"Yo por dentro", el testamento literario de Sam Shepard

Últimos días del poeta

5min
Nº1968 - al de Mayo de 2018
Eduardo Alvariza

Un par de huevos bastante cocidos, picadillo de ternera sin papas y un bollo tostado componían su desayuno, que por lo general se lo servía la camarera pelirroja. Si se sentaba en la barra, elegía el final de la fila para no tener a nadie a su derecha, una forma de impedir que le dieran la lata, y así poder sumergirse tranquilamente en la lectura y en su mundo. El poeta necesita estar a resguardo y a solas con su esqueleto. Y el actor, escritor, dramaturgo y cowboy Sam Shepard fue, antes que nada, un poeta.

Elegidos para la gloria, Frances, Crímenes del corazón, Días de gloria, La caída del Halcón Negro, elijan la película que quieran y la caracterización que quieran. Shepard aprende sus papeles y memoriza los diálogos. Se puede fastidiar con el hotel al ver hilos de mugre colgando de la rejilla del aire acondicionado. Si el guion está bien escrito, tanto mejor. Pero lo importante es que el lenguaje sostenga al personaje. El poeta siempre preferirá detenerse ante el desorden circundante y buscarle un sentido.

Esta célebre figura de las letras que murió el año pasado a los 73 años por culpa de una esclerosis lateral amiotrófica, marcó a más de una generación con sus Crónicas de motel, una suerte de estampas de carretera y espacios abiertos que en buena medida son parte esencial del sueño americano beatnik. A menos de un año de su partida, la editorial Anagrama ha publicado el último trabajo de Shepard, Yo por dentro, definido por su amiga Patti Smith en el prólogo como un caleidoscopio “crepuscular” de los últimos días del poeta.

Al principio parece un conjunto de textos dispersos. Pero a medida que vamos pasando los capítulos brevísimos, van surgiendo en el horizonte los personajes: su exmujer, la actriz Jessica Lange, con quien vivió casi 30 años; la chica atractiva y arribista —la Chantajista, le llama Shepard— que da vueltas a su alrededor y pretende sacar algún rédito intelectual antes que sexual; el padre del narrador y su novia menor de edad Felicity. Y el sonido en la noche de una puerta de mosquitero que se abre y se cierra y tal vez sea la que deja pasar ciertos recuerdos y retiene otros tantos.

A su vez, crece la certidumbre de que el cuerpo ya no responde y la muerte es cercana. El libro termina adquiriendo una totalidad y se convierte en una extraña novela, un Shepard en estado puro, con sus obsesiones, emociones y sueños. Y por encima de todo, su visión de las cosas, esa capacidad para aislar, contrastar un objeto con el resto del paisaje y dejarlo reverberando. La habilidad para evocar un recuerdo que se construye al cincelar la letra impresa. Y el acierto para poner colores tenues en las imágenes pero con una aceleración silenciosa.

Los empleados de la basura vacían los contenedores y luego se suben al camión como si fuese a una diligencia. Aquí prima el cowboy.

Le enseña a disparar a una chica que sin embargo es incapaz de acertarle “a una botella de Coca-Cola desde cuatro metros y medio”. Otra vez el cowboy.

En el reservado de un restaurante, los surcos de un hombre encima de sus pómulos revelan que “utiliza oxígeno por la noche”. Ahora es el detective que se anticipa al poeta.

Pierde sangre por la nariz y debe ir al hospital, pero antes es imprescindible que llene un formulario con los partes del seguro y del testamento vital, “como si de repente te fueras a convertir en un vegetal al que no iban a dejar conectado a una máquina indefinidamente”. Shepard también es el usuario molesto de un sistema de salud que está lejos de ser eficaz.

Pero lo que más le gusta es conducir por la América profunda y escuchar la música a buen volumen, desplazarse por el sentido mismo del desplazamiento, como decía Marlon Brando en El salvaje, no para llegar a un punto determinado sino para dejar atrás “antiguos cráteres de meteoritos, tenderetes navajos, esqueletos de dinosaurios, zoos infantiles con búfalos, bolsos de serpiente de cascabel, grandes almacenes de cuchillos, tipis de cemento, auténticas pulseras zuni, casinos apaches, hipermercados de productos para adultos, tiendas de crucifijos católicos, sujetalibros de ágata, mantas aztecas, camisetas de Elvis Presley, tazas de café de Toro Sentado”.

