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Lo importante no es cuánto vamos a crecer, lo primordial es crecer aunque el número sea testimonial. ¿Para qué? Para poder decir que crecimos y así tener más chances de crecer significativamente, no solo en el plano simbólico. No importa que sea un 0,3% del PBI y no mueva la aguja de la realidad económica —en 2015 nuestro crecimiento se llamó Montes del Plata y nadie dijo nada, hicimos como que estábamos creciendo y todos tan campantes—, la realidad es secundaria en términos económicos, tontos, esto de la economía no es de “ser o no ser”, es más, es de “creer o no creer”. Hamlet: ser o no ser. Keynes: creer o no creer. Y para creer hay que crecer, pero para crecer también hay que creer. ¡Esto es genial!, no sé si hacer un poema o escribir un libro de economía y ganarme el Nobel, o escribir un libro de economía en verso y ganarme el Nobel de Literatura y Economía en el mismo año.
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¿Es culpa de Astori que se haya terminado la bonanza? No. Astori cometió errores, se enamoró de su propia gestión —lo cual es lógico porque está enamorado de su propia persona desde que se conoció—, pero también fue el rivotril de los mercados e hizo de perro guardián durante cinco años cuando la barra saltaba eufórica y pedía más y él aguantaba como un boletero de la AUF en la puerta de la Ámsterdam durante una avalancha. Tampoco es culpa de Mujica que se mareó con las luces y se olvidó de hacer cualquier cosa que no fuera fortalecer la marca país mediante su propia imagen (no se lo puede culpar por eso, si yo tuviera las hordas de alcahuetes que tiene él festejándome las ocurrencias 24 horas al día, siete días a la semana, habría cambiado la constitución, el nombre del país y me haría llamar Napoleón); ni siquiera Sendic es el culpable, aunque sea nuestro chivo expiatorio preferido del 2016, desplazando a la FIFA del puesto nº 1 del ranking de causantes de la infelicidad. Es difícil de admitir pero no dependemos de nosotros mismos, punto, no es algo nuevo, somos el botija que juega a la maquinita, al que el padre le pone la ficha. Por otro lado, y conociéndonos como nos conocemos, es lo mejor que nos podía pasar, lo bueno de esto es que no dependemos de nosotros mismos.
La otra verdad un poco ineludible, que quizás sea hora de asumir, es que a los uruguayos no se nos da mucho el capitalismo. Así como no se nos dan las fuentes funcionando con toda la parte de tirar agua y permanecer limpias, el tránsito ordenado, el juego ordenado en el fútbol, ni nada que lleve el adjetivo ordenado. El capitalismo no es el sistema que más nos favorece, por tres razones:
1. Nuestro mercado escuálido.
2. Nuestra ineficiencia para producir en serie manteniendo un orden mínimo coherente.
3. Eso de la “productividad” que mucho no nos convence.
En general a los uruguayos nos parece que es de alcahuete del patrón ser productivo, o una mentira del imperio que nos quieren instalar y nosotros no comemos. Y el patrón tampoco cree mucho en eso, cree más en “quedate 10 horas sentado en esa silla frente a la computadora revisando el Facebook a escondidas” que en la productividad. Y si no creemos en la productividad, es lógico que no se nos dé el capitalismo. Hay que admitirlo también, si no siempre andamos echándoles la culpa a Astori, a Batlle o al dólar. Igual está bien que le echemos la culpa a Astori porque para eso le pagamos el sueldo: para tomar decisiones que no entendemos pero podemos reprocharle si el resultado no nos complace. El ministro de Economía está ahí para administrar problemas, pero fundamentalmente para absorber nuestras frustraciones como ciudadanos.