Perdidos ya

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Nº1926 - al de Julio de 2017
por Claudio Paolillo
Claudio Paolillo

El presidente Tabaré Vázquez y sus ministros están sumergidos en un preocupante estado de autocomplacencia. Según el ministro Danilo Astori, la economía crece, la inflación está controlada, el país tiene “grado inversor” y, por lo tanto, los uruguayos viven mejor. Según la ministra María Julia Muñoz, en la educación se está procesando algo así como una histórica reforma vareliana. Según el ministro Eduardo Bonomi, el índice de rapiñas ha descendido y, en consecuencia, los ciudadanos están más seguros. Y según el presidente Vázquez, todo eso y mucho más demuestra que vamos por un buen camino.

Sin embargo, el balazo en la cabeza que recibió el domingo 9 un honrado policía que estaba haciendo una “changa” para sumar unos pocos pesos a su esmirriado salario fue el último y trágico ejemplo que desbarató toda la argumentación oficial. El balazo asesinó al funcionario, pero también mató el “relato” oficialista y a sus corifeos, mató a la “clase política” que dos días después discutía ardorosamente en el Senado sobre los viáticos que perciben los legisladores cuando viajan —tan alejados están de las angustias de la sociedad que se dan esos lujos— y nos mató a todos, integrantes de una sociedad que parece pasmosamente resignada a su malhadada suerte, sin un atisbo de rebeldía para poner en vereda a quienes hemos distinguido con el honor de hacerse cargo temporariamente de nuestros asuntos públicos y, en lugar de responder a ese compromiso, nos abruman con nuevos impuestos y tarifazos para asegurar sus elevados sueldos, acomodar a decenas de miles de amigos y familiares en el Estado, contratar a otros allegados para empresas que dan pérdidas sistemáticamente y devolvernos servicios del Tercer Mundo a cambio de nuestro sacrificio.

No, no vamos bien. Aunque sea cierto que la inflación está controlada, que el investment grade esté relativamente consolidado y que el índice de rapiñas haya comenzado a descender, la situación del “pueblo que arde y anda en la calle”, como diría el viejo Herrera, es completamente diferente a la sensación de autosatisfacción que transmiten los gobernantes, cada vez más alejados de la gente. Ellos, autoproclamados representantes genuinos de los trabajadores y de los pobres, están empezando a recibir los primeros cachetazos de los trabajadores y de los pobres.

Porque si no, ¿cómo se explica el asesinato a sangre fría del agente policial? Si la economía va tan bien, ¿por qué un hombre que expone su vida para defender a los demás ciudadanos de la permanente amenaza de los delincuentes se ve obligado a tener otro empleo para parar la olla? Si la reforma de la educación es tan profunda que la ministra llegó a comparar a Wilson Netto con José Pedro Varela, ¿de dónde salen estos jóvenes engendros asesinos que matan por 100 pesos y se jactan de eso? Si las rapiñas están descendiendo, ¿por qué el 70% de la sociedad se siente cada vez más insegura?

El presidente Vázquez y sus ministros parecen haberse creído su propio cuento. Aparecen en la televisión con aires de presuntuosidad, suficiencia y petulancia. El presidente, en particular, decidió rodearse de una corte que le dice a todo “sí, señor”, “qué bien”, “tiene razón” o “usted es un estadista”. No quiere meterse en problemas mayores, hace la plancha para terminar el mandato sin sobresaltos, nos trata como si fuéramos adolescentes imberbes, nos dice qué podemos consumir y qué no, y se desempeña como si fuera un rey.

Por momentos, parece sentirse como un “padre de la patria”. Un padre bondadoso que cuida de nosotros con consejos almibarados respecto a lo que nos conviene hacer con nuestras vidas, con nuestros pensamientos y con nuestra libertad.

En junio pasado, un folletín de la Secretaría de Comunicación Institucional de la Presidencia de la República, pagado con nuestros impuestos, llegó a las redacciones de todos los medios de comunicación con el siguiente titular principal: Los Consejos de Ministros con vecinos recogen la herencia de los Cabildos abiertos de Artigas.

Así nomás: primero fue Artigas y ahora es Vázquez.

El problema es que cualquiera que quiera ver se da cuenta de que los Consejos de Ministros que cada tanto organiza el presidente en pueblos del interior o barrios montevideanos son cualquier cosa menos Consejos de Ministros. Allí van algunas decenas de personas y escolares con sus maestras (al borde de la violación de la laicidad) que recitan poesías y hacen “preguntas” ante las cuales el presidente se sonríe como un abuelo comprensivo que protege y quiere a sus “nietos”.

Digámoslo claro: esos Consejos de Ministros (no los verdaderos, que se hacen a puertas cerradas) son un derroche fastuoso de pura demagogia, sufragados, otra vez, con los dineros del pueblo; son circos político-electorales que insultan la inteligencia de los ciudadanos despiertos; y son un engaño deplorable, miserable y patético para los más desposeídos, quienes sienten por una vez en sus vidas la cercanía al boato del poder que, durante algunas horas, les promete villas y castillos que nunca llegarán, explotando la inocencia, el candor, la sencillez y la credulidad de los más débiles.

El Frente Amplio con que soñó y por el cual luchó el general Seregni era infinitamente más serio que esta farsa.

Estos sí que son “pompitas de jabón”.