Julio Bocca a los 50, una década después de su retiro de los escenarios y a meses de cumplir siete años al frente del Ballet Nacional del Sodre

“Sé que todavía no estamos en lo más alto, pero estamos muy bien”

14min
Nº1910 - al de Marzo de 2017
Pía Supervielle - Fotos: Leo Barizzoni

A Julio Bocca el cuerpo le duele todos los días. Lo dice unos minutos después de posar para las fotos y hacer, inesperadamente, algunas posiciones de ballet. El esfuerzo se nota cuando tensa el rostro, entrecierra los ojos y, al final, deja escapar un sutil lamento. Hay movimientos —la primera posición, por ejemplo— que ya no puede hacer. Si es cierto eso de que el cuerpo tiene memoria, el de Julio Bocca tiene que recordar todo. Más allá de la incomodidad, del dolor, la sobreexigencia, el director artístico del Ballet Nacional del Sodre (BNS) decidió que en este 2017 el día en la compañía iba a empezar distinto.—Tenemos a Maxi (Alzogaray), que no se le renovó el contrato pero sí se lo tomó como entrenador físico para trabajar con los bailarines cuando no tienen ensayo y quieren fortalecer. Entonces pensé: ¿Por qué no hacemos una clase aeróbica antes de empezar la jornada? Y así los que tenemos trabajo de oficina y estamos todo el día sentados empezamos diferente. Y, además, si estás con un poco de bronca ya te la sacás desde temprano —dice Bocca.

A las ocho en punto todos los integrantes del equipo de gestión y artístico del BNS tienen sus 45 minutos de clase. Habitualmente, Bocca es el primero en llegar. Siempre durmió muy bien y parece que ya nada le quita el sueño.

— Entre 9 y 9:30 me meto en la cama. A las 10 estoy durmiendo y a las 6 o 6:30 me levanto. Los fines de semana después de almorzar duermo mi siestita de dos o tres horas.Dice que aún no adelgazó, pero que sus músculos ya están en su lugar. Se toca la zona abdominal, y con la mirada un tanto divertida y otro tanto resignada, reconoce que le cuesta mucho bajar la panza.

Bocca está sentado en su nueva oficina, ubicada ahora en el segundo piso del Auditorio Nacional del Sodre, dos niveles más abajo que el resto de la compañía. Son las nueve de la mañana y acaba de terminar la clase de acondicionamiento físico y el exbailarín está vestido con una musculosa Topper negra y un short haciendo juego. El espacio es pequeño, sobrio. Hay una ventana modesta que permite que entre una luz agradable desde la calle Mercedes. Hay, también, algunos cuadros. Uno de ellos con todos los espectáculos estrenados por la compañía desde que él está al frente. Otro con una foto del día en que los bailarines hicieron se versión del “Harlem Shake”. Y, finalmente, uno que recorre buena parte de su vida artística y personal. Allí hay imágenes que lo muestran jovencísimo con sus maestros, sus colegas y los músicos frente a los que bailó; hay una foto del último cumpleaños que pasó con su madre; también está el retrato del día en que firmó su contrato con el Sodre frente a José Mujica y al entonces ministro de Cultura Ricardo Ehrlich; y hay una galería de celebridades como Sonia Braga, Sophia Loren, Julia Roberts, Liza Minnelli, Isabella Rossellini, Claudia Schiffer, por solo mencionar algunos. Finalmente, sobre el escritorio, un cúmulo de papeles con los repartos del “Hamlet Ruso”, cronogramas, mails, una computadora Mac, el teléfono que suena poco, un mate diminuto que mandó hacer para llevar como obsequio durante las giras y poco más.    

Habla con tranquilidad, sin salirse demasiado de la línea. Si hay algo que ha repetido mucho desde su alejamiento temporal de 2015 después del estreno de “El lago de los cisnes” es que los problemas internos son, justamente, internos.

Cuando volvió después de la sorpresiva licencia que se tomó en abril de 2015, contó que lo que había sucedido es que estaba muy estresado. ¿De qué manera se reflejaba ese estrés en su cotidianidad en el BNS?

