El celular es el principal enemigo de los fotógrafos de playa, que se reinventan para no desaparecer

Retratistas de las vacaciones

10min
Nº1960 - al de Marzo de 2018
Rosana Zinola

Hace 40 años, en Punta del Este cerca de 100 fotógrafos recorrían las playas desde Solanas hasta José Ignacio durante horas en busca de las familias o parejas que quisieran inmortalizar sus momentos de felicidad en una foto blanco y negro. A la noche, la rutina se trasladaba a la avenida Gorlero, donde se armaban largas filas de potenciales clientes ansiosos por encontrar su foto expuesta en un panel y llevarla a su casa impresa en papel.

Este ritual se repitió por años, hasta que los hábitos cambiaron y el negocio comenzó a decaer. Los turistas viajaban, compraban sus propias cámaras y experimentaban el hobby de la fotografía. Con el tiempo, el precio de los equipos fue bajando, volviéndolos más accesibles. Pese a que todavía resultaba un pasatiempo caro, los laboratorios de revelado de rollos estaban en auge y los locales sobre Gorlero se multiplicaban. Con el nuevo siglo, aparecieron las primeras cámaras digitales y con su proliferación llegaron las primeras consecuencias negativas para aquellos profesionales que, históricamente, salían a buscar compradores bajo el sol del verano. Así como la revolución de la era digital cambió la forma del negocio, la aparición de celulares—específicamente los teléfonos inteligentes— masificó la fotografía. Pero el asunto no terminó allí. Hoy, la inmediatez de “subir” o “compartir” cada imagen en las redes sociales marca el mercado y la agenda.

Con este escenario, los fotógrafos profesionales que rastrillan las playas de Punta del Este buscan reinventarse y apuestan a aquellos veraneantes que valoran un buen retrato, esos que con su mirada y técnica logran rescatar el alma.

Con la mente en blanco

A los 19 años, Juan Carlos de Malaspina salió de Minas hacia Buenos Aires con un bolsito con dos camisas a probar suerte como repostero. A la semana estaba trabajando en un restaurante del barrio Once. Por ese entonces, ocupaba su tiempo libre sacando fotos en alguna plaza o el zoológico con una cámara que el dueño le prestaba. Las casualidades lo llevaron a encontrarse en el subte con un fotógrafo minuano que trabajaba en un laboratorio de revelados. Se anotó en un curso y se compró su primera cámara, una Konika que en ese momento era de las primeras réflex. Varios cursos y mucha práctica le dieron la experiencia para animarse a salir en busca de clientes por las galerías del centro de Buenos Aires. Sin compromiso, les sacaba a las empleadas y después “enganchaba” a los patrones para fotografiar a los hijos. Así pasó a los bautismos, cumpleaños de 15 y en tres años tenía una “clientela bárbara”. Regresó a Uruguay pensando en instalarse luego en Brasil, por el buen clima, pero la vida lo llevó a recalar en Punta del Este el verano del 79.

Juan Carlos recuerda que en los dos primeros veranos el trabajo rindió como para poder comprar un apartamento en Gorlero. El sistema de trabajo se llamaba “quemar”. Había cuatro o cinco casas que les proporcionaban los rollos a los fotógrafos que recorrían las playas y cobraban un porcentaje de las fotos vendidas. Sacaban 1.000 fotos cada jornada; si el día estaba feo había que buscar a los veraneantes por Gorlero o en L’Auberge. En ese momento las fotos 13X18 y 15x21 costaban 5 dólares, en la actualidad valen el doble. 

Para el fotógrafo la clientela no solo cambió en cantidad sino en calidad. En la primera época recorría desde Solanas hasta José Ignacio, pasando por La Olla y Bikini. Ahora selecciona mejor los lugares, porque los pocos clientes que quedan prefieren fotos a color o copiar las que sacaron con su teléfono.

