Jorge Castro

Jorge Castro, el empresario informático que proyecta películas en su casa de Montevideo y al aire libre en el balneario Santa Isabel de La Pedrera

Un cine en el medio del bosque y bajo el cielo estrellado de Rocha

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Nº1959 - al de Marzo de 2018
entrevista de Rodolfo Ponce de León

Al no haber leído el mensaje que me postergaba una hora la entrevista, llego demasiado temprano. Me recibe en su casa, sorprendido por mi aparición tempranera. Mientras subimos la escalera del zaguán se disculpa por el desarreglo general, ya que no le di tiempo a ordenar. De todos modos, el entrevero de cosas mezcladas es tal que parecería demandar más que algunos minutos para ponerlo en orden. Aparatos de audio, ropa, valijas abiertas, valijas cerradas, discos compactos, computadoras y varios etcéteras pueblan el hall central de la casa, debajo de una claraboya. Una pared de ladrillo visto está ocupada por una pantalla blanca de 120 pulgadas. Más atrás un cañón se encargará de proyectar cine sobre esa pantalla. El dueño de casa es Jorge Castro, un montevideano nacido en 1970, que hizo Primaria en el Instituto Crandon, liceo y Ciclo Básico en el British School y que luego hizo tres años de Ingeniería de Sistemas en la Udelar, pero no siguió porque empezó a trabajar. Es un hombre afable, que casi siempre culmina sus frases con una risa mecánica. Sus pasiones son el cine y la música clásica. Tiene más de tres mil películas. Sus opiniones son generalmente concisas y esa brevedad puede al comienzo de la charla dar una falsa sensación de superficialidad. Pero pronto se advierte que lo que dice está muy bien asentado, no es improvisado y ha sido el fruto de un pensamiento reflexivo. Castro tiene dos hijos chicos con una contadora paraguaya, que viven con su madre en Asunción. Él va y viene continuamente. Importa y vende equipos de audio, arma y repara computadoras y proyecta cine gratis en su casa y en el balneario Santa Isabel de La Pedrera, en el km 233, para difundir el cine de calidad. En medio de esa loca bohemia, se hizo un lugar para conversar con Búsqueda.

—¿Qué recuerdos tenés de tu infancia?

—Pasé una niñez bastante feliz. Nunca nos faltó nada. Nos crio mi madre, porque mis padres se separaron cuando yo era muy chico. A mi padre lo veía una vez al mes. En principio éramos dos hermanos y cuando yo tenía 11 años nació una hermana mujer de otra pareja de mi madre. Mi padre era gerente de una empresa privada y mi madre hacía costura y diseño de ropa. No nos faltaba ni sobraba nada. Teníamos una casa en Bello Horizonte en un entorno muy agreste. Pasábamos allí todo el verano. Había muy poca gente; en la playa éramos tres o cuatro familias.

—¿Qué es lo que te lleva a abandonar Ingeniería de Sistemas después de tres años de cursarla en facultad?

—Cuando tenía veintipocos años la familia se quedó sin entradas y ahí tuve que trabajar para solventar a mis hermanos y a mi madre. Fue una situación difícil porque los ingresos de mis padres se perdieron y corríamos serios riesgos de que nos remataran la casa. Me fue muy bien con la empresa, allá por los años 96-97. Tenía venta de hardware, armado y reparación de equipos, servicio técnico. Incluso esa bonanza me permitió invertir y comprar una propiedad. Pero era esclavo de mi trabajo y no me quedaba tiempo para las cosas que me gustaban y me nutrían.

—Es raro que a alguien que le va bien en su empresa y logra sacar a flote a su familia, mire ese trabajo como algo esclavizante.

—Lo que ocurre es que siempre consideré mi trabajo como algo no prioritario o excluyente sino como un vehículo que me permitiera hacer las cosas que me gustan. En este sentido, uno de los grandes pasos que di fue relacionado a la selección de mis clientes. Siempre los seleccioné buscando trabajar para quien me generaba empatía. Pero en 2001 me desvinculé de un cliente muy grande que no me gustaba como actuaba. Le atendía más de 150 equipos, así que era un ingreso muy importante, pero yo no estaba de acuerdo en cómo hacía las cosas, entonces renuncié a ese cliente. Me fui en buenos términos con un preaviso suficiente para no dejarlo expuesto. Ahí achiqué mi trabajo y amplié mi tiempo libre. Por ejemplo, si hacía un día lindo como hoy, me iba a Piriápolis a pasar el día en la playa o me iba a escuchar música o al cine. Fui mejorando personalmente con eso. Pero enseguida vino la crisis.

