July Zabaleta, directora de la División Políticas de Género del Ministerio del Interior, dijo que “no es admisible” que un efectivo “vulnere” derechos, por eso ante una denuncia se les retira el arma; desde 2015 hubo 489 casos

"Nadie se transforma en violento de un día para otro"

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Nº1906 - al de Febrero de 2017
Elena Risso - Foto: Luciano Dogliotti

A Valeria Sosa la mató su expareja en la noche del 30 de enero delante de sus dos hijos chicos. Fue el cuarto femicidio del año —una cifra que pocos días después trepó a cinco—, pero que en su caso hubo elementos determinantes para que tuviera una repercusión pública sin precedentes: el matador era policía y ella lo había denunciado por violencia de género a fines de 2015.

La denuncia, sin embargo, nunca salió de la Seccional 6ª. y por tanto no se activaron los mecanismos de control internos de la Policía. Por eso el asesino tenía en su poder el arma reglamentaria con la que mató a su exesposa, una Glock 19 que se le debía haber retirado apenas ella lo denunció. Pero con Valeria Sosa todo lo que podía salir mal, salió mal. Incluso después de su muerte, porque una jueza dispuso la polémica medida de que los chicos queden bajo la custodia de los padres del asesino (eso en sí mismo no tendría por qué ser inadecuado, pero la abuela paterna también había sido denunciada por agredir a la víctima), a pesar de los reclamos de la abuela materna para que pasen a vivir con ella, un tema que aún está en consideración a nivel judicial.

A July Zabaleta (44 años) el caso la tiene impactada y no es para menos. No solo porque se trata de una muerte que tal vez podría haberse evitado si se hubiera actuado como correspondía, sino por el rol que ella ocupa: es la directora de la División Políticas de Género del Ministerio del Interior, repartición que se ocupa de brindar una respuesta integral a los temas de violencia de género dentro de la Policía, y que promueve el abordaje de ese tipo de asuntos hacia fuera, con el público que acude a la Policía.

En 2015 entró en vigencia el protocolo que establece el retiro del arma reglamentaria al policía que sea denunciado por violencia de género. En el último año se quitaron 489, lo que da un impactante promedio de 1,3 por día. Paradójicamente, una semana antes de la muerte de Valeria Sosa, Zabaleta había constatado que desde 2015 hasta entonces no había existido ningún problema en los casos en los que se había retirado el arma reglamentaria.

Zabaleta espera que sobre esos oficiales que incumplieron el protocolo caiga la sanción más grave, es decir, la pérdida del puesto de trabajo. Tiene claro que eso no podrá devolver la vida a Valeria Sosa ni reparar el horror que causó su muerte, pero entiende que es una medida ejemplarizante para el resto de los policías. Y ella sabe de lo que habla, porque además de ocupar un cargo jerárquico, tiene un pasado policial que le permite comprender el funcionamiento interno de ese cuerpo.

Antes de estar al frente de la dependencia del Ministerio del Interior que se ocupa de dar los lineamientos acerca de cómo abordar la violencia de género, Zabaleta fue policía. Estuvo en Tránsito, fue 222 durante años, y tuvo un largo pasaje por Policía Científica, donde fue perito criminalística, se especializó en huellas digitales y recibió el Premio a la Inteligencia Funcional de Policía Científica. Mientras tanto, iba cursando lentamente la carrera de Psicología, que finalizó en 2009.

A esa altura ya había dejado atrás la Policía Científica y estaba en la Caja Policial. En ese momento, por impulso de la entonces ministra del Interior, Daisy Tourné, se creó la División Políticas de Género, que por concurso pasó a ser ocupada por Marisa Lidner. La exministra y hoy senadora socialista conoció a Zabaleta cuando estaba en Policía Científica y le causó muy buena impresión. “Dentro de los cuadros policiales tenía un perfil diferente, próximo a la visión de género. Le vi enorme potencial, vi que se estaba preparando, y le di para adelante”, recordó a galería la hoy senadora socialista. A Lidner también le llamó la atención Zabaleta, por eso pidió que pasara a trabajar en su división. En 2013 la nombraron subdirectora y cuando hace dos años Lidner asumió como presidenta del INAU, quedó al frente de la división.