“Siempre fui a la playa con la mente en blanco, a disfrutar y sacar fotos. Me di cuenta de que lo que más rendía eran las fotos en Solanas con grupos de adolescentes en la zona de flirteo. Cuando veía que conversaban les sacaba”, cuenta Juan Carlos. Uno de sus grandes logros, dice, es que tres de esas parejas terminaron casándose y en los siguientes veranos lo buscaban para fotografiar a sus hijos.

El negocio fue creciendo hasta instalar su propia casa. En el año 2000 viajó a Estados Unidos a comprar la primera cámara digital, una Canon. También abrió un local en La Barra, hasta que se dio cuenta de que su metier era recorrer la playa y conversar con los padres hasta lograr la foto de familia. Hoy, Juan Carlos tiene 64 años y baja a la playa con una computadora para que sus clientes puedan elegir la foto en el momento y llevársela en un pendrive, o la copia para el día siguiente. En su zona de trabajo —Montoya, Bikini y el Club de la playa, en Manantiales—, 80% del público es argentino. 

Además, también sigue aplicando el “estilo Punta del Este”, ese que consiste en retratar las familias en un entorno de bosques de pinos. Hay muchos que lo llaman para tener un recuerdo del asado en su casa, del cumpleaños o el casamiento. Esa misma noche eligen las mejores tomas y al día siguiente ya tienen sus copias listas.

En los comienzos de su carrera, el fotógrafo minuano Juan Carlos Malaspina recorría las playas desde Solanas hasta José Ignacio en busca de familias o parejas, que en otras oportunidades los retrataba vestidos de blanco en el bosque de pinos al “estilo Pu

Retratos de los más chicos

Hace 20 veranos que Gloria Biurrun baja a la playa con su equipo para sacar fotos de niños; se las ofrece a sus padres y les entrega una tarjeta con la esperanza de que la visiten en su local para ver los retratos. En Torre Gorlero, en la 28 y la principal avenida de la península, ella o sus hijos atienden el negocio, el único que va quedando con este sistema. “Antes los padres venían a ver las muestras, pero ahora las eligen en la computadora. Más que nada me especializo en niños en la playa aunque también hago retratos en el bosque”, cuenta la fotógrafa, que aprendió el gusto de la profesión por sus hermanos hace tres décadas. Estas mismas familias son las que suelen llamarla para otras ocasiones, como casamientos, cumpleaños o reuniones. A pesar de que el local está abierto solamente en verano, su clientela ya sabe que también puede llamarla en marzo para el inicio de clases.

L.D.
Hace más de 20 veranos que Gloria Biurrun se especializa en fotos de niños teniendo a las madres como sus mayores aliadas para lograr el mejor retrato de sus hijos en la playa.
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El sol y el viento son sus compañeros en el recorrido diario. Las playas de la Brava, la 24, la 26, la Olla y la Posta del Cangrejo la esperan desde las once de la mañana hasta la una y desde las cuatro de la tarde hasta el atardecer, cuando Biurrun sale en busca de familias sobre todo argentinas, que año a año representan el 80% de sus compradores. Además de su pesado equipo fotográfico, lleva un arsenal de muñecos y globos que llaman la atención de los más chicos y así logra una expresión natural y espontánea. “Si no conseguís una buena foto, no vendés nada”, dice. Al “cliente de antes” le sigue gustando la fotografía en blanco y negro en los tamaños clásicos, que son 13x18 y 15x21. “Los clientes de nivel valoran nuestro trabajo y reconocen que la única foto familiar buena es la que les saco”, cuenta.

Los celulares y el auge de las redes sociales han ido reduciendo el negocio, aunque Biurrun opina que aun más valiosa que la cantidad es la calidad de la clientela. En ese sentido las madres son sus mayores aliadas, ya que siempre quieren la mejor foto de sus hijos.

