La función por hacer, sala Uno. Foto: Alejandro Persichetti

Alberto Zimberg en las dos salas del Circular

Un fin de semana más entre luces y sombras

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Nº2046 - al de Noviembre de 2019
Javier Alfonso

Las dos ocurren en simultáneo: los mismos días, a la misma hora, en el mismo teatro situado en las entrañas del Ateneo de Montevideo, en el mismo sótano donde mucho tiempo atrás Joaquín Torres García tuvo su mítico taller. Y en ambas figura el mismo nombre en la dirección: Alberto Zimberg, un artista con un interesante recorrido en la escena montevideana, desde que irrumpió con la notable Anhelo del corazón, de Caryl Churchill, a mediados de los 2000. No sucede muy seguido que un director tenga dos espectáculos en simultáneo en la misma casa. Pero lo improbable tiene lugar en el Teatro Circular, la veterana compañía que el mes próximo cumple 65 años.

En la sala Uno, la principal, con su escenario de cuatro frentes que da nombre al teatro, se acaba de estrenar La función por hacer, del español Miguel del Arco, en una producción independiente que arrendó la sala. Y en la Dos está en cartel hasta este fin de semana El rufián en la escalera, del inglés Joe Orton, que es una producción del Circular. Un laberinto de pasillos y cortinas que ofician de puerta separa los dos escenarios. Imaginemos que somos un técnico de la sala o una mosca y que tenemos piedra libre para atravesar bambalinas y túneles de decorados apilados contra las paredes, de una sala a la otra, durante una noche de funciones.

El rufián en la escalera, sala Dos. Foto: Alejandro Persichetti

Una actriz y un actor comienzan a ensayar una obra. Los dos jóvenes intérpretes tiran ideas para componer sus personajes. Prueban posturas, tonos de voz, exploran movimientos, gestos, desplazamientos en el escenario. La obra se llama La función por hacer (sábados, 21 h; domingos, 19.30), y es una brillante adaptación del español Miguel del Arco de Seis personajes en busca de un autor, icónica pieza de teatro de vanguardia escrita hace casi un siglo por el italiano Luigi Pirandello. Del Arco trajo esta obra en una alucinante puesta en escena de Teatro Kamikaze de Madrid, con un puñado de los mejores intérpretes del teatro y el cine español contemporáneo. Fue de lo mejor de la década que termina en las tablas montevideanas.

A unos pocos metros de distancia, en la pequeña sala Dos, un espacio ideal para puestas intimistas, comienza El rufián en la escalera (sábados, 21 h; domingos, 19.30). Estamos ante una comedia dramática tan negra y grotesca como sea posible, que narra la complicada y extremadamente tóxica relación entre Mike, un boxeador en decadencia, que alterna las pocas peleas que consigue con una reciente incursión como matón de barrio, y Joyce, una prostituta, hija y nieta de prostitutas, sin posibilidades de zafar de la calle y de los cafishios que la regentean. Ambos viven en este lúgubre apartamento de las afueras de Londres, lluviosa y gris como todas las Londres que conocemos. Lluviosa y gris como las vidas de estos dos fracasados proyectos de seres humanos. Dos vidas que no son más que un rastrojo de sucesos miserables. Moré y Denise Daragnès logran el tono justo para este fresco que hace bien en recordar que la decadencia y la decrepitud son tan universales como el cielo azul, la belleza de los gatos o el dolor de cabeza. La triste existencia de la pareja se altera cuando irrumpe un tercero que al principio se hace el misterioso y después comienza a revelar sus verdaderas y vengativas intenciones.

Mientras tanto, en la Uno apenas se han presentado nuestros actores protagonistas cuando irrumpen otros cuatro individuos adultos de entre 35 y 45 años: son dos parejas, dos hombres y dos mujeres. Empiezan a cuestionar la forma en la que proceden los jóvenes artistas. Estos no entienden quiénes son los recién llegados, ni qué quieren. No son personas comunes y corrientes, digamos. Tampoco son actores ni tienen ninguna actividad artística. Pero están muy contrariados por sus conflictos vitales y muy enojados con los actores que los están representando. Son entidades ficcionales, congeladas en el tiempo, en el espacio y en las circunstancias que el autor determinó. Son los personajes. Y están aquí para ajustar cuentas con quienes los encarnan.

