Entrevista con Águeda Dicancro: el avance de la mujer en las artes visuales, la falta de interés en la cultura y sus ganas de seguir creando

“Me sigo conmoviendo y por eso estoy viva”

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Nº1960 - al de Marzo de 2018
Florencia Pujadas. Fotos: Leo Barizzoni

A Águeda Dicancro no le gusta tener solo sus propias esculturas en su casa. La artista prefiere convivir con obras del uruguayo Hugo Longa (1934-1990) y de otros colegas extranjeros. La única escultura que guarda es una escalera de vidrio y madera que, dice, representa la vida. “Es una muestra de que uno siempre quiere ascender, pero cuesta mucho”, dice. La mayoría de sus obras están en la casa del Centro que compró y transformó en taller hace treinta años. Aunque el lugar no estaba en las mejores condiciones, a la artista la cautivó la claraboya que desde el techo iluminaba el ambiente. Era el lugar perfecto para ubicar sus enormes esculturas de vidrio.

Desde entonces, Águeda pasa sus tardes rodeada por árboles con hojas de vidrio, sillas con asientos transparentes y curiosos objetos de hierro y espejos. Todas sus esculturas son diferentes, pero tienen una huella en común. Algunas impactan por su tamaño; otras brillan por sus  colores. En la mayoría de sus colecciones Águeda habla de la paz, el caos y la fuerza; cuenta lo que ve en la sociedad. No se cansa jamás. 

Esta mujer, que cumplió 80, trabaja horas en la creación de sus piezas porque solo de esta forma “se siente libre”. Este año, Águeda quiere hacer una colección que represente la violencia hacia la mujer, pero todavía no pudo empezar por “el factor económico”. La artista habla de su proyecto con la misma pasión que mantiene desde que decidió estudiar en la Escuela Nacional de Bellas Artes. Hace sesenta años no estaba bien visto que una joven eligiera dedicarse al arte. “Eran todos hombres menos yo”, asegura Águeda. Sin embargo, la uruguaya se arriesgó y se convirtió en una de las artistas más reconocidas en el  país. 

Durante su carrera, Águeda trabajó con distintos materiales; recorrió el universo de la cerámica y el de la orfebrería. Probó con distintas herramientas hasta que se enamoró del vidrio. Y nunca más cambió de material. “El vidrio es rebelde. Y a mí me gusta vencer a los rebeldes”, cuenta entre risas. 

Expuso su obra fuera de fronteras. La uruguaya viajó a San Pablo, Ciudad de México, Viena y Nueva York, pero siempre volvió a Montevideo. Fue elegida para representar a Uruguay en la Bienal de Venecia y en la de San Pablo. En el 2002 ganó el Premio Figari. Todavía se emociona al recordar las bienales donde fue  juzgada por algunos de los críticos más importantes del mundo. “Solía estar horas pensando en qué iban a decir los críticos”, pero ahora “la profesión está prácticamente extinguida”. La artista aún expone, aunque confiesa que no es lo mismo. “Las salas te ofrecen un lugar por mes y cuando la gente se entera ya están por sacar todo”, dice. 

No mira el presente con recelo. Admira la efervescencia de los jóvenes y la creciente participación de la mujer en el arte que, asegura, “no tiene sexo”. Sin embargo, también lamenta la poca divulgación del trabajo de sus colegas y la falta de interés en el arte.  

Cuando empezó su carrera había pocas mujeres en el mundo del arte. ¿Cómo era?

Todo cambió enormemente. Yo empecé hace más de sesenta años y entonces no estaba bien visto que las mujeres se mezclaran con las exposiciones. Cuando comencé a trabajar con la escultura eran todos hombres. Por suerte, la mujer ha conquistado lugares increíbles que antes no se daban. Por fin se entiende que lo único que hay que tener es pasión. Y con eso se nace. A mí el arte me motiva a seguir viviendo y me permite ser feliz. Antes lo que pasaba en la sociedad era que la gente confundía lo que es la mujer y el hombre artista. Pero, en realidad, el arte no tiene sexo. 

¿El arte es su forma de hacer terapia?

