El primer objetivo de Michelle Suárez es que se apruebe su proyecto integral para la población trans

La flamante senadora dice que el presidente del Frente Amplio fue “un burócrata bien pago” cuando se desempeñó como director de Derechos Humanos; sobre los diputados evangelistas sostiene que son ignorantes por ver la homosexualidad como enfermedad y que solo buscan institucionalizar sus ideas morales de clasificar los cuerpos

Michelle Suárez, la primera legisladora trans que no sabía si llegaría viva a los 16 años y hoy sigue peleando contra la discriminación

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Nº1939 - al de Octubre de 2017
escribe Raúl Santopietro

La primera vez que sintió que no la veían como una persona fue a los 15 años. En aquel entonces, año 1999, ese adolescente, al que todos conocían en el deshabitado balneario de Salinas desde que era un bebé, decidió dar el paso y asumir su nueva identidad: Michelle. Desde los cuatro años ya se reconocía mujer y disfrutaba de jugar con muñecas y elegir la ropa de color rosa para hacerle encajes.

Fue una infancia feliz, recuerda. Su familia y la de su mejor amiga eran muy cercanas y más en aquella Salinas donde vivían menos de 3.000 personas. Michelle y su amiga fueron juntas a la única escuela del balneario, también al único liceo y festejaban sus cumpleaños. Aunque asomaran sus rasgos femeninos, Michelle seguía siendo un varón ante los ojos de otros, así que nadie le dio mucha importancia al asunto.

Todo cambió cuando su identidad pasó a ser la de una mujer. El padre de su amiga, de su mejor amiga, la de siempre, le ofreció dinero para tener sexo. “Yo pretendía ser libre y vivir lo que sentía implicaba que la persona, el ser humano como tal, se había desvanecido”, dice.

Desde ese momento la vida de Michelle Suárez Bértora (34 años) se convertiría en un sinfín de obstáculos. Pudo correr la misma suerte que muchas personas trans: la marginación y el mercado sexual como única vía, pero la contención de su madre lo evitó. Con la discriminación de sombra logró superar escollos, marcar el rumbo y abrir puertas con el incómodo cartel de ser la primera persona transexual en alcanzarlo. El título universitario de abogada, el proyecto de ley que redactó de puño y letra sobre el matrimonio igualitario y la última medalla que se colgó el pasado martes 10 al convertirse en senadora en lugar de Marcos Carámbula.

Las cámaras la esperaban. También sus compañeros de lucha desde las barras del Palacio Legislativo. El secretario general del Partido Comunista, Juan Castillo, y dirigentes de primera línea como Óscar Andrade, entre otros. Apenas unos minutos antes de las 10:00 horas la ráfaga de flashes avisó de su llegada. Vestida de un impecable traje negro, con blusa blanca, pañoleta también blanca al cuello, el pelo recogido en un moño y la sonrisa marcada, se paró frente al micrófono y dio los “sí, prometo” de rigor. Nada comparado con la frase, sencilla y compleja a la vez, que dio la vicepresidenta Lucía Topolansky. “Queda usted investida en el cargo de senadora. Felicitaciones”.

Entre aplausos recibió el beso y abrazo de sus nuevos compañeros de trabajo, el saludo con la mano del colorado Pedro Bordaberry y la mirada de reojo, lejana, desde su banca a unos diez metros de su par blanco José Carlos Cardoso, que apenas atinó a mover un sobre de azúcar.

El pasado tormentoso, que superó pero la marcó a fuego, lo recordó en su discurso. Resaltó el “proceso en la conciencia colectiva” que vivió la sociedad para que “por los mismos hechos y formas de pensar” que hoy la colocan en una banca del Senado, antes era “hostigada, perseguida y sancionada”.

—¿En qué pensó cuando se convirtió en senadora?

—En todos los momentos trascendentes de mi vida; después del 2009 siempre pienso lo mismo: en las palabras que habría dicho mi madre.

—¿Qué le habría dicho?

—Seguramente me diría: “Yo te dije que todo lo que quisieras lo ibas a alcanzar”.

La flamante senadora se ríe y con los ojos apuntando al techo, y más allá hacia el cielo, se imagina ese momento.

—Ella confiaba más en mí que yo.

La primera batalla que dio la perdió. Michelle tenía apenas cuatro años cuando su cuerpo de varón se contradecía con lo que sentía dentro. Iba a la escuela y se forzaba a hacer lo que un niño debía. En los cumpleaños o cuando iba a jugar a la casa de un amigo tenía que actuar como se suponía que lo hiciera alguien de su sexo.

