Son todos fachos menos yo

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Nº1943 - al de Noviembre de 2017
por Fernando Santullo

Hace unos cuantos años, durante la dictadura uruguaya, se daba un debate bien interesante en la izquierda que estaba fuera del país. Por un lado estaban quienes decían que la dictadura era fascista y que todas las dictaduras latinoamericanas de la época lo eran. Por otro, los que caracterizaban a la dictadura como autoritaria y militarista, pero sin reunir las condiciones ideológicas que se necesitaban para llamarla fascista.

Ese debate, por interesante que fuera y mal que les pese a los amigos de las precisiones y las definiciones políticas racionales, ha sido superado por el uso inmisericorde de la palabra “facho” para definir primero, a cualquier pensamiento de derechas, como si no existieran derechas democráticas en todas partes, y luego para simplemente descalificar a cualquiera que opine algo que no me gusta. Me refiero no tanto al debate académico, que sigue y que calculo debe gozar de buena salud, como al uso social del palabro.

La banalización pura y dura de los términos es precisamente lo que nos ha dejado acá, en este páramo donde se comenta desde la trinchera del ofendido o del conspirador de redes, ese que en la calle capaz que te saluda pero en el mundo virtual te cuelga de los pulgares porque sos de los malos. Tan es así que hoy día “facho” es casi un sinónimo de “pedo” o “culo” antes que una definición concreta sobre un movimiento político que operó realmente en determinado momento histórico. Y que hizo polvo la vida de millones de personas.

Por otro lado, no es casual que aquel que usa “facho” para resumir todo lo que le parece mal de una opinión, sea el primero que pida a voz en cuello que se apliquen medidas que cualquier facho en serio aplaudiría. En su versión más juvenil e irreflexiva, el señor que detecta fachos en toda disidencia, suele proponer que esas voces que no le gustan sean suprimidas del espacio público. No tanto porque no le gusten sus razones (que directamente no le interesan) como porque se siente ofendido. Nadie más sensible que alguien que tiene activado el detector de fachos y el ofensómetro al mismo tiempo: podría detectar un leve temblor de tierra en Nepal sin esfuerzo y es casi seguro que logra asociar ese temblor con algún facho. O con varios.

Lo irónico de ese giro lingüístico (y mental) es que esa forma irracional de operar en la arena política fue una de las características más evidentes de los verdaderos fascistas: aquellos se proponían no solo borrar del mapa a cualquier voz discordante, sino que querían hacerlo poniendo la acción y la fuerza siempre antes que las palabras. La racionalidad era para los fascismos cosa de burgueses. Conviene no olvidarse de que, pese a ser asociados a la extrema derecha, los fascistas se presentaron siempre como antiburgueses y superadores del statu quo que representaban las democracias liberales, a las que veían como blandas y corruptas. Sin cojones para hacer lo que había que hacer, digamos.

En los movimientos fascistas, que se originaron en Italia y que luego se expandieron a buena parte de Europa, muy notablemente Alemania, primaba siempre la acción por sobre el pensamiento. En especial la acción del líder carismático, el líder dotado de oratoria y de capacidad de mando. Es ese líder quien impone la voluntad de ese pueblo que él resume y representa. Por eso es a través de una estructura estatal vertical y corporativista, que no respeta la muy liberal separación de poderes, que ejerce su poder sin cortapisas.

Por supuesto, quien llama “facho” a cualquiera que no comulga con las ruedas de su molino mental no es un Mussolini ni un Hitler ni ninguno de los líderes fascistas que pulularon en Europa en el periodo de entreguerras. Es más bien alguien que ha comprado de manera automática y sin demasiada meditación la versión banal del término. Probablemente sea alguien que no conoce demasiado a fondo el significado original de la palabra ni, casi seguro, la historia del fascismo y que por tanto la usa como moneda de cambio en sus peleas virtuales o reales. En resumen, alguien que usa la versión banalizada, vacía de sentido, ausente de meditación y contenido. Que la usa como un slogan, un sopapo retórico que se le pega a alguien como se le podría pegar otro con otra palabra distinta.

El gran problema que tiene esta banalización del término es que no solo es una completa falta de respeto hacia las víctimas de los fascismos reales, que se cuentan por millones, sino que implica también la más radical falta de perspectiva histórica. Se suele repetir mucho la cantinela de que es necesario aprender del pasado para no cometer los mismos errores de entonces. Bien, banalizar el término “facho” es precisamente hacer eso, abrir la puerta de par en par a la desmemoria, a la ausencia de contexto, a la no historia, a repetir ad eternum los errores y horrores que nos llevaron a la barbarie nazi. Y es que es esa banalización la que habilita el uso liviano, acrítico e irracional del término, anulando su posibilidad de funcionar como herramienta descriptiva de un fenómeno social. En resumen, lo que haría cualquier facho de los de verdad: hacer política con la acción antes que con la reflexión.

Si, como bien señala Jorge Barreiro, “la libertad de expresión no fue concebida para que nadie critique mis certezas, sino exactamente para todo lo contrario: para exponerlas al escrutinio público y ver si resisten los intentos de refutación”, el problema final con el “son todos fachos menos yo” es que funciona igual que la acusación de brujería en Salem: es el obturador por excelencia de cualquier intercambio y es a la vez el mejor constructor de demonios ad hoc. Y como cualquiera sabe, con el diablo no se dialoga, se lo vence y todo vale en esa lucha. De esa manera, quien usa el término “facho” con la discrecionalidad actual, en realidad lo que hace es blindar su idea frente a cualquier otra que se le pueda oponer.

Justamente por eso, para no caer en la tentación de satanizar todo lo que no nos gusta y terminar ejerciendo de inquisidores modernos, es que un mínimo rigor conceptual parece exigible. No hay razón para aceptar menos que eso.