Escrita originalmente para ser representada como radioteatro, El rufián en la escalera es la primera obra de Orton y fue estrenada en 1964. En solo tres años de carrera, el autor grabó su nombre en la dramaturgia británica por su capacidad de sacudir, de escandalizar y de enfurecer a las audiencias conservadoras. Estaba en la época y el lugar del mundo indicados para hacerlo. Tanto irritó que murió en 1967, con solo 33 años, asesinado a martillazos por su pareja. Desde el vamos, Orton enfrentó a los ingleses, a estos seres rotos, disfuncionales y corrompidos. Disgusting!, habrá espetado la flemática platea ante estas escenas tan rockeramente disonantes y magnéticas como un movimiento de cadera de Mick Jagger o un alarido de Robert Plant.

Consultado por Búsqueda sobre su trabajo en esta puesta, Zimberg respondió: “Si bien está presente el ya sabido humor negro de Orton, la idea no fue subrayarlo, sino mostrar los personajes tal cual son, sin barnizarlos, para que pueda surgir todo lo oscuro que traen consigo. Es por esto que aparecen sobrevolando la trama temas como la violencia de género, la xenofobia y la homofobia, tan presentes en la sociedad inglesa de los años 60”. Agregó que la sala Dos posibilitó “un trabajo muy preciso que intentó llegar al hueso de los personajes” con un código de actuación “casi cinematográfica”.

El público aplaude El rufián… pero en la sala Uno aún falta un rato para el final. Y a diferencia del mundo de dolor de Orton, La función… es un deleite. Con brillante juego textual y apropiado uso del espacio, Zimberg lleva a buen puerto esta joyita del teatro contemporáneo que, en varias capas de significados, reflexiona sobre la función del arte y más específicamente del teatro como plataforma donde se entrecruzan las ideas filosóficas, la dimensión poética y el arte en vivo. Resulta fascinante cómo esta discusión en apariencia banal se vuelve apasionante, en buena medida porque hay excelentes argumentos en ambas tiendas —actores y personajes— sobre la naturaleza y la importancia de unos y otros y, sobre todo, su interdependencia. Qué es la verdad y la mentira en escena, qué es actuar bien o mal, qué está en juego en el famoso pacto ficcional entre artistas y público. Qué corno es dirigir bien. Así como la original consagró a Pirandello, esta versión actualizada a los códigos sociales del siglo XXI, escrita junto con Aitor Tejada, consagró a Del Arco como director y lo convirtió en uno de los nombres fuertes del teatro europeo actual. De hecho, la obra está celebrando diez años en cartel en España.

En esta puesta sobria y austera —no hacen falta ornamentos, la estrella es el texto— se lucen Natalia Sogbe, Mariela Maggioli y Álvaro Lamas, un actor que hace un buen tiempo estaba alejado de la escena y aquí demuestra que está para cosas serias. Dice el director: “A partir de este texto, el único camino que entendí que tenía que seguir es el de una puesta despojada, donde todo el foco estuviera en la actuación y sobre todo donde casi no hubiera diferencia entre actores y personajes. Tenía que ser una propuesta donde tuviera el mismo valor lo existencial del texto como el conflicto que traen consigo los personajes, donde cada uno busca decir su verdad de la historia que se cuenta, a cualquier precio”. Zimberg se inclinó por “una puesta que se fuera armando como un puzzle, como se va armando la historia, donde el humor se contrapone sin transiciones con el drama”.

Los actores, los personajes reales y los personajes ficcionales se retiran de la sala redonda. Apagón. Aplausos. Los personajes abandonan el cuerpo de los actores, mientras estos saludan. Más aplausos. Los gestos se alivianan. Sonríen distendidos y se marchan cansados, rumbo a camarines. La función ya está hecha.

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