Latinoamérica está “luchando” para cumplir con los compromisos ambientales, aunque depende de una ayuda internacional escasa

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Nº1932 - al de Agosto de 2017
escribe María Paz Sartori
Edgar Gutiérrez

“El ambiente sigue siendo considerado como la cereza en el postre, si quiere la come, si quiere la deja a un lado, según como esté su ánimo”. Esas fueron las palabras que eligió el presidente de la Asamblea Ambiental de la Organización de Naciones Unidas (ONU) y ministro de Ambiente y Energía de Costa Rica, Edgar Gutiérrez, para describir el desafío que enfrentan los países para cumplir con los compromisos asumidos para mitigar el cambio climático. “Este mundo nuestro sigue siendo dominado por economicistas, por funcionarios de visión corta que no piensan más allá de sus propias narices”, añadió, durante una exposición en el taller Cambio climático: transición a una economía baja en carbono en Costa Rica, que realizó en agosto Latinclima, Earth Journalism Network, Internews y The Stanley Foundation.

La asamblea que preside Gutiérrez reúne a 194 ministros de Ambiente del mundo y surgió tras la reunión de Río+20 en 2012. Si bien desde el punto de vista formal los países dan importancia al tema del medioambiente, lo que se refleja también en la Agenda de Desarrollo Sostenible hacia 2030 — aprobada en setiembre de 2015 en una cumbre de Naciones Unidas—, la concreción de las metas acordadas tiene dificultades y no coincide con la ambición inicial de los gobiernos.

“Si uno habla de ambiente en el contexto moderno, tiene que incorporar la parte productiva para garantizar un desarrollo en armonía con la naturaleza. No podemos pensar en una actividad productiva que deteriore y degrade los recursos o el entorno natural. Desarrollo es ambiente, pero aun así esta gente en Nueva York todavía no lo entiende”, dijo Gutiérrez.

Al ministro costarricense le preocupa también lo que ocurre en Washington. En junio el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, anunció que su país (el segundo emisor de gases de efecto invernadero del mundo) se retirará del Acuerdo de París que 194 países firmaron en el marco de la ONU, y en el que se comprometieron a contener el aumento de temperatura por debajo de los dos grados en este siglo.

Con la posición de Trump “se regresa al pasado” y el desafío es ahora que las “empresas visionarias” de ese país logren invertir en un desarrollo limpio, dijo Gutiérrez. En Latinoamérica todo se debe enfocar en aprovechar “oportunidades con un horizonte a largo plazo”, afirmó.

Precisamente son esas oportunidades las que los países de América Latina han salido a buscar, pero la condición que varios ostentan como países de renta media o alta no ayuda a atraer fondos internacionales. El apoyo económico internacional es crucial para que los países en desarrollo puedan cumplir con las ambiciosas metas que se trazaron, más aún cuando posiblemente haya menos dinero disponible, ya que todo indica que Estados Unidos no aportará lo prometido.

“El retiro anunciado por la administración Trump va a tener un impacto global. De los 10.000 millones de dólares que tenía comprometido el Fondo Verde (destinado a ayudar a países en desarrollo a cumplir con sus metas del Acuerdo de París), ya hay una reducción del 20% de la disponibilidad del recurso”, señaló Pascal Girot, asesor del Ministerio de Ambiente y Energía y negociador en cambio climático por Costa Rica ante la ONU. 

Además, habrá menos dinero para las instancias de discusión de cambio climático en la órbita de ONU, lo que “significa menos espacios de negociación para ponerse de acuerdo en las reglas del Acuerdo de París, y eso también es preocupante”, añadió.

Luchando.

El gran desafío ahora para los países es cómo cumplir con la promesa y hacer efectiva la implementación del acuerdo en este nuevo contexto. Ese es “el capítulo” que está comenzando, dijo Girot. El acuerdo tiene obligaciones, pero son “muy genéricas” y hace falta que cada país afine su plan de acción. “Todos los países estamos luchando para traducir nuestras contribuciones nacionales en planes de acción, en estrategias, tratando de generar nuestros marcos de transparencia y viendo cómo vamos a medir nuestro progreso”, resumió Girot.