Zabaleta considera que su pasado policial le permitió romper barreras con el resto de los policías. “El haber sido policía me ha servido para conocer la situación. Ha sido positivo, nunca me sentí discriminada. Lo que sí he sentido es que, a veces, ciertas resistencias de determinados policías desaparecen cuando se enteran de que ingresé como policía”, dijo a galería.

Ahora no trabaja como psicóloga. Sin embargo, Zabaleta dice que esa carrera le ha servido para “ejercitar la tolerancia” y “manejar las frustraciones”. “No podemos cambiarles la cabeza a las personas de un día para otro. Aunque nos frustre tenemos que levantarnos y seguir”, explicó.

Viste de civil y en las últimas semanas ha tenido una fuerte presencia en los medios hablando del caso de Valeria Sosa y de femicidios en general. En la noche del viernes 10 fue parte del grupo que desfiló junto al colectivo Mujeres de Negro en las Llamadas, con un cartel que decía “Tu indiferencia mata”. Es una activa defensora de temas de género y de diversidad sexual, un asunto que la toca muy de cerca porque el año pasado ella se casó con la mujer que fue su pareja durante 15 años.

Zabaleta asegura que nunca se sintió discriminada por su condición sexual cuando integraba el cuerpo policial, pero ella tampoco daba demasiados detalles de su vida privada. Cuenta que lo que más le costó fue hablarlo con su madre. Hasta que tuvo 23 años esquivaba el asunto. La respuesta fue positiva y ahí sintió que se sacó la presión que le permitió comenzar a “disfrutar” de la vida. El 4 de setiembre del año pasado Zabaleta y su pareja se casaron en el restaurante Hemingway. “Fue un acto político, porque no estoy de acuerdo con que uno tenga que hacer un trámite para manejar su vida privada. Pero, sobre todo para las parejas homosexuales, si le pasa algo a una de las dos, el maltrato del entorno es durísimo. Hay cosas que quedan saldadas con un trámite. Lo festejamos porque si bien es un trámite, es un trámite que no haría con cualquier persona”, explicó.

La semana pasada, Zabaleta recibió a galería en el Ministerio del Interior. Fue una charla de más de una hora en la que su teléfono no paró de sonar, pero ella en ningún momento interrumpió la entrevista. Habló de los problemas que quedaron al desnudo en el caso de Valeria Sosa, pero también acerca de la violencia de género en general y de lo que ella considera que tiene que ser una batalla cultural para cambiar la manera de definir las “masculinidades”.

¿Qué lectura hace de los cinco femicidios en lo que va del año?

No lo esperábamos. Con tanta lucha que llevamos adelante, cada vez que nos enteramos de una nueva muerte nos impacta. Nos hace repensar todo lo que venimos trabajando y repasar dónde están las debilidades.

¿Cómo se entienden esas cifras tan impactantes —en 2016 hubo 28 asesinatos por violencia de género— teniendo en cuenta que el asunto está cada vez más presente en la opinión pública?

Esto nos muestra el momento en el que estamos como sociedad. Se habla mucho pero no profundamente. Hay que trabajar en la prevención, no solamente en erradicar el problema en el ámbito policial, sino que hay mucho que podemos hacer como personas. Eso es lo que todavía no hemos logrado que se haga.

¿Por qué?