Llegaba y no me daban ganas de estar acá. Me costaba el trato con el resto de la gente. Sentía que no se me venía nada a la cabeza, ni sensaciones ni ideas de cosas nuevas. En esos momentos siento que se me apaga la cabeza. Sé que tengo que hacer un cambio o esperar. Es una sensación que no se me fue del todo. Aún la estoy procesando. Llego a casa y, por suerte, me puedo desconectar, pero necesito ese incentivo. Saber que puedo generar cosas nuevas, diferentes. Ir más allá. Y, a veces, también necesitás de los otros. El año pasado fue muy cansador. Ya no quería gritar más, me cansa, no quiero ponerme mal para que las cosas funcionen o se hagan. No soy así, no me gusta, nunca me gustó. Ya no debería ser necesario llegar a ese punto. Hace siete años que estoy acá. Tampoco me gusta que se inventen cosas, sobre todo cuando no me conocen. Hago esto porque amo lo que hago. No vine, acepté el cargo y me quedé sentado atrás de un escritorio.

¿Con los bailarines se sigue enojando?

No. Ya encontré la manera de respirar profundo y acercarme de otra forma. Pero sí me pasa con el resto de la institución.

¿Le costó volver después del impasse?

No, pero sí lo hice sabiendo que me tenía que tranquilizar. Estaba con la mirada muy borrosa y me sirvió para limpiar y tener una visión nueva. De todas formas, empecé el año con la misma dureza de siempre, porque así es la danza, no es porque Julio Bocca lo dice. Lo que hago, simplemente, es transmitir esas exigencias que son las que me gustan y las que el público tiene que ver arriba del escenario.

Ahora es febrero. Julio Bocca está sentado sobre una tarima en un salón del Sofitel. Está vestido de camisa y saco —una de esas formalidades que no le gustan mucho—, a su izquierda está la primera bailarina María Riccetto, a su derecha la codirectora del BNS Sofía Sajac. También lo acompañan los bailarines Vanessa Fleita, Giovanna Martinatto, Marina Sánchez, Ciro Tamayo y Gustavo Carvalho y las autoridades del Sodre Doreen Ibarra, Élida Gencarelli y Hortensia Campanella. Bocca habla sin detenerse y no para de dar noticias: que va a haber entradas populares de 60 pesos; que este año se suma un espectáculo más a la temporada; que va a formar parte de los Prix Benois de la danza, que son algo así como los Oscar del ballet, y que nominó como mejores bailarines de 2016 a Riccetto y Carvalho; que la compañía llegó a los casi 300.000 dólares de ingresos producto de las 16 presentaciones durante su gira por España; y así. Cuando el director artístico del BNS está exultante, la mirada se le ilumina.   

Durante la presentación de la temporada 2017 del BNS se lo escuchó muy entusiasmado. ¿Tuvo algo especial ese momento?

Fue especial porque veníamos de cerrar una gira en España con mucha emoción. Iba sabiendo que la compañía estaba lista, que nos iba a ir bien, pero jamás me imaginé que nos iría como nos fue. La venta de entradas, las críticas elogiosas, todo eso fue inesperado. Yo bailé en el Liceu de Barcelona y sé que es un público muy duro. Entonces encontrarme con que la gente aplaudía de pie fue importante. Ellos me contaban que solo venden las butacas de la platea y de las tertulias del centro porque los asientos de los costados no tienen tan buena visibilidad. Pero, en este caso, los tuvieron que vender porque las entradas se agotaban. Todo eso fue muy fuerte. Y después en Madrid, más allá de que ya habíamos ido, íbamos a porcentaje de las ventas de entradas. Cosa que en el Liceu no sucedió, ahí nos pagaron un caché. Entonces era un riesgo porque estábamos en plena época de las Fiestas. Íbamos con un programa que incluía “Coppélia” y otras piezas más contemporáneas, pero son obras que ya están vistas, las tienen todas las compañías allá. No sabíamos cómo iba a responder la gente. Pero se agotó todo. Yo hablé con ellos al final y les dije que estaba muy feliz, porque al principio estaba lleno de miedos, de nervios. Iba con un grupo de gente toda muy joven, a pasar Navidad y Año Nuevo allá.

¿Tuvo que hacer mucho de padre?