—¿Estamos hablando de 2002?

—Sí, en 2002 perdí todo. La crisis también me generó una separación de mi pareja, una novia que había tenido durante bastante tiempo. Volví a empezar de cero y como también había perdido el auto, iba a atender a los clientes en bicicleta, les retiraba y les llevaba las computadoras en bicicleta. Cuando tenía varios equipos reparados para repartir, contrataba un flete.

—¿Y pudiste remontar la crisis?

—Sí, contraté tres chicas jóvenes, mi hermana y dos amigas de ella, y además a dos refugiados de Costa de Marfil que habían caído aquí justo en la época de la crisis. Conocía a la directora de Acnur (Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados). El cimbronazo de la crisis me direccionó hacia gente joven y necesitada. Por eso los refugiados y las chicas tenían entre 18 y 20 años.

—¿Y funcionó?

—Sí, perfectamente. Ken, uno de los refugiados, fue full time en la computación como asistente mío. Al principio hablaba solo francés. Fue haciendo cosas y aprendiendo. En un momento se encargaba de todas mis compras, porque previamente yo lo había presentado a todos mis proveedores. Dos de las tres chicas luego crecieron, una de ellas estudió informática y hoy trabaja en seguridad informática para un banco de plaza. La otra se recibió de psicóloga y hoy trabaja muy bien. Y ahí fue que empecé a tener unas ideas un poco locas.

—¿Cómo cuáles?

—Quería tener además una actividad cultural, un espacio cultural con varias propuestas y que mi equipo de trabajo me asistiera no solo en el trabajo sino también en este emprendimiento cultural. Veía una locura generalizada de la gente corriendo atrás del peso y dejando de lado muchas cosas. Entonces alquilé en el Centro un apartamento de 250 metros para llevar adelante el espacio cultural. Lo limpié, pinté y acondicioné con la ayuda de mis amigos de Costa de Marfil. El proyecto original era ambicioso porque abarcaba diversas disciplinas y actividades, pero al final fue todo muy difícil y lo único que perduró fue un espacio de cine. Ahí se formó ese grupo de gente de distintas edades y ámbitos que se reúnen por mi convocatoria a compartir una película. Esto empezó en 2004, se interrumpió por mi accidente, pero después continuó hasta hoy.

—¿Qué accidente?

—Con motivo de mis desplazamientos en bicicleta tuve un accidente frente al Hospital Italiano que no sé cómo fue. Lo olvidé totalmente. Me cuentan que me atropelló un ómnibus. Me desperté en el CTI después de estar 20 días en coma con varias fracturas y los pulmones perforados. Estuve un mes y medio internado, fue una experiencia traumática de la cual por suerte salí.

—¿Y seguiste luego con tu actividad laboral y cultural?

—Seguí pero con el designio de bajar un poco la intensidad: no abarcar tanto, hacer menos pero mejor. Mi actividad laboral sigue hoy repartida entre la informática y los equipos de audio que importo y vendo. En cuanto a la actividad cultural, el apartamento en el Centro ya no existe más, pero la difusión de cine sigue hasta hoy en mi casa de Montevideo y en los dos meses de verano en el balneario Santa Isabel.

—Contame algo más sobre esta pasión por el cine.

—El cine es una pasión desde muy chico. Estando mis padres separados, cuando mi padre nos visitaba nos llevaba al cine. Un día, a los 16 años y sin que mis padres supieran, me asocié a Cinemateca, que solo lo podías hacer a partir de los 18, pero me admitieron porque vieron que era un fanático (risas). Todos los días después del liceo me iba a Cinemateca a ver una película en lugar de ir a casa a ver televisión. Ahí descubrí un mundo que para mí fue muy importante. Tan importante que por eso me gusta la tarea de transmitirlo y lograr que más gente se haga adepta al buen cine.

