Sigue siendo la economía, estúpido

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Nº1947 - al de Diciembre de 2017
por Fernando Santullo

“Y entonces el cielo se abrió y todo fue superestructura” podría ser el resumen de este texto. Me explico: en una columna reciente, mencionaba a la pasada que la revolución más grande que se había vivido en estos últimos 45 años (se cumplían 45 años de vida de este medio, de ahí la fecha) había sido la incorporación de la mujer a la vida económica y social de manera plena. Es decir, la ocupación del lugar que le corresponde según nuestra concepción democrática de la vida en sociedad.

Me gustaría ahondar un poco sobre cómo, partiendo de esa conquistada igualdad (que en muchos sentidos aún no es real ni completa), las acciones de gobiernos y el debate público se han ido trasladando de aquellos aspectos materiales y objetivos (medibles) que aún quedan por igualar, a una pugna por el espacio puramente simbólico. Sin pretender ser académico (no tengo las lecturas como para eso y además sería un embole), me gustaría intentar describir, desde el periodismo, cómo es que se ha producido ese desplazamiento.

Hace tres o cuatro décadas era normal que las fuerzas que se denominaban progresistas apuntaran sus baterías críticas a lo que la teoría marxista llamaba base o infraestructura de la sociedad. Es decir, las llamadas relaciones de producción y el modo de producción en que estas ocurrían. ¿Por qué “de producción”? Porque, según aseguraba la versión más vulgar del marxismo, la economía era el centro neurálgico del sistema. Todo lo demás, el marco jurídico, la cultura, el arte, las ideas, etcétera, era mero reflejo, pura superestructura.

De allí el énfasis puesto en la llamada lucha de clases, es decir, en el combate por modificar la matriz económica. Un combate que se revestía de diversas ideologías, dependiendo desde qué clase social se mirara. Si uno era empresario, estaría del lado del status quo capitalista y defendería su interés en tanto burgués. Si uno era obrero, se aliaría con otros obreros para defender sus derechos en tanto proletarios.

Con el paso de los años no fue tan claro que esos proletarios, una vez conquistado un mejor salario y unas mejores expectativas de vida para ellos y para sus familias, estuvieran dispuestos a cazar un fierro y arrancar para el monte. Es más, pronto fue claro que esa alternativa era para la mayoría de los trabajadores una perspectiva peor que la de alcanzar cierta estabilidad laboral y cierto bienestar material a costa de su trabajo duro. Un bienestar material que puede parecer poca cosa para quien siempre lo tuvo (¡consumistas! gritan los bien pensantes), pero que es el día y la noche para quien jamás lo disfrutó antes.

Sumándole el cambio tecnológico, que desplazó a muchos de esos trabajadores del sistema fabril, dejó de ser fácil identificar una clase proletaria, existiendo en cambio trabajadores atomizados y sin la facilidad de organización que ofrecía trabajar en una nave industrial. La economía fue derivando cada vez más hacia el sector de los servicios y, trabajando allí, es difícil sentirse parte del proletariado industrial de mitad de siglo XX.

Paralelamente, en las ciencias sociales se empezaba a percibir que la explicación del marxismo vulgar, popular hasta entonces, era tan generalista y tan amplia que no explicaba casi nada. Sumado a eso, era cada vez más evidente el fracaso sin paliativos que representaba el llamado “socialismo real”. Aparecieron miradas distintas dentro del propio marxismo y sus derivados (Habermas y otros), y una visión que podríamos llamar posmoderna, que comenzó a desconfiar de la propia idea de un relato que lo abarcara y explicara todo. La esquizofrenia que se vivía en las clases de Teoría Social de mi facultad era épica, con tensiones intensas entre aquellos autores preferidos por los docentes y lo que postulaban otras escuelas que eran explicadas en esos mismos cursos. Ya no bastaba con profesar un credo, había que estar dispuesto a discutirlo y eso para la ciencia siempre es bueno.

Lo que no ha sido tan bueno es que esto haya dado como resultado el abandono de las señales económicas en el análisis de los fenómenos sociales y su sustitución por los juegos del lenguaje como explicación para todo. A veces da la impresión de que se pasó de entender y explicar el mundo desde un todo económico y solo económico, a explicarlo según un todo simbólico y solo simbólico. Es decir, se asumió del pensamiento posmoderno su crítica a la pretensión total positivista y se acentuó la desconfianza (entre las clases medias educadas sobre todo) hacia el progreso. Pero no se abandonó la pretensión de seguir usando un par de clichés absolutos para explicar el todo, como si aún viviéramos en el neolítico y no en sociedades complejas.

Tampoco se abandonó la pretensión de revolucionar el todo, manteniendo intacta, ahí sí, la confianza en “la gran idea” como principio rector de nuestras vidas. Haciéndolo, además, desde la descalificación de quienes apuntan que no todo en nuestras sociedades puede ser explicado usando un comodín que anula al resto de los puntos de vista. Y es que pareciera que hay vida inteligente más allá de los significantes vacíos y prestos a ser rellenados como única verdad política revelada.

Volviendo a la revolución de las mujeres: es claro que si estas son hoy más libres e iguales que antes no es tanto por las medidas simbólicas tomadas por algún gobierno, como porque la economía necesitó su mano de obra. Y, al menos en una sociedad democrática como la uruguaya, no es admisible pedirle a alguien que asuma un trabajo sin otorgarle los mismos derechos y obligaciones que tiene quien ya lo viene realizando.

Existe, entre otras muchas desigualdades que permanecen, una brecha salarial entre hombres y mujeres que debe sellarse cuanto antes. En Europa, por ejemplo y siendo uno de los contextos en donde esa distancia es menor, la diferencia de retribución entre hombres y mujeres por el mismo empleo, ronda en promedio el 20%, según datos de este mismo año. Un amigo, economista, me recordaba que esta distancia existe de manera contrastada también en Uruguay, incluso tratándose del mismo cargo. Es decir, no es que las mujeres elijan carreras peor remuneradas, algo que si bien puede contribuir a esa diferencia no la explica del todo.

El asunto, creo yo, es que para eliminar esa brecha se necesitan, por ejemplo, más inspectores del Ministerio de Trabajo que garanticen que esa distancia no se siga haciendo efectiva, y no tanto proclamas más o menos abstractas diseñadas desde arriba para quienes ya están convencidos de lo que va a decir esa pancarta.

Las mujeres se pueden plantar hoy en pie de igualdad porque no dependen de los hombres en ningún sentido, especialmente en el económico. Esa libertad es la clave de su autonomía y de la de cualquiera que intente ser dueño de su destino. Por eso, creo que conviene seguir mirando como estamos incidiendo en los hechos y no solo en las palabras.

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