Traté de no meterme. Es una compañía profesional y cada uno es responsable. Lo único que les pedí es que estuvieran en el horario de trabajo, que cumplieran con las funciones y que fueran respetuosos en los lugares a que acudieran. No hay que olvidarse que estamos representando a un país. La verdad es que fue maravilloso, hubo una muy linda atmósfera, éramos 71 personas, fue la gira más grande de estos años. Si alguien tuvo alguna resaca complicada no me enteré. Todo eso me dio mucha seguridad. Sé que todavía no estamos en lo más alto, pero estamos muy bien. Me siento muy orgulloso de lo que hemos logrado. También estoy muy contento de volver a hacer “Hamlet Ruso”, que es una obra que realizó la compañía de Boris Elfman, la de Lituania, el Bolshoi y nosotros. Ahora pedí si la podíamos hacer en alguna gira y me dijeron que sí. Entonces tenemos algo que es muy único. A eso hay que sumarle que vamos a hacer la apertura del Festival de Danse de Cannes. Es la primera vez que vamos a bailar en Francia y será el día en que va a estar toda la prensa.

¿Su cumpleaños número 50 y los diez años que pasaron desde que bailó por última vez colaboran en que este sea un momento especial en su carrera?

Sí. Hay un montón de cosas. Pero con respecto a los 50 siento que no me siento de 50, o al menos no me veo como yo veía a las personas de 50 cuando era joven. Sí hay cosas de mi cuerpo que me marcan la edad: las rodillas, la panza, que me cuesta bajar y me cuesta y me cuesta. Pero después, espiritualmente, me siento cómodo, seguro, disfruto las cosas de otra forma. Este año volví y le dije al equipo: “Chicos, vamos a estar tranquilos. Cualquier problema se anota y se traslada a Recursos Humanos, pero no vamos a estar todo el tiempo metidos en peleas”. La idea es manejarnos de otra forma a lo que veníamos acostumbrados. Claro que lo hacíamos así porque me gusta que las cosas sean más ágiles. No es que ya no quiera que funcione así, pero hay que ver si podemos resolverlo de otra manera. Igual a lo último hay que seguir gritando para que se solucionen. Todo bien, pero no me gusta decir todo el tiempo que me voy, que se acabó. ¿Qué necesidad? Pero parece que es lo único que funciona. Si toda esta institución quiere seguir creciendo y seguir mejorando hay que hacer el cambio. El Ballet sigue siendo una isla y no tiene que ser así. Tiene que ser parte. Pero hay un ritmo y una forma de trabajo que ya incorporamos. Si nos quedamos, perdemos todo lo que hicimos. Tenemos que mantener el nivel que alcanzamos y eso es lo más difícil. Lo que noto ahora con mis 50 es que me tomo las cosas con más tranquilidad. Cuando asumí la dirección del BNS no tenía mucha experiencia. Lo que hacía era tratar de imaginar a mi maestro llevando una clase, pensar cómo me trataba a mí en el trabajo cotidiano, observar cómo se manejaban otras figuras que estaban en ese mismo lugar. Yo tenía esa información, pero nunca había estado en esa situación. Además, esta época en la que estoy es distinta a la que viví como bailarín.

¿En qué aspectos visualiza las diferencias entre lo que era antes y lo que es ahora en cuanto a los bailarines?

El tiempo de trabajo que teníamos, la cantidad de horas. En el American Ballet entraba a las diez y salía a las siete de la tarde. Y almorzábamos cuando podíamos. No teníamos un horario. Sudábamos en serio, estábamos todo el día a full. Todos los días audicionabas. Jamás se oía hablar en la sala. No nos aburríamos tan rápido. Ahora siento que necesitan tener más tiempo libre. En mi época la clave era tratar de hacer la mayor cantidad de funciones posible porque eso significaba que cobrábamos más. Teníamos seguro 32 semanas pagas al año, el resto era extra. Si lo que hacíamos era un éxito, seguíamos y seguíamos cobrando. Tampoco se veía que un bailarín le contestara al maestro. Ahora pasan, y está bien porque el maestro o el director se puede equivocar. De todas formas, la compañía cambió muchísimo. Ya no es necesario estar diciendo a cada rato “silencio, silencio”. A veces ellos mismos lo piden.

¿Se puede hablar de una personalidad de la compañía?