Es un tema que al principio genera mucha resistencia. Es esperable, porque nos interpela a cada uno de nosotros. Vos empezás a hablar de los estereotipos de género y te cae la ficha de que hay montones de cosas que hacemos que refuerzan esa ideología. Si se mira la encuesta de prevalencia de víctimas de violencia de 2013, hay 80% de mujeres que han sido víctimas de alguna forma de violencia pero nunca lo hablaron con nadie. No es que no lo denunciaron; no lo hablaron, no lo identificaron. No se dieron cuenta de que tener relaciones sexuales solo porque quiere tu pareja es que te estén violentando. No se dieron cuenta de que cuando tenés que mostrarle el celular para que verifique con quién estás hablando es una conducta violenta. Creo que todos tenemos la sensación de que les pasa a los demás y a veces a nosotros también, en nuestra vida cotidiana, nos pasa.

Hay hombres a los que parecería que el discurso no les entra por ningún lado, por más campañas que se hagan en ese sentido. ¿La batalla debe darse a nivel de las mujeres para convencerlas de que denuncien?

Las dos cosas. Las mujeres tenemos que aprender a relacionarnos de otra manera, a detectar más rápidamente cuándo nos estén violentando y a no permitir que eso se agrave. Casi en 70% de los casos de asesinatos de mujeres a manos de su pareja o expareja convivían o habían convivido. El femicidio no es el primer episodio grave, esto viene de una historia que seguramente no pudimos detectar a tiempo. Nadie se transforma en violento de un día para otro. La otra cosa con la que nos quieren confundir, sobre todo cuando hablamos de los policías, es que es un trabajo estresante, que los policías están muy estresados. Pero todos los que nos estresamos no terminamos matando a nuestra pareja. Por estar estresado no te hacés femicida.

Muchas veces el hombre violento vivió esa situación desde chico en su familia. ¿Cómo se ataca ese problema?

Si queremos que los varones aprendan a relacionarse de una forma más saludable tenemos que darles herramientas para que puedan incorporar y reaprender la forma de canalizar los conflictos. Es un trabajo de reaprendizaje: tenemos que desaprender todo lo que les enseñamos a los varones: “corré”, “sacale la pelota”, “partile la pierna”, “lo importante es ganar”, “el varón es el que manda”. Sobre todos esos mandatos e imaginarios es sobre lo que tenemos que trabajar. En la escuela, en los liceos. Las campañas de prevención de violencia en el noviazgo son importantísimas.

¿Pero están dando resultado?

Lo vamos a ver en la medida en que esas generaciones empiecen a mostrar nuevas formas de relacionarse. Hay que trabajar en las nuevas masculinidades.

¿Qué es eso?

Nosotros hemos apostado a trabajar con varones policías. Hacemos grupos solo de varones para que puedan trabajar con el experto que esté liderando el grupo para desnaturalizar determinadas cosas que tenemos. Trabajar qué es ser varón para cada uno de ellos y ver que no hay una sola forma de ser varón. Que eso es algo que vamos construyendo. Que si hay cosas en las que no estamos de acuerdo pero el mandado social dice que es así, podemos ver la manera de ir cambiando. Somos parte de ese cambio social, no te hace menos varón llorar, contar tus problemas. Al revés, eso lo que te va a hacer es ir descomprimiendo la presión, porque si les pedimos a los varones que no expresen sus sentimientos después no les podemos decir que no exploten.

Esa manera de pensar entre jóvenes puede ser viable, ¿pero cómo se convence a un hombre de 65 años de definir la nueva masculinidad?

Siempre tenemos que tener dos pilares. Uno es el gran desafío y es a largo plazo, el otro es el desafío cotidiano de ir modificando pequeñas cosas. Capaz que a la persona que toda su vida vivió de una manera, alcanza con decirle “adelante mío no le hables así”. El trabajo de los pares es muy importante, como no festejar el chiste misógino. Hay varones que te dicen “yo no estoy de acuerdo con algunos chistes que me parecen muy groseros, pero soy el que queda más expuesto porque soy el único que piensa diferente”. Nosotros no decimos que se inmolen por la causa, sino que puedan ir poniendo su granito de arena todos los días. De a poco. No nos va a alcanzar una ley o un procedimiento, vamos a precisar desnaturalizar la violencia también en la vida cotidiana.

