Por los cambios tecnológicos, las economías “están sufriendo transformaciones estructurales” que llevan a un “mayor egoísmo” de los países; “todos pierden” con las guerras comerciales, advierte el director general de la OMC

Los sectores tradicionales y de servicios “van a estar bajo presión” y Uruguay debe prepararse con más educación

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Nº2038 - al de Septiembre de 2019
entrevista de Ismael Grau
Roberto Azevêdo, el jefe de la OMC. Foto: OMC

Algunas figuras que mueven fichas en el mundo rara vez pisan Uruguay, un sitio casi fuera del tablero. Son de las que almuerzan con ministros, que circulan en caravana con motos abriéndoles paso, y que caminan escoltados por colaboradores. Por su cargo de director general de la Organización Mundial del Comercio (OMC) el brasileño Roberto Azevêdo entra en esa categoría, y su visita a Montevideo se dio en momentos en que, con Donald Trump, Xi-Jinping y otros líderes golpeando la mesa, la partida de la geopolítica global corre riesgo de acabar con las piezas por el piso.

“Si uno está a favor del multilateralismo, tiene que trabajar para que funcione. Y hay muchos que no están haciendo lo suficiente para que el multilateralismo se fortalezca y avance”, sostiene.

El mutilateralismo entendido como la búsqueda de consensos entre varios, ha sido la razón de ser de la OMC desde su creación en 1995. Su poder no es el que tienen, por ejemplo, los organismos prestamistas, como el Fondo Monetario Internacional, sino el que le da actuar como foro para que los gobiernos de sus países miembros —hoy 164, que representan 98% del comercio mundial— negocien acuerdos que abren mercados de bienes y servicios, o que resuelvan en su ámbito las disputas comerciales. Pero se trata de un esquema amenazado por estos días: Trump sube los aranceles de importación a ciertos productos chinos y Xi-Jinping le paga con la misma moneda. Y después el presidente estadounidense eleva la apuesta proteccionista, y el primer ministro de China no se queda atrás, mientras el resto mira la partida, desconcertado.

De hecho, la visita de Azevêdo de la semana pasada fue, implícitamente, un gesto de reivindicación del multilateralismo. En la Cancillería participó en un acto conmemorativo por los 25 años del cierre de la Ronda Uruguay del GATT (la sigla en inglés de Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio) que se lanzó en Punta del Este en 1986 y dio nacimiento a la OMC. En la entrevista que mantuvo con Búsqueda, fugaz como su visita, reforzó ese mensaje.

—En el evento del jueves 12 que celebró la finalización de la Ronda Uruguay afirmó que el multilateralismo es el último bastión frente a la ley de la selva. ¿Cómo defenderlo si quien pretende derribarlo es algo así como el león, el rey de la selva?

—El león al que se refiere no dice que el sistema es inútil o que debemos derribar el sistema.

En la declaración de los líderes del G-20 de Buenos Aires y después en la declaración del G-7 en Biarritz, lo que dicen que hay que hacer es un update: actualizar el sistema, cambiarlo, reformarlo. No eliminarlo. Entonces, la cuestión que se plantea para los actores de la OMC es cómo viabilizar negociaciones y un diálogo que lleve a esa actualización del sistema, para que este responda mejor a los desafíos de la economía moderna y a la realidad económica, que cambió muchísimo. De 1995 a 2019 el mundo, los actores económicos y las prácticas comerciales cambiaron muchísimo, mientras que el sistema no ha evolucionado con la misma velocidad.

—En el actual escenario geopolítico polarizado entre Estados Unidos y China, ¿cuál debe ser el rol de la OMC?

—Cuando dos países tienen un conflicto económico o comercial, con frecuencia ese conflicto puede elevarse, incluso haciéndose un conflicto político muy serio; es lo que históricamente se ha visto. Muchas veces tratar las diferencias en un ámbito multilateral, donde hay más participantes, puede conducir a soluciones que no necesariamente son entendidas como una victoria o una derrota para las partes, sino como un acuerdo entre muchos.

Las negociaciones bilaterales aceleran los resultados; es más fácil acordar bilateralmente que multilateralmente. Pero cuando se trata de una negociación bilateral, de contraposiciones, de alguna manera todos tienen que salir victoriosos para justificarse ante sus electorados. Y donde uno gana otro pierde, transformándose en un juego de suma cero. En cambio, en el ámbito multilateral muchas veces se puede llegar al mismo resultado pero con una aceptación política más fácil.

—¿Percibe un cuestionamiento generalizado al significado e importancia del multilateralismo, o esa solo es la visión de algunos líderes mundiales?

—Si uno está a favor del multilateralismo, tiene que trabajar para que funcione. Y hay muchos que no están haciendo lo suficiente para que el multilateralismo se fortalezca y avance. No es uno solamente.

Lo que pasa es que hoy las economías están sufriendo transformaciones estructurales. Cuando sucede esto, muchas veces hay una corriente política muy importante dentro de los países que hacen que se privilegien las soluciones internas. En un momento donde la incertidumbre es grande y la seguridad sobre los empleos es muy baja, es muy difícil aceptar compromisos con otras partes que pueden tener un costo para algunos segmentos de la sociedad.