De alguna manera, sí. En el momento que estoy realizando una obra solo me concentro en eso. El resto de las cosas se me olvida. Pero soy una mala madre. Muchas veces después de que veo la obra pienso en cambiarle cosas. Entonces la abandono por un tiempo y la vuelvo a ver para transformarla. La creación es una cosa reconfortante para el ser humano. 

¿Su pasión por el arte cuándo nació?

En realidad se fue dando de a poco. Me costó mucho poder vivir del arte y fueron muchas horas de trabajo. Ahora, por mi edad, vengo al mediodía y me quedo hasta la noche, pero antes venía muy temprano y pasaba noches enteras en el taller. Incluso me quedaba hasta los sábados. Con los años logré encontrar un equilibrio y tengo espacio para dedicarme a otras cosas. En la semana hago lo posible por cultivarme y ver lo que están haciendo otros artistas. 

¿Le costó mucho encontrar su técnica?

Sí, pero se va desarrollando sola. Yo empecé a trabajar con metales y orfebrería. Después experimenté con vidrios sobre cerámica y luego me enfoqué en el vidrio con la madera. Estos materiales tienen algo que me enamoran. Aunque soy muy exigente conmigo y es feísimo porque a veces veo que la combinación de materiales no queda bien. Si la termino y no me gusta, vuela. Y si encuentro algo que no va, no va. No quiero parecer perfecta porque no lo soy. 

¿Qué le atrae del vidrio?

Básicamente, todo. Te permite hacer cosas diferentes y es bastante moldeable. Trabajar con vidrio te sorprende. Lo que más me gusta, igual, es que es un material rebelde. Me gusta vencer a los rebeldes. Y a la gente le gusta mucho el vidrio, siempre me acompañan. 

En Uruguay hay muy poco coleccionismo, ¿cómo lo observa?

En Uruguay se dan muchos espacios para otras cosas y no para el arte. En los informativos, por ejemplo, no se muestran exposiciones ni se habla de los artistas. Nunca se presenta nada vinculado al arte. Lo mismo pasaba hasta hace unos años con el ballet, que estaba un poco muerto y resurgió recién con Julio Bocca. No hay ni un espacio pequeño para contar en qué están los artistas. Las exposiciones se llenan el primer día, pero después está todo desierto porque la gente no va a verlas. Y eso que los museos están abiertos todos los días. Es un hábito que falta en la sociedad y en los medios. 

Dice que no se difunde el arte en los medios, ¿pero no cree que el Estado impulsa políticas culturales?

El Estado está intentando cosas, pero no son suficientes. Aunque hay apoyo quizás no es el que debería. De repente en lugar de poner una propaganda en una parada que no tiene ningún interés cultural se podrían poner carteles con una agenda de las exposiciones. Sería mala si dijera que Uruguay es un país que no da nada. Este es mi lugar, pero capaz que en otro sitio no estaría escondida en este taller. Otro de los problemas es el poco contacto entre los artistas y el exterior. Es una pena, pero la mayoría no tiene la posibilidad de hacer esos intercambios. Habría que ofrecer lugares para ir y dar becas con la obligación de que los artistas vuelvan y desarrollen su faceta acá. Hay fondos concursables, pero no sé hasta dónde sirven. Si se difunde el fútbol y el Carnaval, ¿por qué no se impulsa el desarrollo del artista? Es un gasto, pero se gasta en tantas cosas inútiles...

¿Todavía hay crítica de arte en Uruguay?

Por desgracia, cada vez queda menos. Antes había una crítica interesante pero prácticamente se ha extinguido. Los artistas solíamos estar horas pensando en qué iban a decir los que sabían porque tenían una voz determinante e importante. Ahora, las veces que se habla de arte es en los reportajes. Y no es lo mismo. Los críticos te emocionaban porque veían realmente el interior y el significado de lo que estás haciendo.  

¿Cómo es su proceso para crear una escultura?