Muchas veces ocurre que la mujer va a denunciar a la comisaría una situación de violencia, pero después tiene que volver a la misma casa que comparte con el agresor. ¿Con qué herramientas cuenta la mujer que denuncia?

Las soluciones siguen siendo pocas. Por supuesto, son muchas más que hace unos años. De los tres hogares que tenía el INAU para acoger a madres con hijos pasamos a cinco. Han crecido los refugios para mujeres, pero son insuficientes, porque quienes más necesitan son quienes menos posibilidades tienen. Pero no tenemos que perder las ganas de alcanzar esas metas, porque si nos fijamos solo en lo que nos falta nos desanimamos porque hay gente a la que no le va a resultar fácil el proceso de salida. Por ejemplo, el proyecto de ley de violencia de género que está en el Parlamento establece que si la empleada está siendo víctima de violencia de género, la empresa tiene que contemplar su situación y darle licencia.

¿Cree que están dadas las condiciones para que una mujer diga “necesito tomarme unos días porque mi marido me pega” y eso se concrete?

Estamos en la etapa en que se habla, pero no se hace carne. Hay cosas que en este momento se cumplen y se intenta que cada vez se vayan respetando más. El Estatuto del funcionario público establece que no tienen que descontar el día por violencia doméstica o por alguna situación que tenga que ver con esto. Pero así como pasa con la violencia doméstica, estamos en un país envejecido en el que hay que aumentar la natalidad, pero las mujeres somos mal vistas porque somos las que nos embarazamos y entonces nadie las quiere contratar. Es parte del discurso esquizofrénico que tenemos como sociedad.

¿Eso se corrige con más mujeres en puestos de decisión?

Eso tiene mucho que ver con la cuota política. Inicialmente no nos van a satisfacer las mujeres que van a estar en esos puestos, pero me parece que la misma exigencia no la tenemos hoy para los hombres que llegan a esos puestos. En el Ministerio del Interior, por carrera policial, no hay mujeres que tengan grados para ocupar puestos de decisión, salvo una que está en la Dirección de Migración. Sin embargo, tenés cinco gerencias que fueron ocupadas por concurso y ahí tenés un solo varón y cuatro mujeres. Eso te dice algo. ¿Será que las mujeres no estamos capacitadas?

También puede ocurrir que la presencia de mujeres no garantice una visión de género. Un ejemplo es lo que ocurrió con la jueza Alicia Iris Vega, que decidió que los hijos de Valeria Sosa estén con la familia de su expareja.

De esa jueza se esperaba que como mujer tuviera una visión más maternal. Y creo que más allá de que no sea compartible la decisión hay una doble condena: la mala decisión por el tema de los niños, que entiendo que son los principales afectados y sobre quienes tendrían que estar todos buscando lo mejor para que no se les sigan vulnerando los derechos. Pero también es cierto que en la fantasía de las mujeres siempre se espera el doble en todo. Siempre tenés que demostrar el doble. Que haya mujeres en los puestos de decisión no te va a asegurar una solución en sí misma. Es una medida dentro de muchas. Por ejemplo, que cuando haya un lugar en el que se estén debatiendo los derechos de las mujeres estemos representadas las mujeres. Cuando se discutió en el Parlamento la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo en el Parlamento había una sola senadora (Mónica Xavier). El resto eran todos hombres. La cuota y la paridad no son “la” solución, pero son una herramienta más que buscamos para cambiar esta realidad.

El año pasado se les retiró el arma a 489 policías por denuncias de violencia de género. ¿Cuál es su primera impresión sobre ese número?