Es decir, cuando todo está marchando bien, la economía está creciendo y no hay incertidumbre, la ganancia para el colectivo de la sociedad es tan evidente que se encuentran soluciones para los que puedan estar bajo presión. Pero bajo situaciones de incertidumbre, de volatilidad política, es más difícil aceptar el dolor localizado que hay que asumir al mismo tiempo que se obtiene una ganancia colectiva. Entonces la tendencia es a atender a cada una de las demandas internas, a mirar hacia adentro, cerrar las fronteras y encontrar soluciones unilaterales, en lugar de buscar salidas negociadas y proyectos que llevan a una ganancia colectiva. Hay un mayor egoísmo de parte de las naciones, y eso por supuesto compromete y afecta el sistema multilateral, que está basado en la cooperación y no en el egoísmo.

—Más allá de los efectos específicos para Estados Unidos y China, ¿cuáles serían los costos de su actual conflicto para la economía mundial? ¿Quiénes serían los perdedores?

—Hay dos tipos de costos. Uno comercial, que se refleja en pérdidas de oportunidades de mercado. Dos tercios de los productos que son comercializados en el mundo son fabricados en por lo menos dos países; eso significa que si dos países tienen cerrados sus mercados el uno para el otro, un tercer país también va a perder, porque directa o indirectamente seguramente participa en el proceso de producción de las mercaderías que se comercializan.

Además de eso, cuando tenemos dos actores importantes —la primera y la segunda economía del mundo— en una situación de esta naturaleza, hay una gran incertidumbre. ¿Dónde van los inversores? ¿Se retraerán o no? Con esa incertidumbre la economía mundial se desacelera, hay menos producción y hay menos empleo. Así que todos pierden.

Uruguay: educación y apertura

La entrevista se produjo en el Hotel Sheraton de Punta Carretas. La zona no le es desconocida al máximo jerarca de la OMC. Siendo funcionario de la Embajada de Brasil, entre 1992 y 1994, vivió en Pocitos y en el Puerto del Buceo. Por entonces el Mercosur apenas balbuceaba tras la firma, en 1991, del Tratado de Asunción que le dio nacimiento y puso en marcha un cronograma para llevar al libre comercio —con salvedades— entre sus socios fundadores. “Iba mucho a Brasilia para ayudar en las negociaciones”, recuerda Azevêdo, y acota con humor y humildad: “Era muy joven. Mi influencia era traer los papeles y hacer sugerencias que eran inmediatamente desestimadas”. Ahora con 61 años, el diplomático brasileño parece conocer también desafíos que arrastra Uruguay hasta el presente.

—¿Cómo debería reaccionar Uruguay, que es básicamente un exportador de materias primas, frente a fenómenos como los cambios tecnológicos y el auge del comercio electrónico?

—Hay soluciones que son evidentes. La primera es capacitación, es educación.

Preparar al estudiante y al trabajador para la economía del siglo XXI: los sectores tradicionales van a estar bajo presión, sobre todo las manufacturas, porque la automatización y las nuevas tecnologías van a reducir sus puestos de trabajo. En los servicios también. Mucho de lo que hace hoy el ser humano va a ser sustituido por procesos tecnológicos. Al mismo tiempo, se crearán empleos en sectores dinámicos.

Los gobiernos tienen que ayudar en esa transición.

—La economía uruguaya es relativamente cerrada. ¿Qué debería hacer el país en materia de inserción internacional?

—Como dije: muchas veces la tendencia es mirar hacia adentro e imaginar que el cierre de las fronteras va a proteger el empleo. Pero todos los estudios económicos que conozco señalan que es mucho más costoso proteger el puesto de trabajo que al trabajador. Cerrar la economía para proteger empleos internamente sale mucho más caro para la sociedad y para la economía que proteger al trabajador dándole condiciones para que pueda reinsertarse en sectores más dinámicos. Cerrar la economía significa aumentar las ineficiencias; lo importante es impulsar la competitividad para que la economía se desarrolle de manera sostenible. Cerrar la economía muchas veces crea puestos de trabajo y protege algunos empleos, pero a los pocos años la tendencia es a desacelerarse la economía, a perderse trabajos y a aumentar el desempleo.

—Tras dos décadas el Mercosur acaba de cerrar un acuerdo con la Unión Europea. ¿Es suficiente lo que, desde su creación, el bloque sudamericano aportó en accesos a terceros mercados?

—Demoró mucho para avanzar en negociaciones comerciales con grandes mercados. El movimiento que se hace ahora es fundamental, necesario para el desarrollo de las economías del bloque. Es un paso saludable.

—Uruguay es de los primeros latinoamericanos que ha adherido a la iniciativa china de la nueva Ruta de la Seda. ¿Qué impacto tendría este proyecto?

—Puede ser una avenida muy positiva. Pero para cada país y región la iniciativa china tiene sus particularidades. La integración en Asia tiene un tipo de lógica que es distinta con África y con Latinoamérica. Son economías distintas, con competitividades y complementariedades diferentes. Lo que deben hacer los países es buscar la mejor manera de interactuar con China en el marco de esta iniciativa.

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