Pasar más de dos horas diarias en Instagram puede generar ansiedad, depresión y problemas de autoestima, sobre todo entre los jóvenes

Mundo de apariencias

7min
Nº1972 - al de Junio de 2018
Florencia Pujadas

Las vidas en Instagram parecen perfectas. Cualquier usuario que ingrese se puede topar, sin buscarlo demasiado, con decenas de perfiles de influencers —también llamados instagrammers— que invaden la red social. El cuerpo de Kim Kardashian, la vestimenta de Kylie Jenner y la belleza de Gigi Hadid son vistos por millones de personas cada minuto. Y sus estilos de vida son replicados en decenas de cuentas. Es casi imposible pasar un día en la plataforma sin ver la fotografía de algún usuario en la playa, otro que está de viaje en Europa y un tercero que sale a bailar vestido con las últimas tendencias de la moda. Las imágenes son tomadas en distintos escenarios, pero tienen algo en común: siempre muestran a personas felices.

La tendencia no es nueva. Desde que se creó Facebook, en 2004, los usuarios comenzaron a utilizar sus cuentas para publicar sus mejores fotografías. La mayoría elegía una foto de perfil favorecedora y tapizaba el “inicio” con imágenes de sus viajes. También subían álbumes de cumpleaños o vacaciones familiares, y muchos contaban allí el paso a paso de su relación sentimental. Los usuarios, contó el primer presidente de Facebook Sean Parker en un evento de Axios, utilizaban la red para documentar los eventos de sus vidas como si fueran perfectas.

Con los años, estos hábitos se trasladaron a Instagram. Pero con una variante. La red más popular entre los jóvenes —que fue comprada por Facebook en 2012—, inventó las InstaStories, una popular herramienta que permite subir contenido durante todo el día. “Esta nueva función te permite compartir todos los momentos del día, no solo los que quieras mantener en tu perfil. A medida que vas compartiendo tus distintas fotos y videos, aparecen juntos como una secuencia de película que forma tu historia”, dijo el equipo de Instagram cuando presentó la herramienta. Los contenidos efímeros, que se borran a las 24 horas, mostraban la vida de los usuarios en ambientes que, hasta ese momento, eran íntimos y privados. Empezaron a subirse fotografías en los dormitorios, en el supermercado y hasta en el baño. Y se borraron las barreras entre la vida real y los perfiles en línea. El contenido, que invade los perfiles a toda hora del día, parece real, casero e inofensivo. Pero no es así. Una investigación de la Sociedad Real de Salud Pública británica y la Universidad de Cambridge reveló que los jóvenes pueden sufrir depresión, ansiedad y falta de sueño por el excesivo uso de Instagram y, en menor medida, Facebook.

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Un consumo preocupante

Desde hace más de una década, las redes se instalaron como plataformas que expanden la comunicación y eliminan las barreras de la distancia. Por un lado, permiten la difusión de información y funcionan como herramientas educativas. Pero a la vez, su uso —y a veces abuso— puede tener consecuencias poco saludables. El estudio británico, realizado a fines de 2017, señaló que las redes sociales pueden tener efectos perjudiciales en jóvenes entre 14 y 24 años.

Para la investigación, los académicos analizaron los testimonios de 1.500 jóvenes sobre su consumo y el uso de las plataformas. También estudiaron el impacto que tienen las aplicaciones en su vida fuera de la red y en la formación de su personalidad. En la mayoría de los casos se vio que un uso excesivo puede provocar problemas de autoestima, falta de sueño, ansiedad y, en algunos casos, depresión. Igual que Parker, los investigadores indicaron que estas plataformas pueden “explotar una vulnerabilidad en psicología humana”. “Solo Dios sabe qué estamos haciendo con nuestros niños”, aseguró preocupado el primer presidente de Facebook.

Según el estudio, los jóvenes que pasan más de dos horas al día en Facebook o Instagram son más propensos a sufrir problemas de salud mental, ya que se comparan con las vidas qué ven en las plataformas y se sienten menos exitosos. Muchos presentan problemas de autoestima y creen en la validez de los perfiles de los usuarios que, por el contrario, son hiperreales. Es decir, en ellos solo aparecen fotografías y videos que muestran los mejores atributos de cada uno; son pocos, de hecho, los que suben contenido que refleje la tristeza o la soledad que pueden sentir fuera de la red. “Se forma como una máscara que permite mostrarse en su mejor estado y esconder el estado en el que realmente está la persona”, aseguró el informe.

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Una apariencia irreal

Los jóvenes entrevistados para la investigación británica aseguraron que, antes de subir una publicación, editan las fotografías. Después de escoger la imagen en la que “salieron mejor”, suelen retocarla con los efectos de alguno de los programas más populares. En las tiendas de los celulares Apple y Android hay al menos una docena de aplicaciones gratuitas para simular un bronceado, arreglar las imperfecciones y recortar las imágenes. Hay algunas, incluso, que tienen una opción para “adelgazar” distintas partes del cuerpo, eliminar el acné y editar las poses.

