Los nuevos agelastas

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Nº1956 - al de Febrero de 2018
por Fernando Santullo

Siempre he tenido para mí que el sentido del humor supone cierta clase de bonus, una suerte de inteligencia de, digamos, segundo nivel, que es la que permite sobrevolar la materia sobre la que versa el chiste y comprender de qué manera este la parodia. Por supuesto, la broma siempre tiene unos límites más o menos laxos: no existe una definición científica de qué es y qué no es gracioso. Solo convenciones culturales, que pueden ir en un sentido u otro, dependiendo del lugar, la época y el contexto.

Al no existir (por suerte) una norma clara y siendo sus límites móviles, es inherente al humor un cierto riesgo que deriva en su posibilidad de resultar molesto o incómodo para algunos o para muchos. En su versión extrema, el humor puede resultar muy ofensivo sin por eso dejar de ser humor. Quizá por eso, como apunta Rafael Núñez Florencio, “nadie odia más el humor que los integrismos, los fanatismos, los nacionalismos radicales, las teocracias, todos los sistemas políticos, en fin, que hacen del dogma, la autoridad y la uniformidad su razón de ser”.

Los límites actuales del humor quedaron brutalmente expuestos cuando el 7 de enero de 2015, dos terroristas irrumpieron en la redacción del semanario satírico francés Charlie Hebdo, asesinando a 12 personas e hiriendo a otras 11 al grito de “Alá es grande”. La revista, conocida por su irreverencia extrema y hasta por su “mal gusto” en materia de sátira, se había burlado abiertamente de la causa islamista radical en una de sus portadas. Tal como antes se había burlado del catolicismo y de cualquier cosa que se pusiera a tiro de sus dibujantes y redactores.

Cuando digo los límites del humor me refiero a los límites que ciertos colectivos o individuos están dispuestos a aceptar. Por eso no fue raro que a los pocos días de la masacre apareciera el Papa de los católicos lamentando el hecho y a la vez dejando entrever que, de alguna manera, los miembros de Charlie Hebdo se lo habían buscado por meterse con ideas y representaciones que son sagradas para otros. El humor, venía a decir Bergoglio, debía tener como límite aquello que otros declaraban sagrado.

Por suerte, en Charlie Hebdo tienen una firme convicción republicana del sentido del humor y de la virtud de la ofensa. Por eso no han aflojado ni medio en su esfuerzo ilustrado, tan poderoso que muchas veces resulta ofensivo hasta para un laico old school como yo. Que agradezco, incómodo y cuestionado, esa búsqueda del límite y de la flexibilidad de la democracia. Sin apuestas como la suya, navegaríamos ciegos en el medio del río, sin saber dónde están las rocas que pueden hacer naufragar nuestra convivencia.

En cierta medida, esta función desacralizadora del humor (su potencial de convertir en broma cosas que habitualmente son tenidas por formales y hasta sagradas) es compartida con el arte. Mas allá de su sentido como proveedor de belleza, de goce estético, de comunicación, de reflexión y de transformación, el arte también funciona como tester de los límites entre lo que se puede y lo que no en terrenos de lo ficticio. Y es que esa es otra cualidad del arte: la de ser siempre una construcción simbólica sobre lo real (y no tanto), sin ser nunca la propia realidad.

Si bien la idea de lo sagrado parece pertenecer al terreno religioso, llevamos un tiempo, unos cuantos años ya, en donde algunos antiguos laicos reclaman la sacralidad de ciertas ideas. Y que esa sacralidad puede ser violentada cuando el humor y el arte se meten con ellas. Una visión lineal en donde la representación artística de la realidad es tratada como si fuera la realidad misma. Y en donde los creadores deben ser tratados como si en vez de producir objetos artísticos crearan hechos. Esta empanada mental de simplismo y ausencia de abstracción es lo que Daniel Gascón denominó “miserias de la mente literal”.

Así, hace ya rato que resulta habitual encontrarse con académicos y profesores universitarios (gente que en algún momento se cruzó con el método científico, quiero creer) que reclama, con la convicción de un religioso, que determinadas obras de arte y determinados autores deben ser suprimidos de museos, filmotecas, programas de estudio, etc. En resumen, del espacio público. No es nueva la pulsión de la prohibición, lo interesante es cómo los nuevos victorianos, políticamente correctos, siendo prácticamente el negativo ideológico de los victorianos originales, conservadores mojigatos, son a la vez su calco en cuanto a métodos de acción.

No es nuevo tampoco que, en vez de promover el debate abierto de esas ideas que resultan incómodas, se pretenda simplemente censurarlas. Se podría pensar que esto es simple pereza (es muchísimo menos trabajoso descalificar y censurar que discutir con argumentos) pero me temo que no es tanto eso como un cambo epistémico: el contexto no importa, lo simbólico lo dejamos solo para aquellos significantes que son relevantes para mí y para el resto, la más pura literalidad.

De ahí que Nabokov deba ser eliminado de los programas de lectura, de ahí que su Lolita sea leída como una apología de la pedofilia, de ahí que se diga que los de Charlie Hebdo “se pasaron”. Es decir, el endogrupo (sea este la academia, la Iglesia o el ISIS) decide cuál es el límite e intenta imponer este límite al resto. Siempre en nombre del bien común, faltaría más. Totalitarismo de manual, versión 2.0 y con disfraz de preocupación sensible. Ojo, no dudo que muchos de quienes portan el disfraz y cargan la correspondiente antorcha lo hacen convencidos de estar en lo correcto. Como también estaba convencido Torquemada, of course.

Una de las cuentas mas recientes del rosario fue la solicitud de retirar del Museo de Arte Metropolitano de Nueva York la pintura Teresa soñando, realizada en 1938 por el pintor franco-polaco Balthus. Según la reclamante, el cuadro “innegablemente idealiza la sexualización de una niña”. La respuesta del museo fue: “Las artes visuales son una de las formas más significativas de reflejar tanto el pasado como el presente, y de fomentar la evolución continua de la cultura a través de discusiones informadas y del respeto hacia la expresión creativa”. En resumen y con delicadeza: no seas burra, no olvides el contexto y, sobre todo, no pretendas meter dedo en las definiciones de qué es cultura y qué no, si no lo haces de manera informada. Y eso sin hablar de que la convicción de la declarante sobre el sentido de la obra dice mucho más sobre su visión de la sexualidad y la infancia que sobre las intenciones de Balthus.

Milan Kundera, que en su novela La broma resume perfectamente el resultado de la desaparición del humor ante lo sagrado (en ese caso, ante el dogma comunista) recuerda lo que dice Rabelais sobre los agelastas, aquellos que no saben reír: “Los agelastas están convencidos de que la verdad es clara, de que todos los seres humanos deben pensar lo mismo y de que ellos son exactamente lo que creen ser”.

Yo me inclino a pensar como Manuel Arias Maldonado cuando se pregunta: “¿No es precisamente una de las virtudes del arte —esa ‘finalidad sin fin’ al decir de Kant— su capacidad para aproximarnos a las distintas manifestaciones de lo humano? En todas sus formas: de lo sublime a lo perverso. Solo así podemos ‘salir’ de nosotros mismos, de nuestro limitado punto de vista, para abrirnos a otras perspectivas”.

Los nuevos agelastas y su seriedad selectiva marcan el regreso de lo sagrado, de la censura y de la literalidad, usando como coartada la preocupación social. Tal como han hecho los victorianos y censuradores de toda la vida.

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