Una cosa que es emocionante y que me sucedió en la gira fue que me encontré con que es una compañía con personalidades diferentes, pero al mismo tiempo podés ver una unidad. En el cuerpo de baile te encontrás con chicas altas, bajas, más flacas, más musculosas, morochas, rubias, caribeñas, sudamericanas, lo mismo con los chicos, y, de golpe, cuando hay que bailar parecen una sola persona moviéndose. Eso no sucede ni en la Ópera de París ni en el American ni en el Bolshoi. Después está la energía que ellos crean. Y, también, está la dinámica del baile. Las obras que hacemos no suelen ser muy largas y tienen un ritmo y una alegría que sorprenden. Quizás mucha gente vio “Coppélia” pero al ritmo que lo hacemos, no. Eso nos diferencia. Porque no vamos a competir con físicos largos.  

¿Su mayor orgullo es ver a los bailarines uruguayos brillar en otras compañías?

Lo que me fascinaría, aunque muchos piensan que no, es tener 80% de la compañía con bailarines uruguayos. Pero para eso se necesita una escuela con las comodidades adecuadas. Ha cambiado muchísimo, está muchísimo mejor, pero las condiciones no son las adecuadas para que un niño empiece a competir. A los niños les gusta esto y no lo ven como un hobby; tienen que saber que a los ocho años son profesionales. Pero lo que está claro es que si vas a la Escuela Nacional de Danza es porque querés estar en una compañía como el BNS o cualquier otra del mundo. Pero tiene que haber una concentración, una disciplina y una energía para llegar a ciertos niveles. Para eso debés tener una escuela donde en el mismo lugar físico tengas primaria, liceo y las clases de danza. De otra manera cuesta mucho más. Si Uruguay quiere seguir teniendo una compañía internacional, como la que hay, se necesita una escuela con urgencia.

¿Sin disciplina el talento se agota en un bailarín profesional?

No sabés la cantidad que se quedan por el camino. Si no hacés clase y ensayás lo podés llevar por un tiempo pero llega un momento en que caés. Primero porque hay un momento en que el cuerpo no te rinde. Además, la gente quiere algo más, no solo que hagas un giro o un salto. Y las compañías y los directores no te contratan si saben que después no cumplís, no sos disciplinado. Hay una cantidad de bailarines que lo único que hacen es prepararse para concursos. Muchos de ellos no los encontrás nunca en una compañía estable porque no pueden encajar. La disciplina es fundamental y lo es hasta el último día. Hay que aprovechar el tiempo porque esto es muy cortito. Es una carrera de alto rendimiento que dura poco y hay que dar todo el tiempo lo máximo.

En el BNS todos los años hay bailarines nuevos que ingresan y otros que se deben ir porque no cumplen con las expectativas. ¿Cómo son esas instancias para usted?

Lindas no son, pero son parte de.

¿Usted es el que les dice que ya no van a formar más parte del BNS?

El año pasado, Sofía (Sajac) lo hizo con cuerpo de baile y yo con los solistas y los primeros bailarines. Lo que hacemos durante el año, y esto no lo hace ninguna compañía, es darles un aviso, darles la posibilidad de que vayan a audicionar a otros lados. También se les va comunicando las faltas que tienen, si hay problemas de disciplina. Cada seis meses todos los maestros hacemos una evaluación de cada bailarín. Ahí se ve conducta, físico y ese tipo de cuestiones. Después se habla con ellos y se les llega a dar tres avisos de que algo tiene que cambiar. Si no se avanza es cuando pueden ver posibilidades en otras partes del mundo. De todas maneras, siempre, pueden hacer audiciones en otros lados. Se les da el permiso en momentos en los que no afecte a las funciones. Ahora en España muchos se quedaron. Me parece perfecto porque de esa manera ven cómo están trabajando ellos, conocen sus posibilidades reales y también se dan cuenta de dónde están trabajando. Hay que comparar. A mí me sirve cuando voy afuera a dar clases. Y hay veces que me digo: “Wow, estamos mejor que esto”. Encuentro que nuestra forma de trabajar es mejor, las producciones que hacemos, el nivel de los bailarines. Cuando volvés estás más fresco y ves a la compañía de una manera diferente.