Si la violencia de género era un problema social estructural, la Policía no podía escapar a él. Por supuesto, debe haber situaciones que no están denunciadas todavía, pero desde que pusimos en práctica el Protocolo del decreto 111 de 2015 pudimos ver que el número era mucho más grande del que teníamos inicialmente. Lo que se trata de hacer es que haya una respuesta integral. Desde 2009 teníamos una circular que establecía que si había un policía involucrado en una situación de violencia doméstica se nos comunicara. El retiro obligatorio del arma se dispone desde abril de 2015 con el decreto. ¿Por qué se hace esto? Porque el Ministerio entendió que tiene que tener una responsabilidad como institución y que no es admisible que un efectivo policial que tiene que estar garantizando los derechos, los vulnere. En cualquier evaluación de riesgo, en una situación de violencia doméstica, el acceso o posesión de armas es uno de los elementos de riesgo a tomar en cuenta. Antes de que existiera este protocolo se comunicaba al juez o a la jueza y ellos definían si se retiraba el arma. Pero eso quedaba muy atado a los elementos que tuviera la Justicia. Nosotros entendimos que teníamos que ir un paso más allá y que teníamos que tomar medidas preventivas.

¿Qué porcentaje de esas denuncias de violencia concluyen en que efectivamente hubo violencia?

Te lo diría al revés: no conozco, me sobran los dedos de la mano, para decir cuántas denuncias falsas hay. Para decir que las mujeres mienten y que es por represalias también lo tenés que comprobar. Si vos mejorás la investigación de los casos, lo que vas a encontrar son situaciones de distinto nivel de riesgo, pero no que no existieron.

¿Cómo funciona desde el punto de vista operativo una denuncia de violencia doméstica contra un policía?

Se denuncia en la comisaría, se retira el arma. No se lo expone a que ande uniformado sin arma, hace otras tareas de apoyo, en la oficina de la seccional o en otras oficinas donde no necesite el arma. Hay una investigación en dos vías: una judicial, como en cualquier caso, y otra a la interna, independiente de los resultados judiciales.

¿Qué falló en el caso de Valeria Sosa?

Es lo que se está investigando. Lo que sabemos es que no se hizo lo que se tenía que hacer y eso tuvo como consecuencia la pérdida de una vida. Estamos extremando los controles pero, evidentemente, de esos 24.000 policías ejecutivos que están en todo el país seguramente alguno no haya cumplido. La denuncia fue tomada, se ingresó al sistema y no se siguió el trámite. Y tenemos el desenlace que tenemos.

¿Había algún antecedente de que se denunciara a un policía y que la persona terminara muerta?

Después de la implementación del decreto pasamos todo 2015 y todo 2016 sin tener ninguna muerte a manos de policías. Cuando lo aprobamos veníamos de un año de tener seis muertes.Con un antecedente así puede ocurrir que haya mujeres que no se animen a denunciar.Siempre ha pasado y es comprensible que se sientan así. Lo que yo intento informar es que no están solas. A veces las víctimas no reciben la respuesta necesaria y nos enteramos por la sociedad civil o algún servicio de atención. En este caso no nos enteramos por ningún lado. Si nos hubiésemos enterado hubiéramos dicho que se cumpliera lo que se tenía que cumplir. La gente te dice “¿retirarle el arma para qué? Si se consigue otra y la mata”. Lo mismo decían de las tobilleras, pero han funcionado. No hay ninguna víctima muerta dentro del programa.

Valeria Sosa hizo la denuncia en una comisaría. ¿Es tan difícil identificar en dónde está la falla?

No decimos que es difícil encontrar al responsable ni que no sepamos por dónde. No nos vamos a basar solo en “me dijo te dije”. ¿Vos dijiste que derivaste la denuncia? ¿Dónde está el comprobante de que el otro la recibió? Mostrame la llamada, hacemos la pericia. No es que no sepamos por nombre ni por quién. Pero una investigación que va a terminar con las medidas más duras no puede ser a la ligera.

¿Podría ser la pérdida del puesto de trabajo?

Posiblemente. Hay que hacerlo con seriedad: tener elementos convincentes para tomar la decisión que se tenga que tomar. No le va a devolver la vida a Valeria, pero el responsable tiene que pagar y es un mensaje.