Tiene visiones de empequeñecimiento. Pequeñas figuritas como dragoncillos, peces voladores o caballos sin cabeza que se elevan, dice Shepard. Así eran las alucinaciones de Matt Dillon en Drugstore Cowboy (1989), de Gus Van Sant.

A veces, la miniatura es su padre y le tiran dardos o lo exponen junto a otros cadáveres minúsculos en la playa.

Shepard se da el lujo de contar en un capítulo la película El increíble hombre menguante (1957), de Jack Arnold, sobre un señor que se reduce paulatinamente hasta llegar al punto en que las arañas le pasan por encima como “robots galácticos”.

Los escritores apelan a las películas para narrarlas a su manera. También lo hizo Roberto Bolaño con Andrei Rublev de Tarkovski en uno de sus relatos. A propósito: Shepard le recomienda cuentos de Bolaño a Jessica Lange, pero esta los desecha por “deprimentes y peyorativos en un sentido estrictamente masculino”. No culpemos a Jessica: es el personaje que vive en la mente del poeta, y el poeta, como todos sabemos, puede acentuar, cambiar, recrear y hasta tergiversar.

El dramaturgo también se reserva algunos capítulos exclusivamente construidos con diálogos:

—Me gustaría ver si has perdido el juicio o no.

—¿Y cómo vas a saberlo solo con mirarme?

—Por tus movimientos.

—¿Cómo que por mis movimientos?

—Por si les falta espontaneidad o no.

—¿Espontaneidad?

—Sí.

—¿Qué es falta de espontaneidad?

—Ser brusco.

En otro momento tiene un sueño —o pesadilla— de cine. Él, que ha sido actor en tantas películas, ahora percibe que la luz de la luna le da de lleno en el rostro, se encuentra en un sofá en un acantilado de Los Ángeles, le hablan de un cuartito que ocupó James Dean y los operadores dan vueltas a su alrededor con las cámaras. Pero de pronto ya no es un actor: es el público.

Las bombas de petróleo en Oklahoma, las vías de tren, el viento incesante, los perros y los coyotes que aúllan, la soledad en la granja lejos del mundanal ruido (Shepard tiene que hacer 110 km a través del desierto para llevar o traer a alguien del aeropuerto), son elementos esenciales y recurrentes en su narrativa. Ante un aparcamiento con telas metálicas cochambrosas, hierbajos secos y plásticos negros adheridos, el poeta se pregunta: “¿Qué posibilidad tiene de infiltrarse aquí la belleza?”.

El poeta también fue joven alguna vez. Y zumbaba por las carreteras con su Ford de ocho válvulas, mientras miraba por el retrovisor la falda levantada de una chica en el asiento trasero. Y bebía mezcal en botellas plateadas. Y bailaba descalzo. Y fantaseaba con Brigitte Bardot. Y era camarero en el Village Gate neoyorquino.

Ahora debe cortar leña, lavar la ropa, hacer la cama y darles de comer a los perros. Vive solo y si se despierta a las tres de la madrugada, debe hacerse cargo de semejante soledad, que a veces implica una criatura sobre su pecho que lo mira con “ojos negros, los ojos apagados de Pacino”. Saca la cuenta y se percata de que tiene más años que los que tenía su padre cuando murió atropellado. Está resignado a tomar medicamentos y los pone en fila en un extraño orden de tamaños y colores. “Haz lo que te han dicho”, sentencia.

Más de una generación se formó leyendo a este poeta de carreteras que fue coguionista de Zabriskie Point (1969), de Michelangelo Antonioni, y Paris, Texas (1984), de Wim Wenders. Para todos ellos y para quienes quieran conocer a uno de los autores fundamentales de la narrativa norteamericana, existe este libro frontal, honesto y descarnado.

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