Un loco de la fotografía

Con más de cinco décadas de experiencia como fotógrafo, Ramiro Baserga confiesa que esta temporada fue pocas veces a la playa en busca de clientes. Más allá de que la situación económica en Argentina ayudó a que Uruguay batiera récord de cantidad de turistas, para él “la gente no quiere costos extra”. “Ahora se perdió la magia, la magia de los fotógrafos, la magia de conservar los buenos recuerdos”, subraya el veterano profesional, de 82 años. Si todos sacan fotos con los teléfonos, ¿para qué quieren un fotógrafo?, se pregunta. Desde su perspectiva, el verano 2018 fue pésimo: “La gente dispara 100 veces hasta que alguna foto le queda bien”.

Entre 1980 y 1995, recuerda, había unos 100 fotógrafos que peinaban las playas de Punta del Este. En enero y febrero, Baserga trabajaba 16 horas diarias, porque algunos clientes lo llamaban para cubrir las fiestas que de noche daban en sus residencias.

L.D.
En 1948 Ramiro Baserga se convirtió en el fotógrafo oficial del Hotel San Rafael, único hotel cinco estrellas de Punta del Este, donde retrató a personalidades como Lyndon Johnson, Niki Lauda o el actor mexicano Cantinflas.
En estas fotos, Baserga aparece con el cantante español Joan Manuel Serrat y con el ídolo del fútbol mundial Pelé, que en broma tomó su cámara y lo fotografió.

Llegó a esta profesión casi de casualidad. A los 22 años tuvo un problema en la columna y el médico le recomendó tomar sol. Su ansiedad no le permitía estar sin hacer nada en la playa y el destino lo cruzó con un fotógrafo que lo entusiasmó enseñándole los primeros trucos. Leyó, hizo varios cursos y trabajó para otros hasta que logró montar su primer laboratorio. “Siempre fui un loco de la fotografía y me gusta seguir aprendiendo. La fotografía es un arte maravilloso que no se termina de aprender como la música. Cada foto es única porque registra un único instante. Las fotos son formas de perdurar los momentos vividos”, explica. 

En 1948 se convirtió en el fotógrafo oficial del Hotel San Rafael, único hotel 5 estrellas de Punta del Este, donde se desarrollaban congresos, encuentros políticos y las tradicionales fiestas del Festival de Cine. Durante 30 años fotografió a personalidades como el presidente de Estados Unidos Lyndon Johnson, el corredor de Fórmula 1 Niki Lauda, el actor Cantinflas o el cantante Joan Manuel Serrat. Además, trabajó en el Cantegril Country Club, en los restaurantes El Floreal y Bungalow Suizo, y por las noches en los boliches Zorba, Space y Marraquesh. En esas idas y venidas las anécdotas se fueron acumulando. Baserga recuerda con claridad cuando en la época de la dictadura militar al intentar sacarle una foto al rey Juan Carlos de España le pusieron una bayoneta en el estómago, o cuando fotografió al joven Diego Maradona con una miss Punta del Este. Sin embargo, advierte que la mejor foto de su carrera no la sacó él, sino que fue el rey Pelé cuando lo convirtió en el protagonista de la imagen bromeando con su cámara en el Hotel San Rafael.  

Uno de sus clientes más recordados fue el príncipe Rodrigo d’Arenberg, que organizaba lujosas fiestas en su casa con invitados que llegaban de todo el mundo. “El príncipe era muy amable y un día me pidió que viniera a una de sus fiestas y me firmó un pergamino como entrada. A él le gustaba tirar al platillo y yo le llevaba un álbum”, recuerda. “D’Arenberg nunca se tendría que haber muerto. Esa época era la verdadera Punta del Este, no como ahora. No se puede venir a Punta del Este a tomar mate en la playa, es incorrecto. Cada uno que busque su lugarcito para veranear”, cuestiona.

Con 82 años y sin haber usado nunca cremas ni protectores, Baserga continúa caminando por las playas de José Ignacio cargando su bolso de siete kilos para recuperar, aunque sea, un último instante mágico. 

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