Foto: Javier Calvelo/ adhocFOTOS

Los caudillos uruguayos siempre se han resistido a aceptar el declive de su poder y salvo excepciones fracasan en la sucesión

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Nº1943 - al de Noviembre de 2017
escribe Sergio Israel

A los caudillos y dirigentes políticos del Uruguay les cuesta aceptar el declive de su poder, no se jubilan y cuando intentan digitar la descendencia, en general, fracasan.

Así resumió el historiador y politólogo Gerardo Caetano cómo los políticos locales resuelven las advertencias de la biología.

En estos días, más allá de interpretaciones ambiguas, el ministro de Economía Danilo Astori (77 años) y el senador José Mujica (82) han dado muestras de que la afirmación de Caetano es acertada. Ambos, al final de su carrera, han dejado latente la idea de presentarse a las elecciones internas del Frente Amplio en 2019 a pesar de su edad. 

El politólogo Adolfo Garcé opinó en una columna que se publicó el miércoles 8 en El Observador, que la mejor decisión para Mujica sería apoyar a Astori porque sería una candidatura más potente que la suya y además tanto él como su sector conservarían más poder que con el actual intendente de Montevideo Daniel Martínez.

A los caudillos y dirigentes políticos del Uruguay les cuesta aceptar el declive de su poder, no se jubilan y cuando intentan digitar la descendencia, en general, fracasan.

Ninguno de los otros caudillos ha dejado una sucesión reconocible. Luis Alberto Lacalle declinó a regañadientes a favor de su hijo Luis Lacalle Pou, mientras que Julio Sanguinetti y Jorge Batlle no lograron salir de la norma. El presidente Tabaré Vázquez, quien en 2009 se manifestó a favor de Astori como relevo, ha sido más cauto y no expresa más que ideas generales de renovación.

Para el historiador Carlos Demasi, junto a estas características, ha funcionado lo que los propios políticos llaman “la patada histórica”, una regla no escrita según la cual el sucesor rompe con su antecesor y así sucesivamente.

Otra característica, para Demasi, es que “la barra” juega. Por ejemplo, mencionó el caso del veterano legislador Carlos Julio Pereyra, quien anunciaba una y otra vez su retiro, pero este nunca se confirmaba porque era una carta de triunfo que arrastraba votos y llevaba siempre a algún otro al Parlamento. 

Influencia directriz. 

Julio Herrera y Obes, que fue presidente entre 1890 y 1894, cuando impuso a su sucesor Juan Idiarte Borda fue quien acuñó la expresión “influencia directriz”, para definir el “derecho” de un gobernante o caudillo de designar a su sucesor. Su iniciativa culminó con la presidencia muy controversial de Idiarte Borda, quien finalmente resultó el único presidente asesinado de la historia uruguaya, el 25 de agosto de 1897.

Más de cien años después la historia parece demostrar que, al menos en Uruguay, la influencia directriz, que luego Batlle y Ordóñez —quien impuso a su sucesor, Claudio Williman— llamó “influencia moral”, no aplica. Para Caetano, por el contrario, “parece funcionar la regla inversa”. 

Juan Lindolfo Cuestas no quería que Batlle fuera su sucesor en 1903 e impulsó a Eduardo McEachen, rico y apático hacia el poder.

Otro contendiente muy fuerte de Don Pepe fue entonces Juan Carlos Blanco, pero Batlle maniobró bien y se quedó con el gobierno, con el respaldo de todos los legisladores colorados e incluso con los votos del grupo del nacionalista Eduardo Acevedo Díaz, los famosos “calepinos”.

Juan Lindolfo Cuestas no quería que Batlle fuera su sucesor en 1903 e impulsó a Eduardo McEachen, rico y apático hacia el poder.

Williman, que le “cuidó” la banda presidencial a Batlle y Ordóñez mientras este viajaba por Europa y preparaba un regreso con gloria y una catarata de proyectos transformadores, aplicó sin embargo una política propia durante su mandato.

El gran delfín de Batlle y Ordóñez hacia 1911 era Pedro Manini Ríos, su ministro de gobierno que procesó la primera ruptura del batllismo en 1913 con la advertencia: “Somos colorados, no socialistas”. Luego Batlle y Ordóñez se inclinaría por Feliciano Viera como su sucesor, quien lo abandonaría en 1919 al rechazar las definiciones partidarias que el líder reformista buscaba impulsar desde la Asamblea Nacional de Gobierno, de su propia creación. Viera rechazó los mandatos de su mentor diciendo: “Nosotros no queremos el Sóviet”. Ya antes había impulsado como presidente el “alto” a las reformas batllistas (después de la derrota electoral del 30 de julio de 1916) y luego de su separación en 1919 formaría el Partido Colorado Radical.