De ahí en adelante, forjó sus dotes de negociadora y comenzó a imponerse. Siempre con el respaldo de sus padres, sobre todo el apoyo incondicional de su madre. Jugar a las muñecas con las niñas y a las escondidas con los varones, ya más grande retoques en el uniforme del liceo para que lucieran más femeninos fueron algunos pasos que iba dando hacia la vida que quería llevar. Cuando recorría una juguetería, las pelotas y las armas llenas de luces no le movían un pelo, pero, como contó a La Diaria en 2013, una nueva muñeca se llevaba sus pocos ahorros.

Su adolescencia no fue fácil y diseñó todo tipo de estrategias para hacerla más llevadera. Se enfocó en el estudio; en el liceo, por ejemplo, intentaba tomar el agua apenas necesaria para evitar ir al baño o prefería quedarse en clase durante los recreos y así no ser sometida al hoy llamado bullying de sus compañeros. Llegó a la Universidad de la República con la vocación clara de convertirse en abogada. En 2009 lo lograría, una inédita realidad para ella y todo el país, pero en la casa donde se enseña de leyes y Justicia también fue discriminada. Y no solo por sus compañeros.

—¿Hubo profesores que la discriminaron?

—Sí, varios. Uno de ellos le dijo al equipo docente: “Pensar que este alumno si no tuviera los problemas sexuales que tiene llegaría lejos”.

—¿Y qué pensó?

—Eso no es nada. Un profesor de Derechos Humanos, sí, Derechos Humanos, me dejó afuera de clase por ser trans y me dijo que no iba a corregir mis exámenes. U otro que no quiso aceptar mi examen de Sociología y me acusó de estafa porque estaba firmando con nombre masculino.

—Por lo que cuenta, allí no llegó la agenda de derechos.

—Llegó, pero la barrera de discriminación está siempre, porque transversaliza la sociedad. No hay lugares a salvo porque no importa la clase social, la edad, ni el nivel educativo. Uruguay es una sociedad discriminatoria, aunque nos cueste decirlo. Hemos tenido grandes mejorías pero nos queda mucho aún.

La ley de Identidad de Género se aprobó en 2009. Recién allí completó su proceso interno y pudo estampar en su diploma Michelle Suárez Bértora. Ese año marcó un quiebre en su vida. Murió su madre, su espalda durante años. “La forma de canalizar esa energía”, como recuerda su amigo Federico Graña, fue la defensa de los derechos de la comunidad LGTB —lesbianas, gays, trans y bisexuales. Su despacho era y sigue siendo el bar Sportman, frente a la Universidad, y la política partidaria era un mundo que mejor tener lejos.

Ambos se conocieron en el colectivo Ovejas Negras, donde el hoy director de Promoción Sociocultural del Ministerio de Desarrollo Social era el principal vocero. Lo primero que le llamó la atención a Graña fue lo más básico: “Que existiera”.

“La exclusión que tienen las personas trans genera que cualquier proyecto de vida esté prácticamente condenado y por eso que esté viva ya fue algo destacado”, dice. A medida que la fue conociendo la sorpresa creció. “Su claridad, su inteligencia, el gran sentido del humor y también su firmeza y frontalidad la hacen un ser único”.

Trabajaron juntos durante años con el proyecto de ley de matrimonio igualitario que en 2013 se convirtió en ley. El 10 de abril de ese año, cuando la norma que escribió de su puño y letra fue aprobada en Diputados, Michelle se quebró. Y Graña lo recuerda como si fuera hoy. La imagen de mujer fuerte, que todo lo puede, en la intimidad de Ovejas Negras se transformó en el dolor por no tener a su madre ese día tan especial.

La campaña electoral se acercaba y en las charlas entre ambos la posibilidad del triunfo del Partido Nacional traía preocupación. Hasta ese momento su voto iba para el Frente Amplio, pero no se sentía una militante. De hecho, en una entrevista con el portal Fósforo en febrero de 2013 sentía debilitada la alianza entre el movimiento social y el partido de gobierno. En aquel momento el ejemplo fue Javier Miranda, el entonces director de Derechos Humanos del Ministerio de Educación y Cultura que hoy preside el Frente Amplio. “No es lo mismo ser oposición que ser gobierno. Para mucha gente que por muchos años trabajó en la sociedad civil no es lo mismo ocupar un cargo en el Estado. Si no, miremos el caso de Miranda, que se olvidó que alguna vez militó en la sociedad civil. Hoy es un burócrata bien pago”, decía la abogada.