—Y lo hacés también fuera de Montevideo.

—En Montevideo lo hago en mi casa y la asistencia no es abierta: invito a amigos y conocidos que les interesa el cine. También lo hago durante algunos fines de semana del verano en Santa Isabel, un balneario que queda pasando cuatro kilómetros La Pedrera. En Santa Isabel no hay almacén, está habitada por unas 15 familias que viven sobre la Ruta 10 y trabajan en temporada en La Pedrera, La Paloma y otros balnearios cercanos. Hay además, unas pocas casas de veraneantes. El único servicio que había en Santa Isabel era el cine (risas). Ahora se agregó un lugar para comer que está muy bueno, a una cuadra del cine. Allí empecé en 2011 a partir de la experiencia en Montevideo y ahí sí la asistencia es abierta al público. Utilizo un buen proyector de alta definición y un buen equipo de audio. Al principio no había luz en Santa Isabel, entonces utilizaba cuatro baterías enormes y dos inversores de corriente. Eso me daba para proyectar dos horas. Cada día llevaba las baterías a casa de un vecino y todo el día pasaban cargando para llegar a la noche. La primera función que hice fue con Una noche en la tierra, de Jim Jarmusch, que es una película con varios episodios y casualmente se me acabaron las baterías cuando faltaba el último episodio (risas).

—¿Cuánto tiempo estuviste sin luz?

—No recuerdo ahora si fueron uno o dos veranos con las baterías. Ahora hay luz y el tema de la energía actualmente lo soluciono con un buen vecino que está a cien metros del lugar de proyección y desde su casa traigo la luz, porque mi casa queda lejos del cine. El lugar que elegí para el cine es en medio del bosque, en un claro que hay porque iba a trazarse allí una calle que nunca se hizo. Al ser una zona sin luces alrededor, el cielo es espectacular; no hay contaminación sonora, solo el mar a la distancia. No hay paredes que reflejen ni la imagen ni los sonidos. Se logra no solo una visión excelente, sino un contacto muy fuerte con la película. A veces pasa una lechuza, se para en la pantalla y después se va volando.

—¿Qué público va?

—Además de lugareños viene mucha gente de San Antonio, que es un balneario vecino donde hay varios argentinos cineastas que veranean allí, como Pino Solanas, que vino varias veces. Llegan con sus sillas de playa a sentarse en el bosque.

—¿Cómo seleccionás las películas y cómo difundís las proyecciones?

—Leo críticas internacionales, sigo a ciertos directores y busco películas premiadas en festivales. Tengo más de tres mil películas. Le doy importancia a las películas que en los festivales ganan premios del público. Para difundir las proyecciones, tengo un blog, imprimo volantes con la programación de ese fin de semana, los reparto en comercios de La Pedrera, pongo carteles en los tres accesos a Santa Isabel y algún cartel en la Ruta 10. Este verano las dos primeras películas fueron la norteamericana Off the Map, de Campbell Scott y la rusa Kukushka, de Aleksandr Rogozhkin.

—¿Qué criterio rector tenés para hacer la selección?

—Me gusta explorar cosas nuevas pero siempre obras que cuestionen, para permitir que ese cuestionamiento haga que uno también se conozca más a sí mismo. A veces intercalo alguna película más masiva pero con valor y contenido para alternar con el cine más elitista. Por ejemplo, Bollywood, el cine de India, funciona muy bien. Es un cine ingenuo lleno de clichés pero con cosas muy valiosas porque los indios hacen mucho hincapié en los valores: amistad, familia, trabajo, sacrificio, el lograr cosas, números musicales, no hay escenas de sexo ni de violencia. Es un cine desconocido para nosotros.

—¿Son siempre películas nuevas o repasan también títulos clásicos?

—Es importante revisitar viejos títulos porque cuando una película es valiosa y tiene un contenido importante, tenés una conexión de tal forma que mientras la estás viendo te vas haciendo tu propia película, vas poniendo cosas tuyas en la película. Y como con el tiempo todos vamos cambiando, cuando uno ve de nuevo una película que vio hace años, es distinta, siempre que esa película te cuestione y te haga poner parte tuya como espectador.

—¿Qué lugar les das a las series de televisión?