A diferencia de otros acuerdos, el de París propone que cada país establezca la meta a la cual quiere comprometerse. Muchos fueron ambiciosos y además incluyeron metas condicionadas a financiamiento externo. Ese es el caso de varios países latinoamericanos, entre ellos Uruguay.

La región necesita ayuda. Los países de América Latina precisan dinero internacional para cumplir con las metas que se trazaron. Incluyen en sus planes nacionales estrategias de adaptación al cambio climático y de mitigación de gases de efecto invernadero que son costosas e implican generar cambios en la forma de producción para encaminarse a una economía baja en carbono. Eso necesita de inversiones en tecnologías limpias, en modernizar las tecnologías viejas para que sean más eficientes y en capacitación del personal. Además, para poder reducir las emisiones de gases de efecto invernadero primero hay que medirlas.

Hay algunos países de la región que están más avanzados. “Aquellos países latinoamericanos que están en la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos) tienen más avanzado el proceso y saben que tampoco van a recibir ayuda muy sustantiva del exterior y van a tener que trabajar mucho con recursos propios”, dijo Girot a Búsqueda.

En cambio, países de renta media alta como Argentina y Costa Rica, y renta alta, como Uruguay, son “todavía dependientes en el sector ambiente de la cooperación internacional”.

Reto.

En medio de este escenario complejo, Uruguay presentó hace 50 días su Política Nacional de Cambio Climático, un marco de acción que aún debe ser bajado a la práctica. Está en sus primeras etapas de implementación un proyecto de mitigación de cambio climático y restauración de tierras degradadas con el sector ganadero, forestal y agrícola familiar con apoyo internacional del Fondo para el Medio Ambiente Mundial (GEF, por su sigla en inglés) y la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por su sigla en inglés). El proyecto ayudará en parte a reducir las emisiones. El 80% de las emisiones del país vienen de la actividad agropecuaria, mientras en el mundo los países suelen ubicar en el podio a la energía y al transporte. Esa característica, junto a la estabilidad y la pequeña escala del país, son las cartas con las que Uruguay se está posicionando para recibir ayuda del exterior con el objetivo de reducir emisiones en el sector.

Costa Rica, por su parte, desarrolló una estrategia llamada Green Hub, un mecanismo de búsqueda de cooperación internacional que se sale de la “lógica de financiamiento tradicional”, según explicó durante el taller Felipe Carazo, director ejecutivo de la ONG Fundación para el Desarrollo de la Cordillera Volcánica de Costa Rica, a cargo de la plataforma Green Hub. 

“Antes venía un donante y te daba el 100% de la plata, ahora eso ya se acabó, vamos a tener que aprender con inteligencia”, explicó por su parte Girot.

Costa Rica, un país de casi 5 millones de habitantes, apunta a vender al país como “laboratorio” para recibir apoyo internacional con el fin de realizar experiencias de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero. Si bien son a pequeña escala, para Costa Rica son útiles, y luego se podrían replicar en otros países. Al igual que Uruguay, las emisiones de Costa Rica representan menos del 1% de las que ocurren a nivel mundial.

El principal problema de Costa Rica para reducir gases de efecto invernadero es el peso del transporte, responsable de la mayoría de las emisiones. Este es un rubro que requiere inversión en infraestructura y en recambio de la flota vehicular por una más eficiente, pero es algo difícil de lograr sin ayuda y además el alto endeudamiento del país hace que le quede poco margen.

“Ahora vamos a tener que aprender con inteligencia. Uruguay tiene un recorrido en planificación costera y adaptación. Podemos ver de mandarles un técnico en un tema que Costa Rica tenga experiencia y Uruguay nos manda el suyo. Hay que buscar formas de cooperación que no sean un cheque en blanco. El reto va a ser cómo construir esa cooperación. Hay muchos espacios que no hemos explorado”, opinó Girot.

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