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Traté de avisarles en la columna anterior acerca del déficit fiscal del 4% y la desgracia circular irreversible que nos generaba esa situación, espero que la hayan leído y estén en calma. No entren en pánico, no se depriman, porque si se deprimen o se asustan, dejan de consumir, y si dejan de consumir la economía se termina de planchar, y no los quiero asustar (porque si se asustan dejan de consumir), pero la cosa se pondría bastante más fea de lo que está si dejaran de consumir. Ya pasamos lo peor, y ya habíamos pasado lo mejor también, hace rato. ¿Qué viene? Épocas de grises, nuestra zona de confort, el mundo en el que nos sentimos más cómodos: la pelea por el empate, eso es lo nuestro. Tranquilos.
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Entiendo que no se le puede pedir a alguien que no se angustie o que se tranquilice; nadie puede serenarse mientras otro le pide insistentemente que se tranquilice; es de las demandas más contraproducentes que puedan existir, genera el efecto opuesto. Pero hay que combatir cualquier vestigio de angustia o intranquilidad que pueda perjudicar el estado de ánimo general y provoque una pérdida de confianza, no se olviden que esto de la economía es psicológico. ¿Saben qué resulta positivo a veces para la gente que está angustiada, preocupada e incluso ansiosa? Consumir. No dejen de consumir.
Y no se olviden de lo lindo que pasamos durante toda esta bonanza de la que, dirán los pesimistas de siempre, no nos quedó nada profundo y duradero; ¿y los molinos de viento? ¿y la fibra óptica? ¿y los recuerdos preciosos de cuando nos comprábamos una moto y si chocábamos la dejábamos tirada en la calle y nos comprábamos otra y eso no nos impedía irnos de vacaciones a Brasil ni comprar un televisor nuevo por año? Esos momentos vividos son impagables, literalmente; pero en sentido figurado también, ojo, a no olvidarse de esa parte importante que son los sentimientos. Además, este período nos sirvió para abrir la cabeza también, desterrar prejuicios y ampliar el pensamiento; todo el éxito económico de la década de gobiernos de la izquierda uruguaya se sustentó en los tres antiguos demonios económicos de la izquierda uruguaya: agro, inversión extranjera y consumo. Los uruguayos estamos mucho más preparados para entender un mundo en el que Xi Jinping, el CEO del partido comunista más grande del mundo, pasó a ser la voz en defensa de la globalización y el libre comercio, como contrapeso al presidente de Estados Unidos, que hace apología del proteccionismo y promete volver a un pasado utópico de fábricas con empleos para todos y autosuficiencia al que solo se podrá ir si consigue la máquina del tiempo o se anota en la facultad de humanidades.
Me permito recordar las palabras de nuestro presidente en oportunidad de alguno de los aumentos tarifarios, ya no recuerdo cuál, cuando nos habló de un “moderado” aumento impositivo que busca corregir “un discreto déficit fiscal”. Que nadie se confunda: nuestro déficit fiscal es, ante todo, discreto, como la propia idiosincrasia oriental, compárenlo con el llamativo hermano argentino de un 7% o el brasilero de 9% subido a un carro alegórico en llamas; el nuestro pasa desapercibido; y ni les digo si lo llevan a una convención de déficites fiscales en África, no se enteran que estuvo de tan discreto que es. “El discreto encanto del déficit fiscal”, una película de Luis Buñuel que todos pueden ver para entender mejor la situación económica del país, y si pagan con tarjeta de débito tienen un 2% de descuento en las entradas (porque en este país los impuestos bajan, no suben). No dejen de consumir.
En 2002 ya tuvimos un déficit de 3,7% del PBI, que es casi un 4%, y nos habíamos comido la corrida bancaria, la aftosa, la sequía, la lagarta, el azote del chupacabras, el efecto tequila, el efecto caña con pitanga, el Y2K, los niños que comían pasto en el jardín de Fasano, la huelga de hambre de Atchugarry, la invasión de cameruneses a Tacuarembó FC, la camiseta de la Selección uruguaya sin marca de ochodeotubre, la rebelión de los troleis, la filtración de Bloomberg, el Pilsen Rock, la camiseta de la Selección uruguaya con cordoncitos, etc.; y ahora tenemos un déficit del 4% del PBI, pero no tuvimos ninguna de esas desgracias, de lo que se concluye que estamos mejor. Hay que ser optimistas.
No se preocupen, esta la sacamos endeudándonos y aumentando tarifas nomás, de taco. Está todo bien. Claro que hay que ajustar y en Almaceneroland se ajusta recaudando, y algunos sentirán que los están desplumando y todo va a salir más, pero tran-qui-los, piensen en esto: que pague más el que tiene más. Esa es la solución moralista para todos los problemas económicos, ante cualquier signo de angustia generada por la situación apenitas opresiva recaudatoria, respiramos y decimos: “Que pague más el que tiene más”. Hay que seguir esa línea, nos dice a menudo nuestro presidente, y nunca mejor expresado: si hay algo que tiene ese mantra es su linealidad, un pensamiento lineal y básico que se repite como si fuera el proyecto país que nos hará justos, buenos, y felices. Que pague más el que tiene más. ¿Y? ¿Ya son felices? ¿No? Entonces no siguieron la línea, no piensen por afuera de la línea, no piensen, no sean individualistas mezquinos que se distraen pensando en su plasma, la suscripción a Netflix y el viaje a Floripa, ¿no será que el problema es que les duele que pague más el que tiene más?
Como les dijo a 32 amigos un señor llamado Juan Antonio Lavalleja, cuando acababan de encallar en la orilla, y se les acercó un cuidabotes a pedir su humilde jornal que salía de la colaboración espontánea, un poquito forzada pero espontánea al fin, de quienes aparcaban sus botes en esa zona de la Agraciada, y Oribe preguntó: “¿Quién le paga al cuidabotes?, ¿se acabó la que nos dio Juan Manuel De Rosas?”. “No queda ni para comprar una mazamorra que justifique la presencia de la vendedora de mazamorra en la recreación escolar de la escena”, contestó uno de los spikerman de apellido Spikerman. Y ahí, Lavalleja tomó al cuidabotes por sus hombros, lo miró a los ojos y le dijo: “Libertad o muerte y que pague más el que tiene más”, lo besó en la frente y se fueron todos a buscar changos antes de la batalla para unir al grupo humano.
Lo que trato de repetirles siempre: la pasamos precioso en esta suerte de década de los 90 progre que nos tocó en el siglo XXI, y se gastó y se consumió y se abrazó la inversión extranjera, y se defendieron las pasteras, y se plantó soja, y se tiró plata, y se terminó la vuelta, y vamo arriba que no pasa nada y bien igual, dejamos todo, lo importante es saber que NO dependemos de nosotros mismos. Que pague más el que tiene más. Todo va a estar bien. No dejen de soñar, no dejen de consumir.