Venezuela y la verdad

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Nº1913 - al de Abril de 2017
por Gustavo Toledo
Gustavo Toledo

Hace algunos años, el novelista británico Martin Amis publicó un libro aleccionador: “Koba el Temible. La risa y los veinte millones”. Una obra que, mezclando diferentes géneros (las memorias, la crónica histórica y el ensayo), escribió, tal como él mismo confesó, en contra de su padre, de su paso por el Partido Comunista, de la complicidad de los intelectuales de los años cuarenta y cincuenta con el estalinismo, de esa dualidad moral que permitía a la izquierda de aquel entonces indignarse hasta la náusea con los crímenes perpetrados por el nazismo y al mismo tiempo guardar el más abyecto silencio frente a las atrocidades cometidas por el comunismo en nombre de la “sociedad igualitaria” y el “hombre nuevo”. A ese doble rasero, aún vigente entre muchos progresistas nominales, Amis lo denominó, con ingenio, “asimetría de la indulgencia”.

Para aquella izquierda canalla, la realidad se reducía a un esquema maniqueo: de un lado los “buenos” (ellos) y del otro los “malos” (los otros). Un esquema “asimétrico” en el que no había espacio para matices de ningún tipo, ni para miradas (auto) críticas, ni mucho menos para el pensamiento libre. Reconocer errores, denunciar desviaciones o admitir simplemente la deriva criminal del régimen que decidieron abrazar con el corazón más que con la razón les resultaba, simplemente, inadmisible.

Aceptar la verdad, suponía, para ellos, no solo traicionar sus sueños, sino también hacerle el juego al “enemigo” y, lo más grave de todo para su inmenso ego, reconocer, en los hechos, que estaban equivocados. Por eso, producto de una combinación de fetichismo ideológico, confort intelectual y confusión existencial, eligieron traicionarse a sí mismos antes que traicionar su utopía, optando por indultar a los compañeros de ruta y condenar a los enemigos.

Algo similar les ocurre a una parte del oficialismo, a ciertos dirigentes sindicales y a un puñado de intelectuales-militantes con la llamada “revolución bolivariana”, como hasta hace poco les pasaba con la cubana: prefieren mirar sin ver, oír sin escuchar y hablar sin decir. Así, de espaldas a los hechos, se empeñan en defender un régimen que no es de izquierda con el único propósito de seguir pareciendo de izquierda. Más que una paradoja, un strip-tease involuntario y esclarecedor.

Niegan que haya habido un golpe de Estado en Venezuela. Niegan que haya presos políticos y que se violen los derechos humanos. No se sienten identificados ni mucho menos obligados a elevar su voz en defensa de las víctimas del autoritarismo. No se sienten impactados por la prepotencia desplegada por la Policía chavista contra hombres y mujeres indefensos. Su memoria selectiva no los remite a aquellos tiempos, no tan lejanos, en los que varios de ellos, o muchos de los que ellos conocen, o algunos de aquellos con los que compartieron trinchera alguna vez, eran “chupados” de sus casas, de sus trabajos, de sus centros de estudio, para luego desaparecer para siempre o retornar a la vida tiempo después convertidos en espectros. No se sienten indignados por el avance del régimen sobre la justicia y los medios de comunicación independientes o por el incesante recorte de libertades del que son víctimas los venezolanos. Ni por el progresivo envenenamiento de la convivencia social producto de un sistema educativo destinado a adoctrinar a niños y jóvenes y a promover y alimentar antagonismos injustificables. Ni por la sistemática destrucción de su aparato productivo y la miseria a la que es condenado el pueblo venezolano dueño de un país inmensamente rico, hoy a merced de un trastornado y de su Armada Brancaleone.

¿Que también se violan derechos y libertades en otras partes? Por supuesto que sí. ¿Que esos otros casos merecen ser denunciados? No hay duda. Pero una cosa no debería impedir la otra. Ni mucho menos servir de justificación.

Sin embargo, los amigos de Maduro prefieren mirar para otro lado y mentir. Dicen que les falta información. Que saben que la derecha juega fuerte. Que la OEA conspira contra la “revolución”. Que Almagro es un traidor. Que el imperio se mueve por lo bajo. Que los realmente violentos son los opositores. Que todo es una provocación de la oligarquía. Que no les consta que haya presos políticos. Que no hubo golpe de Estado sino “exceso de democracia”. Que lo que realmente importa es que el proceso venezolano no se detenga…

En rigor de verdad, volviendo al principio, el proyecto estalinista (y el de sus cómplices intelectuales), como señala Amis, no era una guerra contra el capitalismo sino contra la verdad. No había en ellos una sincera preocupación por la defensa de los derechos humanos, la justicia social o la libertad, banderas históricas de la izquierda traicionada. Tampoco un interés real de mejorar la calidad de vida de los menos favorecidos sino de aprovecharse de su miseria e ignorancia, condenándolos a reproducirla hasta el fin de los tiempos. Para una parte de la izquierda falsaria, aliada del populismo neofascista del vecindario, es igual. Su lucha no es contra el imperio, ni contra la derecha, ni mucho menos contra el capitalismo, con los que se llevan de maravillas, su lucha es contra la verdad.

“Los que no quieren ser vencidos por la verdad, son vencidos por el error”, escribió San Agustín.

Al fin y al cabo, como reza la Biblia (y enseña la historia), solo la verdad nos hará libres.