Después de retocar la imagen con los filtros, los jóvenes suelen compartirla entre sus amigos: “Muchos necesitan contar con la aprobación de sus pares”, aseguró el psicólogo experto en redes sociales Roberto Balaguer a galería. Y, antes de compartirla, tienen la posibilidad de elegir otro filtro: Instagram y Facebook también ofrecen una serie de retoques para los usuarios. “La mayoría sabe que las publicaciones se arreglan porque ellos mismos editan sus contenidos, pero igual creen en lo que ven”, indicó el estudio británico.
Por esta razón, además, los jóvenes que se comparan con otros pueden sufrir de ansiedad y, muchas veces, sentirse inferiores. “Instagram logra fácilmente que las niñas y las mujeres se sientan como si sus cuerpos fueran lo suficientemente buenos aunque todos sabemos que se agregan filtros y se editan las imágenes para que parezcan perfectas”, dijo un joven en la investigación. Las comparaciones pueden ser un problema, ya que los usuarios parecen no distinguir la fantasía de las redes con su vida cotidiana. Muchos, aseguró el estudio, miden su popularidad con la cantidad de Me gusta y se angustian al ver que no tienen la misma cantidad que sus amigos.

Este escenario, además, provoca que los jóvenes tengan miedo a quedarse fuera de los eventos sociales (un fenómeno llamado FoMo, en inglés) y se vuelvan adictos que no pueden desprenderse de la pantalla de sus celulares.

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Un estilo, mil imágenes.

En las redes sociales mandan los estereotipos. Los usuarios no solo imitan las publicaciones de los influencers, como Kim Kardashian o Selena Gómez, sino que también copian el estilo de las fotografías. Hace varios años que se impuso la imagen vertical, una tendencia que también se trasladó a otras plataformas, y se limitó lo que se considera digno de ser fotografiado. “Los jóvenes repetimos los mismos patrones en todas las publicaciones. Y me doy cuenta de que es una forma de limitar la creatividad”, confesó uno de los encuestados en la investigación de la Sociedad Real de Salud Pública y la Universidad de Cambridge.

De hecho, el proyecto Multiplicity diseñado por el artista alemán Moritz Stefaner mostró que los usuarios suelen sacar las mismas fotos cuando viajan a París. Entró a Instagram, buscó 6 millones de imágenes de la Torre Eiffel y las unió en una solo fotografía. “Todas las fotos se unieron y parecían ser la misma”, contó a The Independent. En esta línea, un proyecto de la comunidad online Sanctus reveló que es frecuente que los jóvenes elijan sus destinos de vacaciones de acuerdo con lo que ven en sus cuentas de las redes sociales.

Según Balaguer, este fenómeno se explica por un simple motivo: Instagram, y en menor medida Facebook, es una red de aspiraciones. “Los usuarios, por defecto, tienden a mostrar sus mejores ropajes y a compararse con otros a los que suelen imitar”, aseguró el experto, al tiempo que destacó que este factor se incrementa entre los jóvenes. “En la adolescencia temprana la persona es más vulnerable porque todavía no definió su identidad. Está en una permanente tensión entre lo que presentan las redes con lo que ella es. Y las redes intensifican ese escenario”, concluyó Balaguer.

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#NoFilter y las mentiras de la red

Los influencers se vuelven populares por mostrar su estilo de vida. Muchos publican imágenes en enormes casonas, en playas de agua cristalina o dentro de un auto excéntrico. Y, la mayoría, se destaca por seguir el estereotipo de la belleza en Occidente: tienen cuerpos esbeltos, rasgos delicados y llevan una forma de vida saludable. “Pero ninguno de nosotros es así”, confesó la instagrammer Tesia Kline a The Independent. Los usuarios saben que existen trucos para retocar las imperfecciones en las imágenes.

Hace poco más de un año se volvió tendencia subir fotografías con el hashtag NoFilter para diferenciar las publicaciones naturales de las editadas. Así, los seguidores tenían la certeza de que sus ídolos del éter se mostraban tal cual eran en la vida real.

En los últimos meses, además, decenas de influencers como Kline impulsaron un nuevo movimiento para mostrar que nadie es perfecto. Para lograrlo, suben dos fotografías de la misma situación, pero con un cambio de postura y de iluminación. Kline, por ejemplo, publicó imágenes en bikini: una en una pose que la favorecía y otra, con distinta luz, que dejaba ver sus imperfecciones. “Gracias a los ángulos y la iluminación se puede fingir que estás en forma”, explicó en su post.

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