Sufragio, luchas y símbolxs

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Nº1960 - al de Marzo de 2018
por Fernando Santullo

Como suele ocurrir cuando se acerca el 8 de marzo, comienzan a aparecer artículos de todo color y pelaje sobre la mujer, sobre las mujeres. En medio de esa profusa maraña de notas, que las más de las veces no pasan de ser expresiones de buenos deseos que en general no se concretan demasiado, encontré un interesante artículo del politólogo español Pablo Simón sobre el sufragio femenino.

En el arranque, Simón (que por regla general en sus textos trata de apartarse poco de las evidencias empíricas) recuerda que las razones por las que el sufragio femenino se fue volviendo algo aceptado fueron diversas. Apunta así que los dos países pioneros en la materia fueron Nueva Zelanda en 1893 y Australia en 1902 y que entre las razones que tuvieron para establecerlo estuvo la menor presencia femenina en la población (eran colonias) y que por tanto no podían incidir de manera decisiva en una elección, en caso de votar distinto a los hombres. Es decir, te dejo votar pero solo en la medida en que no peses demasiado en las decisiones.

Simón señala también que a mayor peso de la religión católica, más lenta fue la aceptación del sufragio femenino. Uruguay, justamente gracias a la radical separación entre Estado e Iglesia que impulsó el batllismo, fue el primer país de América Latina en asumir el voto femenino. Para terminar, el politólogo español recuerda que han sido las guerras los momentos que han resultado más decisivos para el establecimiento del voto femenino: las guerras disparan la sensación de necesidad de Estado y las sufragistas se acercaron de manera decisiva, con acciones, a estos Estados.

En su nota, Simón señala que fue en esos períodos en donde las sufragistas concretaron acciones que mostraron la relevancia de las mujeres como factor decisivo en la gestión democrática de la sociedad. Las mujeres se incorporaron al mercado de trabajo, primero durante las guerras y luego de manera permanente. Las sufragistas asumieron además un papel clave en el impulso de la cohesión nacional. Y es que salvo en los casos de asociaciones pacifistas, la mayoría de las sufragistas se alinearon al lado de sus Estados en guerra. Finalmente, Simón destaca que “la extensión del sufragio femenino tuvo claras implicaciones en las preferencias políticas de los países. Su implantación provocó un incremento del gasto público y de los ingresos, así como una tendencia a mayor aprobación de leyes sobre derechos”.

Lo que sigue es una obviedad pero creo que es relevante: lo que ha logrado que el sufragio femenino sea ley en 187 de los 193 países que actualmente existen, fue una lucha que se libró antes que nada en el terreno de los hechos. Sí, por supuesto, se libró al mismo tiempo como debate simbólico. Pero fueron acciones concretas y muchas veces dolorosas (muchas sufragistas fueron encarceladas por su activismo) las que permitieron el advenimiento del voto de la mujer. Y que son esos hechos tangibles los que han logrado que la mujer ocupe de manera cada vez más plena el lugar que democráticamente le corresponde en nuestras sociedades. Por eso me gustaría apuntar hacia algunas señales que, a mi entender, pueden resultar un gol en contra en ese proceso.

La primera de ellas, la obsesión por los símbolos que suelen tener un montón de campañas públicas y gestos colectivos. No, la situación de la mujer no cambió en ninguna parte porque la letra O se sustituyera en las comunicaciones oficiales por una E o una X. Las mujeres que trajeron cambios los trajeron porque ocuparon real y efectivamente el lugar que entendían debían ocupar. Y lo hicieron sabiendo que eso iba a ser doloroso. En muchas ocasiones, contraviniendo la ley.

Entiéndase, no estoy invitando a nadie al sacrificio o a romper la ley. Afortunadamente, los lugares que aún faltan por ocupar pueden ocuparse a través del impulso de nuevas leyes, de la educación, de los reglamentos, de pactos entre actores sociales. Por poner un ejemplo: asumiendo que existe una brecha salarial entre hombres y mujeres a igual calificación, igual sector e igual puesto, la solución a tal problema no es pedirle algo esotérico a la Real Academia Española (que a esta altura pareciera que tiene hasta un ejército propio) sino mandar inspectores de trabajo a aquellas empresas que ejercen tal discriminación, multarlas e impedir que sigan discriminando. Porque la ley que impide eso existe desde hace años.

Es decir, no pasa por buscar “soluciones” que se basen en esa mezcla de magia y antropología que cree que cada cosa de la realidad es un frasco vacío que puede ser rellenado a voluntad, como si no existieran los acuerdos previos que dan sentido a esas cosas. El lenguaje es uno de esos acuerdos previos, uno de los más básicos. Pretender forzarlo a efectos de rellenar el frasco a nuestro antojo (por legítimo que nos pueda parecer nuestro antojo) es obviar que el terreno existente es resultado de una larguísima negociación colectiva previa. Negociación entre distintos actores y desde distintos lugares de poder, cierto, pero una que ha incluido siempre, de una forma u otra, a todos los hablantes de esa lengua.

Practicar la ortopedia del lenguaje tal como se la pretende practicar, implica obviar esto y a la vez entender el lenguaje solo como campo de batalla en donde distintos ejércitos simbólicos se enfrentan en pos de una verdad última y única. Es decir, aplicando la lógica militar por encima de la posibilidad de avanzar en la construcción de consensos. En ese sentido, la pretensión de modelar el lenguaje logra dinamitar muchos más puentes que aquellos que dice querer construir. Por eso es cada vez menos raro encontrarse en una charla con gente que directamente no puede construir sus argumentos basándose en la lógica y a la que le basta creer que su punto de vista es superior y, por ende, el único válido. Cualquiera que opine algo distinto tiene una tara moral (es malvado o tonto) y por tanto deja de ser un interlocutor válido.

Tradicionalmente, las marchas, las manifestaciones, tenían como criterio el de difundirse para lograr convocar al mayor número de adherentes. No importaba si quien participaba no pertenecía al grupo convocante; al revés, su presencia, su solidaria adhesión era vivida como algo positivo, como la convicción de que la idea que latía detrás de la acción resultaba atractiva para sectores más amplios. Pero, dado que no vivimos más en ese mundo tradicional, las convocatorias ahora parecen sugerir que, al tiempo que se reclama universalidad para nuestras ideas, podemos seleccionar cuáles son los apoyos deseados y cuáles no. Como si pudiéramos digitar a quienes deseamos incluir en nuestra universalidad y a quienes no. Como si eso sirviera a nuestra causa.

Romper los vínculos del lenguaje realmente existentes, jugarse todas las cartas a la ingeniería social aplicada a un nuevo simbolismo ad hoc a la ideología propia, segregar por género marchas que, por nuestro propio bien, deberían abarcar las mayorías más amplias posibles, son señales poco alentadoras de hacia dónde está derivando el más legítimo de los deseos de justicia. Las sufragistas que hace 100 años pagaron esa voluntad con la cárcel, merecen ideas y, sobre todo, acciones que den sentido y hagan mejor su lucha. Merecen un 8 de marzo que nos encuentre unidos a todos quienes creemos que es hora de que la mujer asuma sin barreras el lugar que le corresponde en nuestras sociedades. El lugar de ciudadanas plenas, sin miedos, sin silencios, sin discriminaciones, con las oportunidades que debería tener cualquier ciudadano en una sociedad democrática.

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