—No me atraen. Sé que existen, sé lo que es Netflix. Cuando voy a Asunción toda mi familia mira series. Pero a mí me gusta el cine y cada vez que veo cine descubro cosas maravillosas y valiosas. El año pasado me armé “mis series” pero de cine: me hice una serie de películas rusas actuales y todos los días veía una. Después me hice una serie de películas de un director, después una serie de Bollywood y así varias series, pero siempre de cine.

—¿Tenés familia en Asunción?

—Mi señora es paraguaya, de profesión contadora y vive y trabaja en Asunción. Con ella tuve dos hijos: Maite de cuatro años y Javier de dos. Yo voy y vengo. Para los niños es mejor estar con la madre y con toda la contención que implica la familia materna. Ella no puede venir mucho aquí porque últimamente ha cambiado varias veces de trabajo (para bien) y entonces no ha generado licencia. Paraguay está viviendo una explosión de crecimiento. Se valora mucho lo económico, cosa que a mí no me gusta para nada; todo el aspecto cultural en Asunción no existe. Prácticamente no hay teatros. Cines solo en los shoppings (aquí vamos en camino). No hay actividad musical. Es una sociedad totalmente orientada al consumo. No hay un Parque Rodó para los niños. Los únicos juegos que tienen los niños están dentro de los shoppings.

—¿Esa preocupación tuya por “algo más” aparte del trabajo y del dinero es desde siempre?

—Pienso que sí. Si me pongo a analizarme, quizás debería decir también que los sofocones como la crisis económica-familiar y el haber estado cerca de la muerte después del accidente, me hicieron revalorizar ciertas cosas y darles prioridad a la cultura y al espíritu.

—¿Tu actividad en el comercio de equipos de audio tiene que ver con tu otra pasión que es la música?

—Así es. La música en general, pero sobre todo la clásica y el jazz, donde tengo mis referentes. Juan Sebastián Bach, para mí inagotable. También Monteverdi, Mahler y Schubert, que generalmente es muy olvidado pero muy valioso. Sus sonatas para piano son maravillosas. También me gusta mucho el jazz de los años 50 y 60: Coleman Hawkins, Sonny Rollins, Thelonious Monk, Archie Shepp.

—¿Alguna lectura preferida?

—Durante años leí muchísimo a Borges, que me marcó. En los últimos tiempos no he leído nada, salvo la Biblia, que leo asiduamente, sobre todo el Antiguo Testamento. A veces te topás con algo que hace referencia a una parte de la Biblia, entonces voy y la releo. Una vez me puse como meta leerla entera y lo hice.

—¿Sos creyente?

—No soy creyente en la Iglesia, creo en la existencia de Dios y creo que la Biblia es de alguna manera la palabra de Dios, pero creo en mi lectura y no en la lectura de otra persona que me lo quiera explicar de otra manera. No voy a ninguna iglesia. Creo que mi Dios es el mismo de los cristianos, de los judíos y de los musulmanes. Trato de manejarme con mi lectura de Dios.

—Dejé para el final tus preferencias sobre cine: ¿quiénes son tus referentes?

—¡Hay unos cuantos! (risas) Uno muy poco conocido es Alejandro Jodorowsky, un guionista y director franco-chileno. Más que un cineasta es un artista diversificado en muchos rubros. Es escritor, tuvo un éxito editorial que fue La psicomagia. Rescató el tarot francés del siglo XVII, lo investigó y promocionó. Trabajó con Marcel Marceau, hizo teatro. Actuó en distintos ámbitos siempre con una impronta muy personal y chocante. Hizo pocas películas, una de ellas y la más conocida, es El topo (1970), que filmó en México y fue apadrinada entre otros por John Lennon. Fue prohibida en EE.UU. Es un cine muy particular porque toca temas chocantes, tiene un lenguaje rupturista muy fuerte y no es prolijo en el tratamiento de la imagen. John Ford es indiscutiblemente otro grande. Es muy bueno casi todo lo que han hecho Michelangelo Antonioni y John Cassavetes. En fin, hay muchos… pero si tuviera que elegir un autor completo, sería el ruso Andrei Tarkovski: todas sus películas forman una gran película.

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