Retomando el tema de los bailarines que no tienen buenas evaluaciones, si no cumplen con esas recomendaciones, a fin de año no se les renueva el contrato. Pero no es de un día para el otro que alguien les dice “gracias por todo”. Es un proceso. Después hay muchos bailarines uruguayos que tienen posibilidades de ser maestros, de quedarse en la compañía trabajando en otros lugares. Nosotros trabajamos mucho en la transición con ellos, aunque no siempre quieren quedarse. La mayoría están entre el BNS y la Escuela Nacional de Danza. Obviamente, tampoco podemos sostenerlos a todos. Hay un montón de otras cosas que se pueden hacer.

¿Está contento con el repertorio del BNS? ¿O hay algunos lujos que todavía no se pudo dar?

Estoy contento, sí. El repertorio lo elegí yo. Gustos que podían llegar a ser difíciles los hicimos. “Oneguin”, por ejemplo. Pensé que iba a ser mucho más aceptado por la gente, pero no lo fue. Pero es una obra maravillosa, va a ser un clásico por siempre. “Hamlet ruso”, “Romeo y Julieta”, son gustitos que me doy yo y que también se da la compañía. El año que viene tenemos la nueva producción de “Bella durmiente” con vestuario de Agatha Ruiz de la Prada especialmente hecho para nosotros. Es genial lo que está haciendo. No sé si gustará, pero yo siempre la vi como una historia tan linda, tan dulce, con un vestuario muy gris y ahora no va a ser así. El otro estreno que tenemos para 2018 es “Études” de Harald Lander, que es una obra muy clásica. Hace siete años que la pedí y recién ahora las fechas concuerdan. También estamos hablando para hacer “Manon” y “Cenicienta” de Demis Volpi para 2019, y la versión de Christopher Wheeldon de “Alicia en el país de las maravillas” que es la que tiene el Royal Ballet. Eso estamos hablando de 2020.    

Antes de que llegue el futuro, Bocca tendrá que transitar este 2017 entre aeropuertos y horas de jet lag. Él dice que lo disfruta y que también son las instancias que aprovecha para tender redes y después traer contactos para Uruguay. El primer viaje será para la gala homenaje que le harán por sus 50 años en el marco de los Youth America Grand Prix. El 14 de abril, en el Lincoln Center de Nueva York, bailarán Riccetto junto al primer bailarín del American Ballet Marcelo Gomes, Manuel Legri, el director del Ballet de Austria, la directora artística del English National Ballet, Tamara Rojo, los argentinos Hernán Piquín y Cecilia Figaredo, entre otras figuras sobresalientes del universo de la danza. “Voy a estar sufriendo porque todas esas cosas mucho no me gustan”, dice Bocca. Siguen Corea, Pekín, las escuelas del San Francisco Ballet y del American Ballet, donde participa como jurado, da clases y trabaja con bailarines en variaciones. En Hong Kong trabajará con la compañía de la ciudad en la producción de “El Corsario”, que contará con el diseño de escenografía y vestuario de Hugo Millán. También están las giras con el BNS: Argentina, Ecuador, la apertura del Festival de Cannes. “Estamos por cerrar Tenerife, Vicenza, un festival de danza en Nueva York y una posible función compartida en el Bolshoi por los 160 años de relaciones exteriores entre ambos países”, cuenta.  

Y en mayo se va al Bolshoi, a los premios Benois de la Danza con María Riccetto y Gustavo Carvalho.

Sí. Supuestamente, no tendría que haber dicho nada porque desde la organización lo tienen que anunciar. Me mandaron un mail para avisarme. Pero bueno... La idea es que disfruten ese momento en que se corre el telón y aparece ese escenario que es como una cancha de fútbol. Además parece que van a bailar con la orquesta del Bolshoi. Como nos vamos en medio de “Don Quijote”, a la vuelta Gustavo baila con Ludmila Paglierio, que es la primera bailarina del ballet de la Ópera de París que viene para esa obra.

¿Y Riccetto?

Habrá hecho las primeras funciones y después no retoma porque ya está en ese período de disfrutar más las cosas que le gusta hacer.

Y usted la deja.

Sí. Cuando yo estaba en el American Ballet elegí qué días bailaba y con quién bailaba, qué hacía de repertorio. Ella ya está en una posición y en un momento en que tiene que estar feliz haciendo lo que le gusta.

¿Es a la única que se lo permite?

Sí, es a la única. 

Agradecemos a Levi’s por su colaboración en esta producción gráfica.