¿A quién le importan los diccionarios?

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Nº1950 - al
Por Claudia Amengual
Claudia Amengual

Las palabras nombran lo que existe y también consolidan la existencia de lo que nombran. Reflejan realidad y contribuyen a crearla. Mucho antes de ser incorporadas al diccionario, ya han sido adoptadas por la comunidad parlante. Nacen de otras palabras o de la imaginación de alguien que con ingenuidad o sin ella las inventa, abrevan en otras lenguas, se amoldan a la morfología que las recibe, llenan huecos, confirman antiguas certezas, materializan lo que antes solo flotaba en el entendimiento carente de toda consistencia, estabilizan, ligan, tienden puentes. Magníficas y poderosas, no alcanzan, sin embargo, a cerrar por completo la brecha que las distancia de las sensaciones, las ideas y los sentimientos. Las palabras dicen lo que pueden. 

Aun así, desde su naturaleza insuficiente, mortificadas por la eterna sed de narrar realidades que siempre les quedan un poco más lejos, condenadas al suplicio de aproximarse a un pozo en el que se reflejan pero del que nunca beben, incluso así de imperfectas, las palabras nos sostienen. Por eso, cuando se produce algún cambio en el Diccionario de la lengua española —al de la Real Academia, me refiero— es interesante conocer los motivos que justificaron esos ingresos, esas modificaciones o esas supresiones. El hecho es bastante más que un acontecimiento lingüístico. El uso determina esos cambios y, por lo tanto, sus raíces se hunden en lo más profundo de la comunidad que se vale de esa lengua.

Hace unos días, la Real Academia presentó la primera actualización de la última edición del Diccionario de la lengua española. Se trata de 3.345 modificaciones efectuadas desde 2014 al presente. Paz Battaner —académica y directora del citado diccionario— destaca entre las incorporaciones palabras como aporofobia —“fobia a las personas pobres o desfavorecidas”—, postureo —“actitud artificiosa e impostada que se adopta por conveniencia o presunción” y la fascinante posverdad —“distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales”— un concepto de creciente trascendencia en el que mucho influyen las nuevas tecnologías y sobre el que debemos reflexionar y debatir. 

Asimismo, se han añadido acepciones —un segundo significado para hacker, por ejemplo— y se han enmendado algunos artículos. En el artículo sexo, solo por citar un caso, se mantiene sexo débil como “conjunto de las mujeres”, pero se le añade una marca de uso que indica que la expresión se utiliza con “intención despectiva o discriminatoria”. En el mismo sentido, sexo fuerte, en tanto “conjunto de los varones”, se acompaña ahora de la marca de uso que indica su empleo “en sentido irónico”. Podremos discrepar o estar de acuerdo. Lo que resulta evidente es la conexión que existe entre la cambiante realidad y la vitalidad de la lengua. El diccionario corre a la par de los tiempos y, para mantenerlo actualizado, es necesario hacer revisiones permanentes. 

El director de la Real Academia Española, Darío Villanueva, llama la atención acerca de la inconveniencia de incorporar anglicismos cuando el español cuente con palabras equivalentes. A pesar de ello, entre las novedades es posible encontrar fair play —“juego limpio”—, container —“contenedor” y “barco destinado al transporte de mercancías en contenedores”—, cracker —“pirata informático”— y holter —“prueba diagnóstica en la que un dispositivo registra en un monitor durante varias horas la actividad del corazón de un paciente por medio de electrodos colocados en su torso”. El tiempo irá diciendo si estos préstamos permanecen en su estado original o si se adaptan a la grafía del español —una lengua en esencia mestiza—, como lo han hecho tantas palabras que usamos a diario y de cuyo origen extranjero ya ni nos acordamos.

Vuelvo a la pregunta del título. ¿A quién le importan los diccionarios? No lo sé y la verdad es que nada cambiaría saberlo. La vida continúa sin ellos y también el devenir de la lengua. Supongo que no tienen muchos adeptos. Sin embargo, unidos como están en honda intimidad al uso que las comunidades parlantes hacen de las palabras, estos libros poco atractivos constituyen una excelente referencia para saber de dónde venimos y cuál ha sido nuestra peripecia. No digo que haya que estar pendientes, pero no viene mal prestarles un poquito de atención cada tanto. Como a esos tíos veteranos que resultan aburridísimos cuando empiezan con sus cuentos, pero que guardan en la memoria la historia de la familia. El relato. Las palabras. Es decir, la identidad. Nada menos. tatiam@galeria.com.uy 

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