—Fui muy dura —dice entre risas

—¿Hoy qué piensa?

—Me abstengo de comentar.

—¿Pero lo sigue viendo como un burócrata bien pago?

—En lo personal, y creo que mucha gente de la sociedad civil piensa igual, no considero la mejor de las gestiones cuando integró comisiones en el Estado. Otra cosa muy distinta es hoy el rol político en la dirección del Frente. En ese caso no tengo opinión negativa. Pero sostengo mis conceptos cuando se desempeñó en cargos públicos posterior a su cargo provocador desde la sociedad civil. Uno carga la historia que lleva y el recorrido que hizo, no es tan fácil desvestirse de la ropa que uno se pone.

“El miedo a que llegara una agenda conservadora” la llevó a remangarse y calzarse el traje de militante en el Frente Amplio y dentro de la coalición de izquierda tomar las banderas del Partido Comunista, donde Graña ya tenía un camino recorrido. “Fueron tiempos de mucho debate y hasta discutimos si debía afiliarse formalmente” para “no cargar otra mochila de prejuicios: el anticomunismo”. Michelle no dudó.

—¿Por qué decidió afiliarse?

—Algunos se afilian por ideología; yo, por afinidad con los que trabajan allí. Y aunque me recomendaron que no, lo hice. Así que ahora tengo todo para que discriminen: soy mujer, trans, obesa y comunista.

Lo dice en tono de broma, pero con la certeza de que así la miran algunos. Su obesidad también le trajo discriminación y es otra batalla que quiere dar. El martes se llevó una grata sorpresa, al ver que le habían preparado un asiento especial, ya que en los sillones de la Cámara de Senadores no cabía. La solución fue unir dos sillas y aunque parezca algo improvisado, la senadora valora que “hubo una actitud de prever la situación y lo resolvieron sin que lo pidiera”. Sin embargo, asegura que en cuanto a discriminación “la condición trans tapa todas las demás”. En el Parlamento tendrá que combatir contra el discurso de legisladores blancos de creencia evangelista que plantean la homosexualidad como una “anomalía”.

—¿Qué piensa del discurso evangelista contra la homosexualidad?

—Mi posición es simple. Fe y creencias en los templos; en el Parlamento se debate de Derecho. El Estado y la Iglesia se separaron hace décadas. La libertad es libre y todos podemos tener divergencias pero la libertad no es ilimitada; hay límite como cuando se incita al odio o se discrimina, porque es un delito.

—El diputado blanco y evangelista Álvaro Dastugue planteó rever toda la agenda de derechos.

—Por un lado existe una fuerte ignorancia cuando trata la homosexualidad como desviación o enfermedad. Pero la idea que subyace es instalar en la institucionalidad la clasificación de cuerpos basada en ideas morales y esos son criterios peligrosos en una democracia. En la sociedad que quiero él tendría derecho a expresarse pero en la que él quiere yo no tendría ni siquiera un lugar.

Su buque insignia es claro: el proyecto de ley integral para la población trans. Esa población de 937 mujeres de la cual Michelle ha quedado como una de sus líderes principales. Otra vez su puño y letra está en la norma que de aprobarse daría un conjunto de herramientas para, según la abogada, “impulsar a un sector históricamente vulnerable en sus derechos fundamentales”.

—¿Cómo se imagina en diez años?

—Hace tiempo que dejé de mirar a largo plazo. En una época creí que por más dificultades que hubiese, si yo trabajaba el triple y me esforzaba el triple podía alcanzar mis objetivos. A los 26 años logré mi título, mi reconocimiento judicial y cuando creí que podía lograr todo, la vida me mostró que nada depende de mi voluntad. En 15 minutos perdí a mi madre y desde ahí dejé de proyectar. Sí tengo sueños que me gustaría ver.

—¿Cuáles?

—Sueño con que las próximas generaciones de hombres gays, mujeres lesbianas, hombres y mujeres trans no tengan que vivir los mismos dolores que yo y que puedan desarrollar sus vocaciones sin tantos obstáculos. Lo deseo y ojalá lo pueda ver.

—¿Cree que lo verá?

—Todo es posible. Cuando en marzo de 2010 escribí el anteproyecto para el matrimonio igualitario me decían que estaba loca. Hoy es una realidad.

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