Razones para extrañar

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Nº1948 - al de Diciembre de 2017
Por Claudia Amengual
Claudia Amengual

“A menudo”, dice Umberto Eco, “es necesario sanear la sensibilidad imponiéndole una larga cuarentena”. La frase está enmarcada en un análisis más amplio y refiere a esa saciedad que sobreviene cuando estamos demasiado tiempo expuestos a un objeto y nos acostumbramos tanto a él que casi no lo percibimos. Esto puede extenderse a personas, lugares o situaciones que, por repetidos, se nos vuelven habituales y previsibles. La costumbre anula la sorpresa y con la sorpresa se extingue esa maravillosa sensación de ingreso a otro espacio en el que quizá se nos dé la posibilidad de ser diferentes. La sorpresa de lo nuevo no es más que la ilusión de ser otros, acaso mejores y más felices. 

En cambio, lo conocido nos ancla en aquello de lo que ya nada distinto se espera. Por eso no resulta tan estimulante, no excita las emociones ni los sentidos; incluso puede parecer aburrido o molesto. Necesitamos refrescar nuestra experiencia. Partimos rumbo a emociones acicateados por la esperanza de un cambio que nos haga sentir vivos. Esos espejos nos devuelven un reflejo limpio, como de recién nacidos. Y, envalentonados por ese empujón vitalista, podemos volcarnos hacia un implacable egoísmo, destruir, devastar y persuadirnos de que el fin justifica los medios. 

Cuando lo que se ha dejado atrás era causa de dolor, estamos liberados y el alivio es inmenso. Pero no es menos cierto que luego del primer entusiasmo, lo nuevo también se pone viejo. El ciclo se cierra. Volvemos a sentirnos incompletos, a fantasear con otro horizonte y hacia allá nos movemos. Esto parece ser un motor fabuloso para progresar en la vida, pero tiene sus inconvenientes. Además del daño que causamos a nuestro paso, si no hemos aprendido a valorar lo que tenemos, estaremos condenados a una insatisfacción perpetua. A veces constatamos demasiado tarde que no siempre lo nuevo es mejor y que más nos hubiera valido resignificar lo conocido y viejo. 

No es raro que el tiempo y la distancia restituyan el aprecio. Al alejarnos de lo que antes nos sofocaba, adquirimos otra perspectiva y quizá acontezca un descubrimiento. Quizá mirar atrás nos permita valorar lo que antes subestimábamos y añoremos lo perdido. O demasiado tarde nos demos cuenta de que aquella saturación de nuestra sensibilidad solo era temporal y que podríamos haberla renovado con sabiduría, paciencia y esfuerzo. 

Dice a tal efecto Eco: “… nos descubrimos de nuevo frescos y asombrados, pero no es solo porque el intervalo nos haya desacostumbrado al efecto de esos estímulos organizados en un cierto modo; las más de las veces, en el intervalo también nuestra inteligencia ha madurado, nuestra memoria se ha enriquecido, nuestra cultura se ha profundizado; esto basta para que la forma originaria pueda despertar zonas de la inteligencia o de la sensibilidad que antes no existían…”. Entonces, extrañamos. 

Extrañar es, en la primera acepción del Diccionario de la Real Academia Española, “sentir la novedad de algo que usamos, echando de menos lo que nos es habitual”. Remite a una añoranza, un destierro, algo similar al nostos del que hablaban los griegos, ese dolor profundo que conlleva el deseo de un regreso a personas, lugares y objetos. Extrañar es una forma de la nostalgia. Es sentirse extranjero, fuera de los límites conocidos, aquello que nos define, nos enmarca y constituye nuestra identidad. 

Entrañar, en cambio, es “introducir en lo más hondo”, “unirse, estrecharse íntimamente, de todo corazón con alguien”. Extrañamos aquello de lo que alguna vez fuimos parte y añoramos recuperarlo no ya en su estado original, sino con las naturales transformaciones que acarrea el tiempo. También nosotros hemos cambiado. Así, nuestra sensibilidad —ahora enriquecida y madurada por la experiencia— se renueva y nos permite valorar lo que antes despreciamos. 

Todos necesitamos en mayor o menor grado recuperar algo de lo que fuimos, entrañarnos con ese pasado conocido del que también estamos hechos. No para retroceder y empantanarnos, sino para tomar impulso hacia delante. Sobre todo en estos días de balances y propósitos cuando parece adecuado borrar y hacer cuentas nuevas, quizá haga falta extrañar un poco y considerar algún regreso.

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