Ya muerto Don Pepe en 1929, Gabriel Terra lograría finalmente la presidencia en las elecciones de 1930. Luego del golpe de Estado del 31 de marzo de 1933, Terra, convertido en dictador, tampoco logró un éxito continuista con la influencia directriz en su sucesión en 1938, a pesar de que los dos candidatos (Eduardo Blanco Acevedo y Alfredo Baldomir) eran parte de su propia familia. El elegido sería finalmente Baldomir, el que en 1942 protagonizaría el “golpe bueno” del 21 de febrero, habilitando la transición. 

Luisito: “Caudillo hasta de espaldas”. 

Luis Batlle, sobrino de Batlle y Ordóñez, fue un caudillo urbano con presencia nacional. “Mi padre era caudillo hasta de espaldas”, dijo a menudo su hijo mayor, Jorge Batlle.

Pero el líder, al que llamaban Luisito y con quien cientos de miles desarrollaron el fuerte vínculo emocional que tuvo como plataforma la Lista 15, según Caetano tampoco logró armar a su gusto la sucesión.

Andrés Martínez Trueba, su continuador, resultó un colegialista radical y una vez convertido en presidente impulsó una reforma constitucional para implantar el colegiado integral, con el apoyo entusiasta de César Batlle y también del propio Luis Alberto de Herrera, porque de esa manera evitaban la segunda presidencia de Luis Batlle en 1954. Cuando el propio Herrera llegó al final de su camino y le abrió “las tranqueras del lema” a Benito Nardone para arrollar en las elecciones de noviembre de 1958, su proyecto de sucesión tampoco prosperó de acuerdo con sus ideas. “Usted no vota”, le dijo el dirigente ruralista en una histórica reunión entre los consejeros de gobierno electos por la mayoría del Partido Nacional y Herrera, en la que se definían las condiciones del gobierno a iniciarse en marzo de 1959. 

Después de eso, Herrera acuñó la famosa frase que publicó en el diario El Debate: “Se nos ha metido una comadreja colorada en el rancho de los blancos”.  

Lo que ocurrió en 1964, cuando mueren Luis Batlle, Daniel Fernández Crespo, Benito Nardone y Javier Barrios Amorín, es sintomático —explica Demasi—,  porque los liderazgos se recomponen recién en 1971 con Wilson Ferreira, Pacheco y Jorge Batlle.

Sanguinetti-Tarigo.

Julio Sanguinetti, que hace unos días salió al barrio Plácido Ellauri para apoyar a los jóvenes colorados en un momento muy difícil de su partido, intentó dejar como heredero en 1989 a Enrique Tarigo, un abogado de firme presencia en la oposición a la dictadura a través del semanario Opinar.

También fracasó. En 1989 el candidato fue Jorge Batlle, luego de ganar las internas coloradas contra el delfín de Sanguinetti. 

El dos veces presidente fracasó de nuevo con Luis Hierro López en 1999. 

También Luis Alberto Lacalle, al final de su mandato en 1994, sufriría al elegir “a dedo” al candidato herrerista Juan Andrés Ramírez, frente a las otras candidaturas del sector, Alberto Volonté y Juan Carlos Raffo. 

También Luis Alberto Lacalle, al final de su mandato en 1994, sufriría al elegir “a dedo” al candidato herrerista Juan Andrés Ramírez.

Ramírez no solo no confirmaría la mayoría herrerista dentro del Partido Nacional, derrotado por Volonté y su nuevo sector Manos a la Obra, sino que además el partido perdería las elecciones frente a Sanguinetti, luego de un infartante final “en el disco”. 

Ramírez luego sería un firme denunciante contra la “corrupción” del primer gobierno blanco desde el llamado “segundo colegiado blanco” en 1967. 

Sanguinetti, como luego Tabaré Vázquez, pareció tantear en algún momento la posibilidad de presentarse a la reelección, pero la propuesta, que él nunca asumió en forma pública, rompía una matriz antirreleccionista muy fuerte en la cultura política uruguaya. 

Celos de Atchugarry.  

Jorge Batlle inició su presidencia marcando diferencias con su antecesor, en especial en el tema de los derechos humanos, con su propuesta de Comisión para la Paz, que no integraron ni foristas ni herreristas. 

