N° 2017 - 25 de Abril al 01 de Mayo de 2019
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáPronto se cumplirán doscientos treinta años de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, un documento esencial nacido de los fervores de la Revolución francesa que había estallado poco antes. Tras varias propuestas y ardorosas deliberaciones, el texto final fue aprobado por la Asamblea Nacional Constituyente el 26 de agosto de 1789. Así quedaba manifiesta la voluntad de abolir los privilegios del Antiguo Régimen y se echaban por tierra las estructuras sociales y administrativas que hasta el momento habían beneficiado a unos pocos en detrimento de muchos.
Algunos de los artículos establecían el carácter natural e imprescriptible de ciertos derechos ?libertad, propiedad, seguridad y resistencia a la opresión? que no estaban supeditados a la voluntad de ningún poder anterior o futuro. Otros artículos ampliaban el concepto y hacían una referencia más detallada a la protección de esos derechos que aseguraban la igualdad entre los hombres.
El documento es notable en su concepción filosófica y fue el pilar no solo de la Constitución de 1791, sino de innumerables declaraciones y movimientos que, desbordando las fronteras francesas, se hicieron eco de aquellos ideales e intentaron plasmarlos en la base de su tradición republicana. Sin embargo, aquel documento nacido de una vocación transformadora y preocupado por acabar con la injusticia social imperante, parecía no contemplar ?al menos no de forma explícita?a algunos sectores de aquella sociedad por la que velaba.
Dice Simone de Beauvoir en El segundo sexo: “Hubiera cabido esperar que la Revolución cambiase la suerte de la mujer. Pero no fue así. Esa revolución burguesa se mostró respetuosa con las instituciones y los valores burgueses y fue hecha casi exclusivamente por los hombres”. A pesar de esta clara matriz masculina en el origen revolucionario, “algunas burguesas se unen con ardor a la causa de la libertad”, agrega.
Tres años después de aquella declaración de 1789, Olympe de Gouges ?una escritora conocida por su prédica abolicionista? redactó la Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana, un texto que, no exento de ironía, parafraseaba el original cuyo nombre tomaba prestado y adaptaba. Cuando en el original decía: “Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos”, ella reescribía: “La mujer nace libre y permanece igual en derechos al hombre”. En el artículo 10 añadía, por citar otro ejemplo, que si la mujer tenía derecho a subir al cadalso, también tenía derecho a subir a la tribuna. Y así.
El texto de Olympe otorgaba visibilidad a la mujer y la colocaba en pie de igualdad con respecto al hombre para alzar junto a él la voz en su justo reclamo de libertad y justicia. Su militancia no terminó allí. Además de reivindicar el derecho al voto femenino, pedía espacios en la educación, la política y el ejercicio de cargos públicos. Su clamor, adelantado en su época, constituyó un escándalo incluso para los más radicales defensores de los ideales de la Revolución francesa. Entre el desprecio y la indiferencia, la obra de Olympe cayó en el olvido. A mediados del siglo XX, su nombre fue rescatado y sus escritos iniciaron un lento proceso de revalorización que llega hasta nuestros días.
¿Quién fue Olympe de Gouges? Mujer excepcional, burguesa de cuna, se casó joven y joven enviudó. De ese matrimonio nació su único hijo. Decidida a no repetir una experiencia que le había resultado insatisfactoria, no volvió a casarse. Sola y determinada a no renunciar a su independencia, Olympe comenzó a frecuentar los salones parisinos donde se daba cita la elite intelectual del momento. Fundó un periódico, L´Impatient, de vida efímera. Escribió varias obras de teatro en las que trataba el problema de la esclavitud y llamaba a su total abolición. Como era de esperar, esto le trajo enemigos. Los aires de la Revolución soplaban con fuerza, pero aún no alcanzaban a todos. La abolición de la esclavitud tuvo un primer impulso en 1794, aunque su declaración total y definitiva no llegaría hasta 1848.
Una voz así de disonante podía tornarse incómoda. Olympe fue perseguida y encarcelada. Incluso en prisión y enferma, no dejó de escribir. Se la sometió a juicio sin derecho a defensa, enfrentó al temible Robespierre y fue condenada a muerte por mostrar simpatía hacia el bando girondino en tiempos del Terror. Esta postura moderada la había llevado a oponerse a la condena a muerte de Luis XVI que se ejecutó a comienzos de 1793. Antes de terminar ese año, en el mes de octubre, rodaría la cabeza de María Antonieta y, apenas dos semanas más tarde, Olympe de Gouges seguiría el mismo camino hacia la guillotina. Tenía cuarenta y cinco años.