y como no puedo estar todo el día en el agua y tengo que venir a estudiar entre semana, me copo con esto, que es lo más similar y que puedo complementar con el surf”, cuenta. 

Basta con hablar cinco minutos con María para darse cuenta de por qué el surf es el protagonista de sus pasatiempos. Este deporte forma parte de una tradición familiar a la que solo  falta sumarse su madre y que su padre descubrió cuando tenía cerca de 60 años. 

Pero, a diferencia de lo que sucede en las playas de La Pedrera o La Paloma (que también frecuenta), la patineta le sirve para hacer trasbordo entre la parada del ómnibus y su casa o la parada y la Facultad de Medicina, en la que empezó a estudiar este año. Ni bien deja el transporte colectivo, se sube al surf-skate y acorta el camino. 

Mientras habla, es difícil no notar una venda que ocupa su antebrazo izquierdo. Es lo que le quedó de uno de su últimos golpes, que ya casi no le duele. Con las olas es distinto porque el agua no esguinza, pero el cemento sí. Su medio brazo vendado también es lo primero que se nota cuando llega a la pista del Puerto del Buceo y saluda a Meghan. Si no fuera por el skate, no la conocería. 

Lo mismo sucede con otras mujeres que también andan en patineta: es el deporte el que las llevó a conocerse y, en algunos casos, a hacerse amigas. Cuando empezó a frecuentar las pistas, María comenzó a ser tan consciente de ello que abrió una cuenta de Instagram (at_girlstyle) para “fomentar el surf y skate femenino”. “Estaba cansada de ser la chica entre los pibes y dije que había que unir a las mujeres, porque sé que hay skaters mujeres acá en Montevideo. Entonces lo que hice con la cuenta de Instagram fue fomentar que se conocieran”, explica. 

A través de esa cuenta, que tiene poco menos de 500 seguidores, organizan jornadas en diferentes pistas de Montevideo para que, al menos de vez en cuando, sea el cuadro femenino el que cope las rampas. 

María Paz Muñoz. Foto: Leo Barizzoni.

María Paz Muñoz · 22 años 

María Paz sabía que tenía que caerse para poder aprender a andar en skate, pero cuando tenía 14 años al tropezón se le fue la mano. Se cayó de la patineta, se golpeó la cabeza y quedó inconsciente por unos minutos. A pesar de que la caída la llevó a estar algunos años sin andar, cuando se animó a subir de nuevo a una patineta, no se bajó nunca más. “Fue agarrarlo de nuevo no solo como hobby, sino para empezar a competir”, dice.

María Paz es otra de las skaters uruguayas que compite, especialmente en el campeonato sudamericano que se hace en Buenos Aires, al que el año pasado viajó sola. Pero más allá de que haya vuelto a practicar el deporte para desafiarse a sí misma, cree que el skate es más que eso: es para vivirlo. “Tiene una filosofía interesante, de compartir y aprender”, explica todavía agitada, tras bajarse de la patineta. 

De esta “filosofía” que rodea a los skaters, destaca el apoyo mutuo de quienes están practicando el deporte al mismo tiempo. “Si bien es un deporte solitario, siempre estás compartiendo con gente que te hace crecer. Siempre estás con personas que vienen a hacer lo mismo que vos y se supone que hay un apoyo”. “Una inspiración”, la interrumpe un joven rubio que frecuenta la pista del Buceo y al que María Paz y las demás skaters mujeres conocen y consultan cuando no saben hacer un truco. 

El skate llegó a María Paz sin que nadie se lo presentara y tuvo que ganarle a la vergüenza de estar rodeada de varones en los lugares a los que iba a practicar. Era raro que viera a otra mujer en su misma situación. Ahora, con 22 años, la timidez no aparece más y, a pesar de que estudia, da clases de inglés y tiene un emprendimiento propio, está segura de que el skate ya forma parte de su vida: “Es como el músico, que nunca va a dejar de hacer música”.

Sophia Ferreri. Foto: Leo Barizzoni.

Sophia Ferreri · 20 años 

En cinco años, Sophia Ferreri pasó de aprender a enseñar. Cuando tenía 15 años en su grupo de amigos eran mayoría varones, al punto de que por momentos ella era la única mujer. Ninguno conocía el skate como deporte, hasta que uno de sus amigos comenzó a practicar y contagió al resto. Sophia probó y fue tanto lo que le gustó subirse a una patineta, que compitió durante dos años. 

En medio de sus prácticas casi cotidianas, un conocido empezó un emprendimiento en el barrio Casavalle en el que enseñaba a niños a andar en skate. El proyecto creció y se trasladó a la pista de la rambla del Parque Rodó, en la que cada fin de semana es común ver a decenas de niños y adultos patinando, haciendo skate o, simplemente, mirando. En ese proyecto también estaba involucrada una amiga de Sophia, que era skater como ella. Su amiga le propuso hacer suplencias en las clases y aceptó. Hoy quedó como instructora estable y va todos los sábados de mañana junto a cuatro profesores más a enseñar a niños de forma honoraria. Las clases son gratuitas y los jóvenes les prestan a los niños las patinetas y los cascos, que pudieron conseguir con el apoyo de algunas tiendas. Es el tercer año que la escuelita de skate funciona en Parque Rodó y Sophia dice que es común que todos los sábados se sume un niño nuevo. 

Entre quienes están aprendiendo hay cuatro niñas que intentan no faltar ningún sábado. “Yo también me quiero caer”, gritaba una mientras veía cómo uno de sus compañeros se levantaba del suelo luego de intentar una prueba. 

Sophia dice que entre niños y niñas la diferencia no existe. Van con las mismas ganas de aprender y los mismos miedos. A veces, algunas de las aprendices llegan con más timidez porque ven más varones en la pista y se cohíben. Pero basta con subirse a una patineta para que pierdan esa vergüenza.

CLASES. Todos los sábados de 10.30 a 12.30 en la pista de patinaje de la rambla del Parque Rodó, conocida como “el cuadrado”. Es a partir de los 3 años. Son gratuitas y no es necesario llevar skate o casco. Foto: Leo Barizzoni.

Glosario para inexpertos

Street 

El street (“calle” en inglés) es una disciplina dentro del skateboarding en la que los obstáculos que se utilizan son los de las veredas. Quienes lo practican, prefieren las barandas, escalones o escaleras para saltar, más que una pista. 

Skatepark 

Es el lugar donde se encuentran las rampas diseñadas especialmente para andar sobre ruedas. En Montevideo la más conocida es la del Puerto del Buceo, pero hay también en otras zonas, como la pista de Maroñas, inaugurada hace poco. 

Flip

Cuando se piensa en el skate es imposible no pensar a la vez en trucos. Y el más practicado es el flip, que consiste en hacer girar la tabla abajo de los pies. 

Ollie

Es un truco aéreo que no usa las manos, a partir del cual tanto la patineta como el skater saltan en el aire. La idea es que el que salta siga en contacto con el skate cuando se eleva. Según quienes practican ese deporte, es un truco fundamental para poder hacer otros.

Rock & Roll

Es un truco típico de las rampas que hay en las pistas. La idea es que el skater vaya hasta lo más alto de la rampa, que apoye la tabla cuando llega y baje luego de haber rotado 180 grados.