Durante la brutal crisis de 2002, el presidente Batlle debió apelar al senador Alejandro Atchugarry, que ganó prestigio como exitoso ministro de Economía en medio de la tormenta.

Batlle, sin embargo, no fue generoso. “Jorge mató a Atchugarry”, dijo a Búsqueda una fuente que conoció la interna de la Lista 15.

Batlle, sin embargo, no fue generoso. “Jorge mató a Atchugarry”.

El presidente logró en 2004 que en la plancha al Senado de la Lista 15 se colocara inexplicablemente tercero a Atchugarry, detrás del propio Batlle y de Juan Justo Amaro, que ocuparon los dos primeros lugares.

Eso fue el final de la carrera política de Atchugarry, quien, fiel a su estilo, murió sin hacer ninguna mención pública al asunto.

Pedro Bordaberry, impulsado como candidato a intendente de Montevideo por Batlle, tomó luego su propio camino sin pedir permiso. Al poco tiempo descubrió que el expresidente estaba organizando giras por el interior que le seguían los pasos.

Parricidio. 

Luis Lacalle Pou desbancó a su padre de manera contundente. Al comienzo de la campaña de 2014, Lacalle Pou impuso literalmente su liderazgo frente a la presencia de su padre en una reunión con dirigentes, que luego dejó de hacer política partidaria en primera fila, como era su práctica y su deseo (ver recuadro). 

Por aquellos años, también Mujica había hecho una guiñada al entonces intendente de Canelones, Marcos Carámbula, para que evaluara la posibilidad de candidatearse a la presidencia de la República. En la misma época fue que el presidente Vázquez hizo célebre el famoso PPS (Profundo y Prolongado Silencio), ante una pregunta sobre las posibilidades de un movimiento reeleccionista que incluso llegó a conformarse. Luego de desechar ese camino, Vázquez se inclinó explícitamente por Astori, quien sin embargo perdería las internas contra Mujica. 

En opinión de Caetano, el único que logró imponer a su sucesor en el pasado reciente fue Jorge Pacheco Areco.

En opinión de Caetano, el único que logró imponer a su sucesor en el pasado reciente fue Jorge Pacheco Areco, quien en forma simultánea al intento reeleccionista de 1971, finalmente derrotado, impulsó a Juan María Bordaberry. Pacheco actuó incluso contra la opinión de muchos dirigentes de su sector, que veían como a un extraño a quien había militado en el ruralismo y que había sido senador por el Partido Nacional entre 1963 y 1967.

El estanciero de Durazno se convirtió luego en dictador e incluso quiso ir más allá que los propios generales en 1976, con sus propuestas corporativistas y antidemocráticas de sus famosos memorándums. 

La lección de Lucía. 

Mujica podría ser visto como el paradigma de los caudillos que no se jubilan y a los que les cuesta aceptar los contraliderazgos o simplemente el nacimiento de nuevos dirigentes que más o menos continúen su trillo.

Antes de asumir en el Senado dijo que pronto se iría a su chacra en Rincón del Cerro y que dejaría paso al exdirector del Instituto de Colonización, Andrés Berterreche, pero nada de eso ha ocurrido.

Mujica podría ser visto como el paradigma de los caudillos que no se jubilan y a los que les cuesta aceptar los contraliderazgos.

A su vez, la actitud de Mujica ante la candidatura de Alejandro Pacha Sánchez a la presidencia del Frente Amplio fue sintomática. El expresidente no lo apoyó como muchos esperaban e incluso expresó simpatía hacia Roberto Conde, otro de los candidatos, que fue superado por Javier Miranda.

El caso de la candidatura a la Intendencia de Montevideo de su esposa, la senadora Lucía Topolansky, que perdió por amplio margen con el socialista Daniel Martínez, es vista como una nueva confirmación de que los liderazgos y su sustento electoral no se transfieren.

“El último caudillo”.  

“El tema de los caudillos tiene —a mi modo de ver— una punta interesante y es que cada caudillo construye su liderazgo y este es exactamente a su medida. Si eso fuera así, se entiende que nunca se retiren porque nadie puede ocupar su espacio (nadie cabe en él, salvo el mismo caudillo), pero entonces tampoco dejan mucho espacio para que surja otro. Como dijo Alberto Zumarán cuando murió Ferreira: “En política hay herencias, pero no hay herederos. Por eso, también, cada caudillo que muere es el último”, opino Demasi.

Para Caetano, “hay que reiterar aquello de que los liderazgos no se heredan, sino que se conquistan”.

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