Es un proceso complejo y que varía según la obra. Primero surge el pensamiento y la idea. Después tengo que analizar cómo puedo demostrar lo que quiero transmitir y ver qué es lo que mejor lo representa. En ese momento también pienso en los elementos que voy a utilizar. Y esa es la parte más desafiante. Para que la escultura tenga el sentido que quiero tengo que ver cómo, si utilizo hierro por ejemplo, y una infinidad de variantes. Lo único que siempre se mantiene es la llama con la que creo. No todos pueden mantenerla con los años. 

¿Qué proyectos tiene en este momento?

Ahora quiero hacer tres proyectos que todavía no pude llevar a cabo por la parte económica. Las salas te ofrecen un lugar por mes y cuando la gente se entera ya están por sacar todo. También pasa que la gente pasa por una exposición, mira un cuadro y sigue de largo. A veces es doloroso y terrible de ver porque el artista está horas para hacerlo. Lo bueno que tiene la escultura, por su parte, es que te permite generar un impacto visual de entrada. Siempre busco que mis obras generen ese impacto y provoquen una discusión frente a la escultura. Van a estar relacionados con lo que pasa en el país. Todavía no comencé a trabajar en ellos, pero siempre me inspiro en qué es lo que está sucediendo en la actualidad. Intento que las instalaciones tengan un significado aunque muchos vean cosas diferentes frente a la misma obra. Quiero hablar sobre la violencia hacia la mujer. No sé si ahora se habla más porque es muy mediático o si hay más cantidad, pero me horroriza. En los medios se da una cosa tan explosiva; se cuentan los detalles y eso me preocupa. 

¿Vive de lo que vende en las exposiciones?

No, para nada. Vivo de lo que vendo a los arquitectos. Las instalaciones no dan dinero. Yo trabajo directamente con los arquitectos que están a cargo de las remodelaciones de las casas. Siempre vienen acá, me muestran su proyecto y hablamos hasta que encontramos una obra que pueda quedar bien con su plan. Por supuesto que también dialogamos con el cliente. Si a una familia no le gusta usar el azul, no podemos darle una obra de ese color. Las instalaciones las hago como un sueño, pero vivo de esto. También me piden esculturas para el exterior, pero no es lo más usual. Tampoco me dedico a vender en el taller porque lleva mucho tiempo y si lo hago, no trabajo. 

¿Por qué no usa redes sociales para difundir sus obras?

Estoy totalmente en contra de las redes sociales. Nunca me agradaron y me parece que pueden generar un problema en la sociedad. La gente pierde mucho tiempo con las redes que puede destinar a otras cosas. Y yo no tengo tiempo. Aparte, son peligrosas porque es una cosa anónima, cualquiera puede utilizarlas como quiera. No me gusta ventilar mi privacidad y, aunque no lo creas, soy una persona tímida. Siempre intento no exponerme. Igual, ojo, me parece bien que cada uno haga lo que quiera. Todos tienen que ser libres. 

En su obra suele hablar de la libertad.

Sí, es un tema del que hablo mucho en mi obra. Me gusta que las esculturas tengan metáforas y busco resaltar la libertad del ser humano. Aunque en realidad es algo engañoso. Después de meditarlo mucho, me di cuenta, que nunca sos libre. Siempre tenés ataduras económicas y sociales. Yo no me puedo sacar las ganas de hacer lo que quiero todos los días. El artista solo es libre cuando está haciendo su tarea. 

¿A qué artistas admira?

Admiro mucho a Hugo Longa. En mi casa tengo muchas obras suyas porque me identifico con su arte. De mis obras la única que tengo es la escultura de una escalera que está sobre una ventana. 

¿Y qué significa?

Es un reflejo de la escalera de la vida. Una muestra de que uno siempre quiere ascender, pero cuesta mucho. A mí nunca nada me fue gratuito y tuve que luchar mucho. El éxito no es fácil de conseguir, lleva un esfuerzo bárbaro.  Me gusta recordarlo con esa escultura que tengo en casa. 

Después de pasar la vida dentro de un taller, ¿es difícil encontrar inspiración?

No, todavía me sigo conmoviendo y por eso estoy viva. Pienso que no me voy a jubilar nunca porque amo lo que hago. Soy lo que hago.

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